La respuesta viene mostrándome como en una película una sucesión de momentos vivídos. Son recuerdos de días en los que estuve de rodillas, momentos que Dios honró con la respuesta de su amor. Aquel día, cuando con apenas 8 añitos me puse sobre mis rodillas para clamarle a Dios por la vida de mi hermana mayor quien había sido embestida por un borracho a las 6 de la mañana cuando iba de camino a su Universidad. Otro día, también siendo muy pequeña, cuando abrumada por las burlas que los niños en el Colegio hacían de mi hermana menor a causa de su estrabismo, el dolor traspasó mi corazón, quise arrancarme los ojos para dárselos a mi hermana y no verla sufrir más.
Mi clamor cuando fuimos sorprendidos con un robo en nuestra casa y al final lo único que faltaba era el primer sobrino de la familia que estaba de visita en casa de los abuelos. La gran angustia que sentí cuando una de mis hermanitas menores se despertó, en una madrugada en la que papá estaba en la Finca, con un gran dolor en la barriga. La tristeza que me embargó cuando despedí a mi hermano, mi compañero y amigo, cuando se fue a estudiar fuera. No pude despedirlo, cuando desperté de mi desmayo estaba en la enfermería del aeropuerto y él ya había abordado su avión; al llegar a casa me puse sobre mis rodillas y le pedí a Dios que pudiera volver a verlo.
Lloré también con la partida de otro de mis hermanos, en una familia de nueve hijos hay siempre suficientes acontecimientos para reír y llorar, pero esta vez, sabía que lo volvería a ver. En cada ocasión mi corazón se rindió ante Dios, y al doblar mis rodillas siempre su paz inundó mi ser. Una vez me quedé dormida sobre mis rodillas, era apenas una adolescente, el amor había hecho florecer mi vida y de repente la desilusión vistió mi primavera con grises. La respuesta que recibí aquel día fue una promesa que hoy está materializada en un matrimonio con dos hermosos hijos. Más tarde, en ese hogar que Dios me dio, al esperar nuestro primer bebé, fueron cuatro las rodillas que se doblaron al enterarnos que era un embarazo ectópico, el bebé creciendo en una trompa, fuera del útero. Pero hoy, ese bebé es un hombre maravilloso que ha llenado nuestra vida con muchas alegrías.
Los niños traen con ellos una gran carga de momentos que nos ponen sobre nuestras rodillas. Muchas noches al pie de la cama del hijo menor, asmático, revisando la saturación de oxígeno, rogándole a Dios que le bendijera la vida. Hoy el asmático es un hombre tan saludable que ni gripe le da. Momentos de enfermedad, de vicisitudes económicas, de problemas de familia, tantos y tantos momentos que vivimos en los que ni nuestra fuerza, ni nuestros conocimientos, ni nuestro dinero, ni nada, ni nadie puede sacarnos de la angustia.
Venezuela está atravesando uno de los peores tiempos de su historia; es tiempo de discernir, de entender que ninguna fuerza humana podrá librarnos de este mal tan grande. Es tiempo de que los venezolanos echemos de nuestras vidas todo ídolo inútil y volvamos nuestros ojos al Altísimo. Tiempo de unir nuestras voces en un solo clamor; tiempo de renunciar a nuestra soberbia para darle paso a la sabiduría divina; de liberar nuestras vidas del odio, tiempo de estar de rodillas ante nuestro Dios.
«Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro». (Hebreos 4:16 RVR1960)
Rosalía Moros de Borregales

