Vivir en una oración.

Desde tiempos inmemoriales el ser humano ha recurrido a la oración en su afán de encontrar un camino para sobrellevar las tragedias de la vida. Pareciera que el alma del hombre se encontrara incompleta, insatisfecha e impotente ante los retos de la existencia. Pareciera que mientras más nos aferramos a la Tierra, más intuyéramos que nuestro ser trasciende a este mundo. De alguna manera, todos hemos visto nuestra rutina interrumpida por acontecimientos que nos hacen sentir las manos cortas, los pies lentos y el corazón vacío. Entonces, nos llega el momento de una oración y, aunque vayamos a tientas, en lo más profundo de nuestro ser, entendemos que solos no podemos.
Una oración es un acto de humildad, es la expresión del reconocimiento de nuestras limitaciones. Pienso, sin temor a equivocarme, que la mayoría de las personas en algún momento de sus vidas han sentido la necesidad de elevar una plegaria. Muchos han hablado con Dios en el silencio de su ser; otros han rezado una oración aprendida, quizá en la infancia, cuando la pureza del corazón se convierte en un puente que nos conduce con sencillez a Dios. Aun, hay quienes se han sorprendido a sí mismos, dirigiéndose con palabras que le brotan del alma, a ese ser tan anhelado en ese preciso momento, pero tan desconocido el resto de los días.

Cuando Jesús de Nazaret caminaba las polvorientas calles de Galilea les enseñó a sus discípulos el valor de la oración. Cuentan los evangelios que estando en medio de ellos se apartaba para orar; también muy temprano en la mañana se dedicaba a la oración. Al sentarse a la mesa elevaba una plegaria dando gracias al Padre por los alimentos. Uno de ellos le pidió humildemente que los enseñara a orar, entonces Jesús pronunció esa hermosa y profunda oración que hoy conocemos como «El padre nuestro», una guía para comunicarnos con el Padre y mantener la mejor relación con nuestro prójimo. Siempre, Jesús mostró que la oración es el medio para tener comunión con Dios, una practica esencial en la vida de todo creyente.

La mayoría de los hombres de nuestra nación se saludan pronunciando dos groserías, cuyo significado echa por tierra toda su hombría, entereza, valentía, probidad y valor. También una gran cantidad de mujeres jóvenes usan una de ellas en su saludo, declarando una sentencia que la aleja completamente de toda su identidad como mujer. Constantemente estamos escuchando maldiciones, olvidando que de acuerdo a los principios cristianos estamos llamados a bendecir, incluso a los que nos ultrajan y persiguen, porque de esta manera, si ellos persisten en la práctica del mal, nuestras bendiciones se convierten en justicia de Dios sobre ellos. ¿Y qué hombre no prefiere la justicia divina antes que la humana?

La mayoría de las veces estamos declarando las peores cosas. Realmente, la tragedia que vivimos a diario los venezolanos es de una magnitud inenarrable, y ahora le añadimos el sufrimiento que vive el mundo entero, la pandemia; sin embargo, debemos admitir que hemos contaminado todo nuestro entorno exaltando los más bajos sentimientos humanos. Hasta nuestros niños han sido atacados con el virus de la procacidad. Es difícil encontrar una sonrisa que nos devuelva el saludo amable. Las miradas de muchos se han convertido en ametralladoras. La cortesía prácticamente ha desaparecido de nuestra sociedad. Nos hemos dejado contaminar, estamos enfermos de odio. Nuestras bocas destilan lo que albergan nuestros corazones.

¡Necesitamos volver nuestro corazón a Dios! Necesitamos cambiar cada una de estas palabras por una proclamación de bendición. Así como ejercitamos los músculos del cuerpo en el gimnasio, deberíamos ejercitar los músculos de la cara para sonreír, los músculos del alma para hablar con Dios. No permitir que los pensamientos de oscuridad gobiernen nuestras vidas, sino llenar nuestras mentes con las miles de promesas de amor, de paz y prosperidad que se encuentran en la Biblia.

Creo que este es un tiempo en el que deberíamos hablar más con Dios que con nuestros hermanos, con la certeza de que Dios respalda a quienes le buscan y cumplen su parte. Deberíamos encomendar nuestra causa a Dios a cada momento, y como se ha multiplicado la maldad, el dolor y la desesperanza, aun con más fuerza multiplicar la bondad en medio de nosotros. Deberíamos como una avalancha llenar nuestras bocas de oración y con la salida del Sol cada mañana bendecir a nuestros hijos, a nuestro cónyuge, a nuestros padres, a familiares y amigos. Pedirle a Dios que su gracia se derrame sobre nuestro planeta, sobre nuestro país, sobre nuestras iglesias, sobre nuestros hogares; pero muy especialmente sobre cada uno de los que nos hemos llamado «cristianos» porque sin un avivamiento individual, no vendrá un cambio en todos los ámbitos de la sociedad mundial.

Deberíamos encomendar nuestra causa a Dios a cada momento, y como se ha multiplicado la maldad, el dolor y la desesperanza, aun con más fuerza multiplicar la bondad en medio de nosotros. Deberíamos como una avalancha llenar nuestras bocas de oración  su luz ilumine nuestras tinieblas, que su mano sane a tanta gente enferma, que su justicia se levante en medio de nosotros. ¡Oremos!


¡Es tiempo de vivir en una oración!

Rosalía Moros de Borregales.
rosymoros@gmail.com

Twitter:@RosaliaMorosB
Instagram:@letras_con_corazon

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