La hora de Dios.

Por todos es sabida la terrible realidad que vivimos
en nuestro país. La violencia que actuaba en secreto, en la oscuridad de la
noche o subrepticiamente a plena luz del día, ahora nos muestra su cara de
monstruo cercenando vidas que ejercen su legítimo derecho a la protesta, en un
país donde se han ido agotando todas las posibilidades de  una vida
digna. Las autoridades que deberían defender a los ciudadanos justifican la
tortura de jóvenes que hace apenas un tiempo dejaron los pañales. Mientras una
madre sufre el horror de ver la cara de su hija destrozada por perdigones y,
minutos más tarde enfrenta la muerte de su amada; la máxima autoridad baila con
un cinismo que nos deja perplejos. 
Por otra parte, muchos de los que piensan que están en
el bando de los buenos justifican acciones engendradas en el odio, y el odio no
puede dar a luz a la justicia, la cual, en el fondo, es lo que la mayoría
desea. Los días pasan y no pareciera que hay una luz al final del túnel para
nuestro país. Estamos viviendo la cosecha de semillas del mal que fueron
sembradas, regadas y cuidadas por muchos. La Biblia nos señala en el libro de
Gálatas 6:7 “
No os engañéis; Dios no
puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará”.
Hemos cosechado los frutos del odio.
¡Hemos caminado alejados de Dios! Hemos
pretendido reducir al Dios omnipotente, omnipresente y omnisciente a un simple
amuleto al servicio de nuestros caprichos. Nos hemos interesado más en adivinar
nuestro futuro que en vivir cada día bajo su mano amorosa. Hemos pensado
equivocadamente que El está de un lado o del otro; sin entender que su gracia,
su luz y su amor están solo con aquellos que con corazón sincero le buscan.
Hace tiempo que la palabra arrepentimiento dejó de existir en el vocabulario de
muchos; pues, hinchados en su vanidad y soberbia han vivido bajo la hueca
filosofía de “no arrepentirse de nada”. 
De tal manera que, hemos perseverado en una
actitud obstinada, endureciendo nuestros corazones hacia nuestro prójimo;
calmando la angustia del vivir diario con placeres egoístas que exaltan el yo y
destruyen el nosotros. ¡Pero, no perdamos la fe! Dios no está lejos, El tiene
para nosotros pensamientos de bien y no de mal, para darnos el fin de justicia,
bondad y verdad que esperamos. La fe en su esencia más profunda es obediencia,
la obediencia a sus mandamientos. Por esa razón, es necesario que volvamos a la
Palabra de Dios, que cambiemos nuestros pensamientos por los pensamientos de
Dios.
Pero, ¿acaso, cambiará una nación que se
vuelva a Dios los planes orquestados por un sistema político que pretende
sobrevivir y expandirse a costa de nuestras riquezas? Enfáticamente si.
Jesucristo no se quedó colgado en la cruz. El resucitó y su Palabra dice que
ese mismo poder que lo levantó de la muerte actúa en aquellos que le creen.
Dios nos está solo en los templos, El camina con cada uno que le invoca, le
obedece y le honra. Así, como muchas pequeñas luces al unirse pueden desplegar
una gran luz, de la misma forma, muchos ciudadanos, hombres, mujeres, jóvenes y
niños, que rindan sus vidas a Dios, que clamen con fervor cada día y que actúen
de acuerdo a sus mandamientos pueden hacer frustrar los planes del mal e
instaurar la justicia y la verdad en nuestra nación.
¡Es la hora de Dios! La hora de volvernos con
todo nuestro corazón a El. Es la hora de que en cada rincón de la geografía de
nuestra patria, en cada hogar, escuela, liceo, universidad; en cada iglesia, en
cada lugar de trabajo unamos nuestras voces en oración, pidamos perdón elevando
plegarias por nuestra nación. Es la hora de no dejarnos seducir por el mal para
acabar con el mal. La hora de bendecir al que te maldice, aun cuando cada
célula de tu ser grite que le odies. La hora de estrecharnos las manos entre
hermanos venezolanos. Y cuando el mal vestido de humanidad se pare frente a ti
para hacerte daño, primero invoques el nombre de Dios, y luego, abras tu boca
con la autoridad y el amor que provienen de El. Te aseguro que Dios hará más
allá de lo que te imaginas. ¡Es la hora de Dios!
«Nos hemos olvidado de Dios. Hemos
olvidado la misericordiosa mano que nos guardó en paz, nos multiplicó, nos
enriqueció y nos fortaleció. Y, con nuestro corazón engañoso, hemos supuesto,
vanamente, que todas estas bendiciones eran producto de alguna sabiduría
superior o virtud propia. 
Intoxicados por triunfos ininterrumpidos, hemos
llegado a ser demasiado autosuficientes como para sentir la necesidad de
redención y gracia, demasiado altivos como para orar al Dios que nos creó. 
Nos
corresponde humillarnos ante el Poderoso, confesando nuestros pecados
nacionales y pidiendo clemencia y perdón en oración».  
Abraham Lincoln. 

Rosalía Moros de Borregales
rosymoros@gmail.com
@RosaliaMorosB
IG:@letras_con_corazon
FB: Letras con corazón

#reflexionesparavenezuela



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