La
soberbia es un mal que corroe el alma del ser humano; no afecta solo a quien la
padece sino que va dejando una huella desventurada que se extiende tanto como
sea el campo de influencia de la persona. La Real Academia de la Lengua
Española la define como la satisfacción y el envanecimiento por la
contemplación de las propias prendas con menosprecio de los demás. Más allá de
la autocontemplación, el soberbio es dirigido por la idea de la supremacía de
sus capacidades, de tal manera que actúa con desdén y menosprecio hacia quienes
pretenden aconsejarle o instruirle. La soberbia es el primer síntoma que
manifiestan quienes han sido contaminados por el poder. La soberbia conlleva a
la violencia, pues el soberbio no entiende de razones; su envanecimiento le conduce
a la imposición, a la fuerza sin razón.
Enclavada
en uno de los libros del Antiguo Testamento encontramos una historia que
describe claramente lo que acontece a quienes persisten en una actitud soberbia
hacia sus semejantes y sobre todo hacia su Creador. Nos narra el profeta Daniel
(capítulos 4 y 5) la historia de Belsasar, hijo del rey Nabucodonosor de
Babilonia, quien hereda un reino transformado por el fruto del arrepentimiento,
ya que su padre sufrió largamente las consecuencias de su soberbia y rectificó.
Pero, Belsasar «embriagado por el poder de la grandeza de su reino»
lleva una vida fatua, marcada por acciones insensatas producto de su soberbia.
Un
buen día, mientras el rey Belsasar se encontraba en un festín acompañado de sus
principales, de sus mujeres y concubinas unas extrañas palabras aparecieron
escritas en la pared del recinto donde estaban reunidos: 
«Mene, Mene, Tekel,
Uparsin
«
. Cuenta la Biblia que Belsasar se turbó en gran manera
queriendo entender el significado de aquellas palabras. Entonces, hizo venir
ante su presencia a magos, astrólogos y adivinos, quienes después de agotar sus
posibilidades no pudieron darle la interpretación. Sin embargo; la Reina,
inspirada por un remanente de cordura, le recuerda al rey Belsasar sobre aquel profeta
Daniel, quien había interpretado los sueños de su padre Nabucodonosor (Daniel
5:8-10).
Entonces,
Daniel fue llamado a la corte del rey, y le fueron ofrecidas grandes
recompensas a cambio de la interpretación de las palabras escritas en la pared.
Daniel, hombre de bien, responde en la integridad de su corazón: «Sean tus
dones para ti, da tus recompensas a otros. Leeré la escritura al Rey y le daré
su interpretación». (Daniel 5: 14-18). Comienza la interpretación de
Daniel, recordándole a Belsasar sobre el enaltecimiento de su padre: «A
quien le placía mataba…, engrandecía a quien le placía y a quien le placía
humillaba. Pero, un día, después de que su corazón se ensoberbeció y su
espíritu se endureció en su orgullo, fue depuesto del trono de su reino, y
despojado de su gloria (Daniel 5: 20-21).
Luego,
Daniel le habla con la verdad sobre su propio enaltecimiento. Belsasar no
aprendió de la experiencia de su padre: «Pero tú, su hijo Belsasar, no has
humillado tu corazón…, sino que contra el Señor de los Cielos te has
ensoberbecido, tú y tus grandes… Nunca honraste al Dios en cuya mano está tu
vida»… (Daniel 5:22-24).  La interpretación revelada a Daniel
mostraba la consecuencia inexorable para un alma envanecida por la soberbia del
poder. Dios quebranta al soberbio y enaltece al humilde.
Nuestra
nación ha sido víctima de la soberbia. Comenzando por quien lleva sobre sus
hombros la más alta responsabilidad de conducir a Venezuela, la mayoría de los
gobernantes se han caracterizado por una profunda soberbia que les ha
cauterizado la razón; ciegos y sordos han sido incapaces de ejecutar la
justicia. Han gobernado para sus propios intereses ignorando la voz de los
ciudadanos que claman por un cambio certero de rumbo. Aunque la tragedia
sorpresivamente ha tocado a quienes gobiernan, no han mostrado una actitud
humilde; por el contrario, persisten en el mal hinchados de soberbia, como si
el poder temporal de su autoridad los hubiera hecho olvidar la fragilidad de
ellos mismos, de la misma manera que le sucedió a Belsasar.
Creamos
o no creamos en Dios, le creamos o no le creamos a Él, le demos en nuestros
corazones un lugar, o nos creamos todopoderosos, envanecidos por nuestra propia
soberbia; de cualquier manera, siempre podremos ser sorprendidos por la acción
de la mano de Dios que escribe una sentencia sobre nuestras vidas. Belsasar se
sintió grande, vivió la temporalidad de su reino como si fuera lo definitivo.
Pero Dios levantó su mano y ejecutó su palabra:
«Mene,
Mene: Contó Dios tu reino y le ha puesto fin. Tekel: Pesado has sido en balanza
y hallado falto. UPARSIN: Tu reino ha sido roto y dado a los medos y a los
persas». (Daniel 5: 24-27).
Rosalía Moros de Borregales
rosymoros@gmail.com
@RosaliaMorosB
IG:@letras_con_corazon
FB: Letras con corazón
#reflexionesparavenezuela


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  • Gabriela Moros

    La soberbia, tan horrible y tan sutil, tan bien disfrazada, explicada de manera clara y sencilla que nos lleva a reflexionar a no dejarnos enseñorear de ella

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