Es extremadamente
extensa, constante e incesante la información que tenemos sobre el Covid-19,
ese Corona virus tan maligno que está haciendo estragos alrededor del mundo.
Por esa razón, no pretendo añadir una letra más sobre este asunto. Sin embargo,
lo que si quisiera compartir con ustedes desde mi corazón, se trata sobre lo
que podemos ser y hacer durante este tiempo de cuarentena. Un tiempo con un
propósito definido, una oportunidad de oro para ejercitar la paz.
Ahora, la mayoría de nosotros, los más
afortunados, nos encontramos  en nuestros hogares. Ese lugar en el
que muchos hemos habitado con nuestros cuerpos sin almas; sin involucrar
verdaderamente en nuestro habitar a nuestro espíritu. Muchas veces  el
sonido de las voces de nuestros hijos ha sido reconocido por nuestros oídos,
pero no hemos escuchado, no hemos percibido el mensaje en las palabras. Muchas
veces hemos estado allí, en nuestra casa, pero nuestra mente no ha estado
presente. Hemos interactuado con algunos aparatos ante nosotros, pero ¿nos
hemos visto a los ojos? ¿Se han encontrado nuestras miradas en una de esas
conversaciones silenciosas que hablan más profundo que mil palabras?
La paz no se trata solo
de la ausencia de guerra o conflicto; no se trata solo de estar en quietud o
silencio. La paz es una condición que se alcanza mediante el ejercicio activo
de la virtud, para romper barreras y superar obstáculos, creando la capacidad
de fluir dinámicamente en nuestras relaciones.
La paz es activa, se consigue
estableciendo lazos de amor, siendo solícitos en restaurar los vínculos rotos a
través del perdón. Sanando heridas a través de la comunión y la empatía.

Perdonamos cuando entendemos que somos tan
imperfectos como todos, cuando hacemos una introspección, viéndonos primero a
nosotros mismos, reconociendo nuestros propios desaciertos antes de juzgar a
los otros; cuando nos ponemos en los zapatos del próximo. Pedimos perdón cuando
comprendemos nuestra vulnerabilidad, cuando aceptamos que la vida es un
aprendizaje, que no tenemos todo bajo nuestro control. Restauramos relaciones cuando
bajamos del pedestal del “yo” y nos sentamos a conversar en el escalón del
“nosotros”.

Es una
convicción en mi alma, tan clara como el sol que nos ilumina cada día, que para
experimentar la paz debemos comenzar por nuestro micro-mundo. Primero por
nosotros mismos y luego por nuestro hogar. Porque ¿cómo podremos dar algo de lo
cual carecemos?
Hay
un verso en las Sagradas Escrituras que ha sido fundamental para mi en este
aprendizaje de ejercitar la paz. Se encuentra en el capitulo 26 del libro de
Isaías. Por cierto, un cántico de gratitud, de alabanza a Dios después de la
adversidad; una reflexión sobre la soberbia de las naciones, que pareciera
haber sido escrita el día de hoy. En el verso 3 dice: “Tú guardarás en completa
paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera, porque en ti ha confiado”.
(RVA-2015).

Este verso me hace pensar que todas las guerras en la vida
comienzan en la mente; que es precisamente en aquel propósito en el cual nuestra
mente persevera, lo que se traduce en hechos, la realidad tangible de nuestra
vida. He entendido que si dirijo mis pensamientos a Dios, si profundizo en
conocer sus palabras y persevero en ellas, en primer lugar, mi confianza en El
se acrecienta, luego, como un regalo maravilloso, su paz indescriptible domina
mi ser entero.

Así como los músculos se fortalecen con el ejercicio
físico, de la misma manera, nuestra alma puede fortalecerse en la practica
constante de perseverar en nuestra mente en Dios; en sus características de
bondad, en el propósito que tiene para tu vida y en esa paz que trasciende
nuestros pensamientos, pero que puede ser tan real como tocarte el corazón
ahora mismo y sentir el latido de la vida en tu pecho. La paz de Dios no es
efímera, no es pasiva. Esa paz está a tu disposición aún en medio del caos, de
la soledad y de la enfermedad.

Ejercitamos la paz
cuando juntos nos reunimos para escuchar las angustias y temores de los
nuestros, haciendo todos los esfuerzos para hacerles sentir amados, exaltando
virtudes, ayudando a fortalecer debilidades; decididos a ser luz y no tinieblas
para los que habitan junto a nosotros. Ejercitamos la paz cuando nos
concentramos en la fuerza que yace en ser familia.
Tu hogar, tu familia, puede ser ahora un
nido de esperanza, un lugar donde reine la paz.
Si tu mente persevera en
Dios, si tus pensamientos vuelan hasta El en una oración para entenderte con El;
si tu corazón se abre para recibir su paz. Entonces, verás como esa angustia
silenciosa que se ha apoderado de tu alma se desvanece frente a ti, como el
miedo que te ha paralizado es vencido; experimentarás esa quietud de tu alma
que te asegura el estar confiado en Dios. Entonces, podrás hacer la paz con los
tuyos, vivir en paz, y ejercitarla en tu vida.
“Por nada estén afanosos; más bien,
presenten sus peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de
gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo
entendimiento, guardará sus corazones y sus mentes en Cristo Jesús”. Filipenses
4:6-7.
Rosalía Moros de Borregales.
Twitter: RosaliaMorosB
Instragram: @letrasconcorazon




 



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