Rotos pero no destruidos.

Cuando nos sentamos a escribir pareciera
que nuestra mente va más rápido de lo que nuestras manos pueden
moverse en el teclado. Mis pensamientos vuelan en la plenitud de lo que mi alma
anticipa. Es mucho el dolor que hemos vívido los venezolanos, es demasiada la
humillación de los últimos veinte años. Cada vez que sentimos que hemos llegado al fondo; entonces,
continuamos descendiendo, como en caída libre, solo que sin poder ver el lugar
donde aterrizaremos. Nuestras esperanzas se desvanecen como suspiros, se
remontan lejos, como el cometa que se escapa de las manos del niño y se hace
inalcanzable aun con la mirada puesta en el cielo.
Siempre pensamos que otros sufren menos
que nosotros, tendemos a sentir que lo peor es lo que vivimos; sin embargo, es
poco lo que sabemos del verdadero sufrimiento de esos ‘otros’. Pasamos toda la
vida huyendo de las tristezas, ahogando las penas, esquivando los golpes; no
obstante, como dice mi hijo el psicólogo, es lo más seguro que tenemos en la
vida. Por esa razón, deberíamos estar más abiertos a las posibilidades de bien
que hay en la adversidad, deberíamos considerar ver un amanecer; fijar nuestros
ojos en el cielo y presenciar el momento en el cual la luz de la aurora va
disipando la oscuridad.
Esa aurora se encuentra en tu alma, es
ese molde de eternidad que yace en el interior de cada ser humano. Esa
posibilidad divina que supera todo el mal, que viene a habitar en tu ser
interior con el llamado de una oración. Es la oruga que se convierte en
mariposa, es la flor impecablemente blanca que surge en el pantano, es el
espermatozoide entre miles que logra fecundar al óvulo, es la mujer que grita
con el dolor más lacerante, para luego reír con plena felicidad al ver a su
pequeño; es el dolor de la cruz convertido en la victoria de la resurrección.
Cuando era adolescente mi mamá hacía piezas de cerámica muy bonitas. Para mi, que he sido un poco torpe para las manualidades, ese proceso cautivaba mi admiración. En especial, un día en el que una pieza muy linda que teníamos en casa se cayó y se rompió. A simple vista parecía que era imposible repararla, pues tenía resquebrajaduras en prácticamente toda su extensión. Pero mami me dijo que era la oportunidad para aplicar una técnica que había aprendido, una técnica japonesa llamada kingsugi, mediante la cual se aplica un polvo de oro junto con barniz o resina en las hendiduras de la pieza y se mete al horno.
El resultado final es de una belleza que
supera con creces a la de la pieza original. Los hilos dorados que recorren el
camino de las resquebrajaduras le dan un realce verdaderamente único y
especial. Así como nos podrían dar una belleza única y especial esas heridas
que experimentamos a lo largo del camino de nuestras vidas. Todo depende de la
elección que hacemos en nuestro ser interior; decidimos ser restaurados con ese
hilo de oro en las manos de Dios, imprimiéndole a cada herida el sello de la
luz y la huella del amor inquebrantable o dejamos las roturas abiertas,
supurando esas sustancias mal olientes de las heridas infectadas.
Esa es la imagen que atesoro en mi
corazón para la vida de mis amados y la propia. Siempre albergo en mi ser la
inmensidad de la posibilidad divina que puede hacer que salten millares de
peces ante la palabra de Dios, donde el esfuerzo humano no había logrado nada
en toda la noche. Como la imagen de la tormenta con los discípulos en la barca,
llenos de temor, mientras Jesús dormía, esperando quizás, ser involucrado en
sus vidas. Y cuando finalmente decidieron despertarle, calmó la tempestad para
la admiración de todos ellos.
Como la imagen de aquel que reconociendo
su autoridad, le dijo que tan solo era necesaria una palabra de su boca para
que su siervo sanara. O como la imagen de Bartimeo, el ciego, quien siguió el
latir de su corazón que le revelaba que en Jesús de Nazaret estaba la sanidad
que tanto había anhelado y, cuando el Señor le preguntó: _¿Qué quieres que te
haga? El respondió claramente: _Señor, que recobre la vista. Entonces, sus ojos fueron
abiertos de nuevo a la luz de la vida.
También, albergo en mi ser el deseo, que
cada día convierto en oración, que podamos llegar a Dios para ser restaurados
como aquella mujer sirofenicia (hoy, libanesa) que llegó a Jesús rogándole que
echase fuera de su hija a un demonio que la atormentaba, de la misma manera,
que Venezuela ha sido atormentada. Y él, Jesucristo, le respondió: _Deja
primero que se sacien los hijos, porque no está bien tomar el pan de los hijos
y echarlo a los perrillos (El era judío, y había venido, primero a los suyos).
Y ella, en esa humildad que produce la inteligencia y la brillantez más excelsa
que todo conocimiento humano, le contestó: _Sí, Señor, pero aun los perrillos,
debajo de la mesa, comen de las migajas de los hijos. Y por estas palabras El
la envío a su casa con la promesa de la sanidad de su hija, la cual ella corroboró
al llegar a casa.
Hemos sido derribados por toda suerte de
mal; nos han saqueado, nos han robado hasta el pan de cada día. Ni el oro
negro, ni el dorado lo han usado para reconstruirnos. Somos uno de los países
más ricos del mundo cuyos niños lloran en la pobreza más abyecta.  Nos han matado a muchos hijos, y a los
valientes los torturan. Nuestras gargantas están secas, mientras en nuestros
ríos abunda el agua preciosa. Disfrazaron a nuestros héroes de independencia
para que se parecieran a su filosofía hueca.


Pensemos en la pieza de cerámica con el hilo dorado, pensemos en el evangelio, en cada sanidad, en cada palabra de verdad. Pensemos en nuestra Venezuela restaurada. Esa es la imagen que atesoro en mi corazón, la veo como esa pieza restaurada con el hilo de oro de Dios. Veo que el recorrido de sus heridas es largo y tortuoso, pero ya no supuran, han recibido sanidad. La veo como los brotes verdes después de las primeras lluvias de mayo, que comienzan a asomarse mientras se cargan los mangos. La veo fuerte, poderosa, como las aguas estruendosas del Salto Ángel, profunda en su pensamiento como el más intenso azul de su mar Caribe; vestida de justicia de perla blanca como las de su soñada isla de Margarita, llena de jóvenes estrellas, como las de una noche en los llanos, llena de risas como las de nuestros hijos benditos.

…“Estamos atribulados en
todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados; perseguidos, mas
no desamparados;  rotos (derribados), pero
no destruidos”. II Corintios 4:8-9.
Rosalía Moros de Borregales.
Twitter: @RosaliaMorosB
Instagram: @letras_con_corazon
 

¿Te ha gustado? Compártelo.

Suscríbete gratis al newsletter

Tambien puedes dejar un comentario

Otros artículos que podrían interesarte