Cuando pensamos en la cotidianidad aparece como escrita en el pizarrón de nuestra mente la palabra fastidio; algunos hasta bostezamos sin tener hambre o sueño, solo de aburrimiento. Es irónico pensar que lo que hacemos día a día, lo que le da estructura y soporte a nuestras vidas pueda suscitar en nosotros este tipo de respuestas. Sin embargo, la cotidianidad no tiene que ser un viacrucis de monótonas actividades que terminamos llevando a cabo sin estar involucrados en ellas con todo nuestro ser.
Es precisamente allí, en la actividad diaria de nuestras vidas, donde podemos cimentar las bases de un individuo inteligentemente feliz, aunque suene un poco aparatoso. La vida cotidiana establece las bases de una personalidad equilibrada; nos nutre de afectos que por mas grandes y profundos que sean, solo se hacen tangibles en la repetición de sus manifestaciones con cada salida del sol. La vida cotidiana nos provee una sucesión de experiencias que nos forman como individuos íntegros, experiencias éstas que nos conducen a nuestra propia emancipación e independencia en el futuro.
En mi experiencia de vida he llegado a la conclusión que el espíritu del ser humano no es susceptible de engaño. Podemos engañar, por un tiempo, la mente de otros, pero en la tabla de nuestros corazones todos tenemos la capacidad divina de discernir el verdadero espíritu que hay detrás de las acciones. Por esa razón, lo que hacemos y decimos cada día debe ser genuinamente ejecutado. Desde el saludo de la mañana con el beso en la mejilla, la mirada limpia, como la del niño al despertar, la bendición que pronunciamos con nuestra boca y deseamos con nuestro corazón; todo, debe estar impregnado de verdad, de la verdad de nuestro ser.
Creo que muchos nos pasamos la vida suspirando por mejores momentos, por cambios radicales en nuestro entorno, pensando que solo así podremos ser felices; no obstante, nos estamos perdiendo el arcoiris que esos pequeños detalles, esos insospechados momentos pueden traer consigo. Es un ejercicio del espíritu involucrar a nuestro pensamiento consciente y activo en lo que hacemos. Es entender la trascendencia de las palabras en ese mapa de sinapsis que se van formando en el cerebro de nuestros niños a medida que crecen.
Viene a mi el recuerdo del personaje del zorro del libro El Principito de Antoine de Saint Exupéry, el cual interpreté en uno de esos actos culturales del colegio que se hacen experiencias inolvidables. El, el zorro, era uno más de cien mil zorros, pero si el Principito lo domesticaba, crearía vínculos con él, sencillamente sería especial: _ «Si tú me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Para mí serás único en el mundo. Para ti, yo seré único en el mundo». Y cómo es ese proceso de ‘domesticación’, sino una sucesión de días juntos, haciendo quizá las mismas cosas muchos de esos días, creando vínculos indestructibles.
La vida puede ser muy monótona, como era la vida del zorro, un circulo interminable en el que él cazaba gallinas y los hombres lo cazaban a él; pero, cuando llegó el Principito el zorro supo que habrían pasos que sonarían diferentes a sus oídos. Aún aquellas cosas que no significaban nada para él cobrarían un significado especial, como los campos de trigo, que le recordarían el color de los cabellos del Principito: _“Mira allá abajo los campos de trigo, yo no como pan y por lo tanto, para mi los campos de trigo son una cosa inútil, no me recuerdan nada y eso me pone triste, pero tu tienes los cabellos dorados y será algo maravilloso cuando me domestiques, porque el trigo será un recuerdo de ti y amaré el sonido del viento en el trigo”.
Quizá una de las causas de nuestra tristeza, aburrimiento y hasta amargura se deba al hecho de que hemos dejado de pensar que las cosas más simples de la vida pueden llegar a ser realmente las más extraordinarias cuando creamos verdaderos vínculos con ellas. Cuando no damos por sentado que siempre las tendremos allí, a nuestro lado, cuando somos agradecidos por tenerlas, cuando ponemos nuestra mente y corazón en lo que hacemos, infundiéndole nuestra pasión. Ese sello que marca con luz y es reconocido por los que nos rodean.
Hemos confundido el estar informados con ser unos grandes pesimistas. La queja se ha convertido en una practica constante, insistente e incisiva que nos nubla la vista para ver todo aquello por lo cual deberíamos caer de rodillas en alabanzas a Dios. Las buenas palabras se nos quedan atrapadas en las gargantas, como tontos útiles nos unimos al coro de los que constantemente nos repiten, porque saben el poder de la rutina, que nada sirve, que todo está perdido, que no lo lograremos.

Nos ha llegado el tiempo de transformar nuestro día a día en un caudal de bendiciones, en una sucesión de hechos llevados a cabo con toda nuestra consciencia, con toda la fuerza de nuestro corazón, imprimiendo en ellos nuestra pasión. Nos ha llegado la hora de volver nuestros ojos a Aquel que creó el universo. Aquel que nos hizo la corona de su creación, Aquel que puede transformar lo limitado de nosotros en una multiplicación, sin precedentes, del bien; así como lo hizo con aquellos dos panes y cinco peces con los que alimentó a mas de cinco mil, sin contar las mujeres y los niños.
Dios puede tomar nuestra cotidianidad y convertirla en algo simplemente extraordinario, solo tienes que crear vínculos, dar tus dos panes y tus cinco peces.
Rosalía Moros de Borregales.
Twitter: @RosaliaMorosB
Instagram: @letras_con_corazon
#reflexionesparavenezuela


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