Protección en medio del peligro

Es
muy difícil hablar sobre protección en un país marcado por la inseguridad; son
múltiples los análisis hechos al respecto, hablando de su origen, sus causas y
sus posibles soluciones. Sin embargo, cuando el tema se aborda desde la
individualidad de cada familia, no queremos hablar más sobre lo que ya causa
dolor en nuestros oídos, por no hablar de todo el dolor que ha causado en
nuestras almas. Queremos soluciones, queremos que nuestras familias estén
seguras, y después de tomar todas las previsiones y precauciones necesarias, después
de implementar todas las medidas a nuestro alcance solo nos queda nuestra fe,
nuestra confianza en Dios expresada en una oración que quiere abarcar el Cielo,
pero que titila como una luz débil abatida por todo lo que cada día vemos y
escuchamos.
Los
tiempos que atravesamos nos retan a vivir en una dependencia cada vez más
absoluta de Dios. Como lo expresa el Señor en el Sermón del Monte: _ “a cada
día su propio afán”_ . No quiere decir esto que nos vamos a cruzar de manos,
pues Dios nos ha capacitado con sabiduría e inteligencia. El quiere que seamos
precavidos y sagaces, “mansos como palomas, pero astutos como serpientes”. Que
anticipemos el mal antes de que llegue, y actuemos con prudencia; pero siempre,
aunque humanamente hagamos lo mejor posible, no podemos cubrirlo todo en todo
tiempo y pareciera que al igual que el latido incansable de nuestro corazón,
una callada angustia latiera constantemente dentro de nosotros.
La
solución humana a esta terrible angustia, a toda esta situación que la produce
y  que sufrimos cada día la desconozco.
Pero un pensamiento que leí hace mucho tiempo  llena mi mente: “La imposibilidad del hombre,
es la posibilidad de Dios para hacer sus milagros”. Así como no tenemos la
capacidad de ver el futuro, sencillamente no podemos entender como todas estas
oscuras circunstancias pueden redundar para algo bueno. Los propósitos de Dios
son mayores que las circunstancias inmediatas que nos rodean, El tiene la
capacidad infinita de hacer el bien, de transformar nuestras adversidades en
bendiciones. Entonces, nuestro reto es CONFIAR en El, nuestro trabajo es la
oración.
No
culpemos a Dios, o resintamos de El, como muchos actualmente lo hacen, pensando
que no le importamos, que se ha olvidado de nosotros. No nos dejemos apoderar
del miedo, no permitamos que nos desanime, no nos concentremos en las malas
circunstancias. Seamos sabios, los tiempos que vivimos son duros. Hay lugares y
momentos que debemos evitar, si caminamos por el fuego nos quemará. Pero no
caigamos en la tentación de perder nuestra fe, acudamos a Dios con la certeza
de su amor por nosotros, con la confianza de hijos, enfrentando cada día con la
fortaleza que proviene de vivir en amistad con El.
Al
caminar en comunión con El vamos discerniendo los tiempos y los lugares.
Aprendemos a ser prudentes, pero al mismo tiempo entendemos que nuestra
seguridad no depende de donde nos encontremos o de la ausencia de peligro.
Nuestra seguridad depende de Dios. A veces Dios nos indica a través de su
palabra, de las circunstancias y de personas específicas que debemos cambiar
nuestro rumbo. Otras veces pareciera que nos deja en medio de la tormenta,
donde lo estamos arriesgando todo. Lo importante es estar siempre con El,
porque si El es por nosotros, ¿quién podrá contra nosotros?
«Porque
en Mí ha puesto su amor, Yo entonces lo libraré; Lo exaltaré, porque ha
conocido Mi nombre. Me invocará, y le responderé; Yo estaré con él en la
angustia; Lo rescataré y lo honraré; Lo saciaré de larga vida, Y le haré ver Mi
salvación.»
 
Salmo
91:14

Rosalía Moros de Borregales
@RosaliaMorosB

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