En memoria de nuestro alumno caído JUAN PABLO PERNALETE LLOVERA. 
           

                  Me siento conmovida dentro de mi, me
llora el corazón de madre, de maestra, de hermana y de amiga. Nuestro país se
ha convertido en un campo de batalla en donde se libra una guerra no declarada,
en la que la protesta se sataniza y el verdadero enemigo se mueve a sus anchas
sin ninguna restricción. Un lugar en el cual cada día a más venezolanos se les
quita la vida con un ensañamiento brutal, como si no tuviera ningún valor para aquellos
que tienen el deber de defender a todos los ciudadanos.

            Tenemos una sociedad enferma hasta
los tuétanos. Los índices de muertes violentas en nuestro país no son más que
la expresión de un pueblo al que se le negó el derecho al saber y se le
cambiaron los libros por las armas. Se les negó el derecho a la salud y se les
envenenó el pensamiento con el odio más férreo; como si por un acto de cirugía
se les hubiera extirpado el corazón y se les hubiera extraído toda la
bondad.  
            Continúan maquillando el horrible
rostro de un gobierno cruel que abandona a sus ciudadanos; que los entrega
indefensos ante los monstruos que ha formado con su mensaje de odio y muerte;
que ha despreciado sus vidas con la más vergonzosa indiferencia. Un gobierno
que equivocadamente ha gastado millones y aún continúa desperdiciando nuestro
dinero para comprar armas para la única guerra que enfrenta en su propia casa y
en la que mata a sus propios hijos, a sus propios hermanos.
            Pueden cantar y alegrarse, pueden
continuar guardando su basura bajo la elegante alfombra de colores vivos
pretendiendo que no pasa nasa, pero en las calles de nuestro país la sangre ha
perdido el rojo rutilante de la vida, para convertirse en un morado opaco y
sombrío; para convertir las dulces y esperanzadas almas de las madres en un
desierto desolado, triste, que llora y gime. Para convertir la esperanza de
nuestros jóvenes en el encuentro prematuro con la muerte.

            Definir el valor de un hijo es imposible, no alcanzarían
todas las palabras de todas las lenguas de la Tierra para describir la más
sublime bendición de nuestras vidas. Un hijo es lo más nuestro, lo más apegado
a nuestros corazones y, al mismo tiempo, lo más ajeno. Siempre los llevamos con
nosotros aunque ellos vuelen en otro cielo. Son el tesoro que cuidamos con más
esmero, no esperamos otra retribución que la felicidad de ellos. Cuando nos
convertimos en padres no alcanza el mundo para darles, ni todos los esfuerzos
para protegerlos, como dijera nuestro amado poeta Andrés Eloy Blanco: «Cuando se tiene un hijo, se tiene
el mundo adentro y el corazón afuera».

            Un hijo nos convierte en hacedores,
nos da el privilegio de engranarnos en la obra  inmensurable de la
creación. Aunque muchas veces ignoremos cómo se lleva a cabo la formación de la
vida a partir de dos pequeñísimas células, cuando participamos en este proceso
estamos dando lo mejor de lo más profundo de nuestro ser, y con ello, estamos
replicando no solo características definidas de nuestro físico y el de los
abuelos, sino de todo lo intangible que yace en nuestro interior, nuestra
esencia. Un hijo nos llena el corazón, dos nos rebosan la copa. Así como
aumenta la dicha, aumenta el dolor que traspasa el alma; no solo por los hijos
propios, sino por todos los hijos con los que nuestras miradas se encuentran
en el camino, que arropamos con nuestro brazos. Como también exclamó el poeta: «Y cuando se tienen dos hijos, se tienen
todos los hijos de la tierra, los millones de hijos con que las tierras lloran,
con que las madres ríen, con que los mundos sueñan».

            Quien llena su casa de hijos, llena su vida de bien;
porque no alcanzan todas las lágrimas que se derramen por un hijo, a la
felicidad de verlos crecer. Cuando se tiene un hijo el corazón se acerca más a
Dios, se vuelve menos egoísta, se rinde al amor. Sus ojos se convierten en
nuestra inspiración para desafiar al mundo, para traer a la mesa los frutos de
la tierra con las manos laboriosas llenas de sudor. Cuando se tienen hijos se
llena el regazo de algarabía, de risas y carcajadas; también de dolor, lágrimas
y tristeza, pero siempre con esperanza porque los hijos son el milagro de la
vida. Como finalmente grita el alma del poeta: «Cuando se tienen dos hijos se tiene la alegría y el ¡ay! del
mundo, toda la angustia y toda la esperanza, la luz y el llanto, a ver cuál es
el que nos llega, si el modo de llorar del universo o el modo de alumbrar de
las estrellas».

            Nuestra
casa de estudios, nuestra amada Universidad Metropolitana hoy ha perdido a un
hijo, Juan Pablo Pernalete Llovera.
El corazón de la familia Pernalete ha sido traspasado por la injusta y cruel
muerte. Hoy nuestras almas se unen en una sola para llorar su muy temprana
partida, para abrazar a sus padres. Jesucristo dijo: “En el mundo tendréis
aflicción, pero confiad, Yo he vencido al mundo”. Hoy nuestras voces se elevan
al unísono en una plegaria a Dios, hoy elevamos nuestras voces con confianza, para
que el eco de nuestros corazones llegue hasta el último rincón de la tierra,
para que esta vida arrebatada se convierta en semilla de LIBERTAD para nuestra
patria.
Rosalía Moros de Borregales
rosymoros@gmail.com
@RosaliaMorosB
IG:@letras_con_corazon
FB: Letras con corazón
#reflexionesparavenezuela

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