El verdadero sacrificio.



Por cientos de años
existió, y aun hoy en día persiste, la idea de hacer toda clase de sacrificios
para adorar a Dios. El ser humano fundamentado en la concepción del hombre
pecador necesitaba hacer algo que involucrara trabajo forzoso, desprendimiento
de algo querido y hasta el infligirse dolor físico con la idea de conseguir la
benevolencia del Altísimo. Durante el Antiguo Testamento cuando alguien pecaba
era necesario traer al sacerdote un corderito sin mancha, sin arruga, sin
defectos; el sacerdote lo examinaba y si era suficientemente bueno, era
destinado al sacrificio. Al haber el derramamiento de sangre del cordero, la
persona que había pecado podía irse con la convicción de haber sido perdonada.

Durante el acto del
sacrificio, el pecador ponía sus manos sobre el cordero para así “transferir”
sus pecados al animal; al mismo tiempo que recibía de éste su perfección y su
pureza. Hay una preciosa imagen de Cristo escondida en esta practica del
Antiguo Testamento. Muchos van a la iglesia y repiten semana tras semana que
Cristo Jesús es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Sin embargo,
a pesar de la perfección, pureza y belleza de este Cordero muchos no han creído
y continúan practicando actos de sacrificio.

Pero Dios no puede
hacer justicia en los sacrificios del ser humano, pues todo el sacrificio que
era necesario fue consumado en la cruz del Calvario. Dice el apóstol Juan en el
capítulo tres de su evangelio que Dios amó de una manera tan maravillosa a toda
la humanidad que nos otorgó a su Hijo para que por medio de él pudiéramos todos
ser salvos. ¡Y éste es el fundamento de nuestra fe cristiana! Sin la cruz no
hay salvación. Jesús establece el puente entre Dios y el ser humano; se
convierte en ese cordero perfecto.

El sacerdote es una
imagen de Dios, y de la misma manera que los sacerdotes no examinaban a la
persona que traía el cordero sino al propio cordero, así cuando venimos a Dios
a través de Jesús, El no nos mira a nosotros, pecadores, sino mira a su glorioso
Hijo, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Jesucristo pagó la
deuda que teníamos con nuestro creador, no necesitamos ir por ningún otro
intermediario, lo que necesitamos hacer es permanecer en Jesús.

En el nuevo pacto, el
cambio no es de afuera hacia adentro, sino de adentro hacia fuera. No
necesitamos ir a un lugar específico a llevar un sacrificio delante de Dios.
Podemos hacerlo desde nuestro corazón en donde tenemos comunión con Cristo.
Necesitamos creer en nuestro corazón que El es el Cordero perfecto de Dios que
quita el pecado del mundo, que entregó cada gota de su sangre por ti.
Necesitamos confesar con nuestra boca esta verdad y caminar esperando el favor
de Dios sobre nuestras vidas.

La relación con Dios no
exige de nuestra parte ningún sacrificio. Con Dios todo se trata del corazón;
pues en el corazón atesoramos lo que estimamos como valioso. De manera que,
podríamos ofrecer toda clase de sacrificios, como algunas religiones y sectas
lo exigen. Pero, Dios solo quiere tu corazón. Así, cuando tu corazón está en
Dios tu vida es transformada desde el pecado hacia el bien del Señor. Pasas a
ser una rama alimentada por la savia de su amor y su sabiduría y tu vida
comienza a mostrar sus frutos.

No continúes aceptando
las ofertas de tantas filosofías huecas; no pienses que algún sacrificio de tu
parte podría hacerte llegar a Dios; no creas que debes ir a un lugar específico
del mundo para encontrarlo. El está allí, donde quiera que estés en este
momento. Acepta hoy su invitación:

 He aquí, yo estoy a la puerta y llamo;
si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él y él
conmigo”
. Apocalipsis 3:20.

Rosalía Moros de Borregales

rosymoros@gmail.com

Twitter: @RosaliaMorosB

Instagram y Facebook: @letras_con_corazon

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