Madre: La que guarda tu alma.

Dedicado a todas las madres venezolanas.

En memoria de mi consuegra Isabel Eugenia Cardozo de Blanch.

Una vez estudiando sobre el origen de la palabra amigo encontré que
podría ser atribuido al vocablo latino animi el cual es usado
para llamar al «alma», unido éste al vocablo custos del cual se deriva la
palabra «custodia». De esta manera, el significado de amigo sería «el
que custodia o guarda el alma». Pensando en la celebración del día de la
Madre este concepto vino a mi mente. Pues, considero que nuestra madre es el
primer amigo con el que contamos cuando llegamos a este mundo. ¡Ella se
convierte en nuestra vida en la que guarda nuestra alma!

De una manera misteriosa los seres humanos somos copartícipes en
el proceso de creación. Dios le dio al hombre y a la mujer la capacidad de
reproducirse creando desde sus propias entrañas un nuevo ser. La mujer es el
nido escogido por el Creador para albergar y alimentar al hijo durante las
diferentes etapas de su formación. Pero este proceso trasciende lo corporal
para convertirse en un proceso del alma; así como se van entretejiendo las
células para formar órganos y sistemas, de la misma manera los sentimientos

se van enlazando con ese pequeño ser tan

desconocido hasta ese momento, pero al mismo tiempo, tan amado.

Y es desde allí, desde que el hijo forma parte de su
corporalidad, que la madre comienza a custodiar su vida con la suya propia. Al
salir del refugio tibio del vientre, sus pechos nos reciben para abrigarnos; el
miedo al ambiente desconocido se desvanece cuando nuestros oídos reconocen la
primera música que nos deleitó y nos acompañó en el recorrido de nueve meses.
¡El latido de su corazón nos calma! Más tarde, ese corazón seguirá latiendo por
nosotros a cada paso de nuestro desarrollo como seres humanos. Sin importar las
distancias, en nuestro querer o en nuestro desapego, su corazón siempre nos
alcanzará con una plegaria.

Si recorremos los caminos más hermosos y coronamos nuestras
vidas de estrellas; o si nos hundimos en los abismos y comemos los frutos
amargos de la tierra, en cada situación el corazón de nuestra madre siempre
estará con nosotros. Si hablamos con ella conocerá nuestras angustias, pero si
callamos, en lo más profundo de su ser, su alma inquieta también lo sabrá. En
nuestra presencia sus ojos leen el mensaje de nuestra mirada; se goza con
nuestra alegría y sufre con nuestro dolor. Si estamos lejos nos percibe en su
interior; nos llora calladamente, o una sonrisa ilumina su rostro recordando
nuestro amor.

Ella siempre sabrá guardarnos bajo la protección del Creador.
Una y otra vez velará por nuestra vida como en las noches cuando la fiebre
quemaba nuestra piel. Al amanecer, cuando ocupados en los quehaceres del día,
nuestros pensamientos lejos de ella estén, su mirada se elevará al Cielo para
encomendarnos a Dios. Y en el ocaso, antes de que su cuerpo cansado consiga el
merecido descanso, de nuevo su voz como un susurro llegará a los oídos del Señor
para cuidarte la vida; porque ella fue tu primera amiga al ver la luz de este
mundo y hasta que la luz de su vida se apague, ella será la guardiana de tu
alma.

«Madre mía, tus alas se extienden para albergarnos a todos
en tu pecho.
En tu corazón cabe un hijo, caben dos, cabemos todos los hijos
a los que la Providencia amamantó de tu seno.
Tu luz ha iluminado nuestros caminos,
has sido lámpara en nuestra oscuridad.
El agua de tu manantial ha saciado nuestra sed.
¡En el desierto de la vida tú has sido el oasis del amor!»

 

 

Rosalía Moros de Borregales.

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