La deuda cancelada.

La deuda cancelada.
Había una vez un Rey que decidió hacer cuentas
con sus siervos a quienes bondadosamente había prestado. Entonces, fue traído a él
aquel cuya deuda era mayor. El siervo avergonzado le rogaba que le perdonase la
deuda pero el Rey insistía en que fueran vendidas todas las posesiones del
siervo a fin de saldar la deuda; pero el siervo se humilló, suplicándole al Rey
que tuviera misericordia de él.
El Rey, conmovido por las súplicas de su siervo decidió perdonarle
la deuda a su siervo. Entonces el siervo se fue agradecido, aliviado de
aquel momento tan terrible que había vivido. Cuando aún iba en camino se
encontró con un consiervo, quien le debía mucho dinero, aunque no
tanto como lo que el Reyle acababa de perdonar a él.
Entonces, al ver a su deudor se asió de él,
queriendo ahogarle le demandaba que le pagase lo que le debía. Su
consiervo lloraba y gritaba rogándole que lo perdonase pidiéndole
paciencia y prometiendo pagarle toda la deuda. Pero, este hombre a quien el Rey
había perdonado endureció su corazón contra su compañero y lo entregó a
las autoridades y éstas lo echaron a la cárcel.
Al ver esto los amigos y consiervos de aquel hombre
fueron y le contaron al Rey lo sucedido. El Rey impresionado ante tal acto de
injusticia mandó a que le trajesen a aquel hombre, le reprendió diciéndole:-
te perdoné aquella deuda tan grande y tu no tuviste compasión de quien te
adeudaba una ínfima parte de lo que te perdoné. ¿
No debías
tú también tener misericordia de tu consiervo, como yo tuve misericordia
de ti? Entonces, enojado, le entregó a los verdugos hasta que pagara
toda la deuda.
Vamos por la vida siendo perdonados, primero por todos
quienes nos aman y, segundo por muchos otros que misericordiosos y tolerantes
nos perdonan o pasan por alto nuestras ofensas. Sin embargo, cuando de
perdonar  se trata, nosotros endurecemos nuestro corazón y archivamos
la ofensa hasta que cobramos el último centavo. Pretendemos el regalo del
perdón, pero nuestra soberbia se ha elevado a tal punto que no estamos
dispuestos a tener misericordia de nadie; muy por el contrario, tomamos la
venganza en nuestras manos para castigar a nuestros ofensores.
La clave para decidir por el perdón se haya en el
hecho de que todos somos pecadores y no somos dignos de Dios. Sin embargo, Dios
en su infinita fidelidad para con el ser humano mostró su misericordia a
través de su hijo Jesucristo. Cuando Jesús sufrió la muerte de cruz derramó su
sangre para saldar la deuda del pecado de toda la humanidad. El se convirtió en
el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. 
Cuando venimos a Dios con un corazón arrepentido,
cuando creemos en El como nuestro Salvador, todos nuestros pecados son
perdonados. La deuda que todos tenemos con Dios fue saldada por Cristo en la
cruz. Entonces, al sabernos pecadores, sabemos que no somos merecedores de esa
misericordia y, comenzamos a entender que de la misma manera en que fuimos
perdonados somos llamados a perdonar a otros.
Termina la historia que Jesús refirió a sus discípulos
diciendo: “Así también mi Padre celestial hará con vosotros, si
no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas”. MT. 18:23-35.
La misericordia de Dios hacia cada uno está, en muchos
casos, condicionada a la misericordia que mostremos hacia nuestro prójimo
.
Rosalía Moros de Borregales
rosymoros@gmail.com
@RosaliaMorosB

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