El consuelo.

Los seres humanos fuimos creados para vivir en relación. Al recordar el Génesis, podemos nos damos que luego de haber hecho Dios su obra maestra: el hombre. Vio Dios que no era bueno que el hombre estuviera solo. Entonces hizo a la mujer. Quizá, inspirado en su propia naturaleza de relación; pues, el verbo aparece en la primera persona del plural: Entonces dijo Dios, hagamos al hombre… Refiriéndose a su naturaleza trina: Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. 

Muy temprano, en el principio, Dios se dio cuenta que la soledad no era una buena compañera. Más adelante, en ese proceso de creación, Dios le encomienda al hombre y a la mujer que se reproduzcan y gobiernen la Tierra. De tal manera que, desde el principio fuimos creados para estar en relación unos con otros, para depender unos de otros, para acompañarnos unos a otros, para servirnos unos a otros, para consolarnos unos a otros. Consolar significa aliviar la pena o aflicción de otro. Para aliviar es necesario aligerar la carga, derramar las lágrimas contenidas como un nudo en la garganta que parece ahorcarnos. Es necesario que la persona afligida pueda sentir que genuinamente nos interesamos en su dolor y aunque no podamos quitarlo, si podemos ayudarle compartiendo su vivencia. Es un proceso de caminar juntos, de ir al lado del otro para ofrecerle nuestro abrazo en el alma y, si es posible, nuestro abrazo físico.

El consuelo tan importante en este tiempo tan convulsionado de la humanidad, pareciera estar desdibujándose debido a las múltiples herramientas que existen para comunicarnos hoy en día, sin vernos a los ojos. Vemos cientos de imágenes cada día. Según algunos expertos en Marketing digital, el promedio del desplazamiento que hace el dedo índice para desplazar la pantalla (scroll) en el standard de usuarios de una red social como Instagram, es equivalente a la medida de la altura de la Torre Eiffel, unos 324 mts al día. Es decir, que nuestros ojos están absolutamente acostumbrados a ver, pues ver es la capacidad física con las que nuestros ojos vienen genéticamente diseñados para percibir mediante la luz. 

Ver proviene del latín videre y éste a su vez de la raíz griega eidos que significa apariencia o imagen. Por lo tanto, cuando vemos, solo vemos la apariencia externa. El ojo humano tiene la capacidad de ver millones de imágenes cada día. No obstante, el verbo mirar viene del latín mirári que significa “admirar”. Mirar significa fijar la vista, poner atención a lo que vemos. Ver es un acto inherente al sentido de la vista. Mirar es un acto consciente y deliberado. Vemos todo lo que miramos, pero no miramos todo lo que vemos; basta tener los ojos abiertos para ver. Sin embargo, para mirar necesitamos la voluntad para fijar la atención. 

En el Sermón del Monte Jesús le da un lugar a los que lloran, diciendo: “Bienaventurados los que lloran porque ellos serán consolados”. Mateo 5:4. A todos, en algún momento de nuestra vida, nos llega el momento de llorar. Hasta los mas duros, con corazón de piedra, con los ojos secos, sin lágrimas debido a la dureza de su corazón, en algún momento se les rompe el corazón. Es algo inevitable en la vida, pues todos los seres humanos en algún momento tenemos nuestra experiencia de dolor. El apóstol Pablo en Romanos 12:15 nos dice que lloremos con los que lloran. Sin embargo, hay millones que lloran solos, hay millones de corazones rotos cada día que no han sido consolados. Quizá alguien que está muy cerca de ti está llorando desde hace mucho tiempo. Quizá tu solo ves a esa persona, pero ¿te has detenido a admirarla? Para admirarla, debes ver con mucha atención; es decir, debes mirar. Evoco lo que nos recalcó Antoine de Saint Exupery en su magistral obra, El Principito: “Solo con el corazón se ve, lo esencial es invisible a los ojos”. Entonces, los ojos pueden ver, pero el corazón es el que puede mirar lo esencial.

No hay mayor consuelo en momentos de angustia que el abrazo cálido de un ser amado o de aquel que sabe amar con el amor de Dios. Amanecer tristes, buscando fuerzas para seguir adelante y encontrarlas al ser sorprendidos por el mensaje alentador de un amigo, no tiene precio. Llegar cansados a la casa después de un largo día de trabajo para ser recibidos por la algarabía de nuestro esposo (a) y de nuestros hijos puede convertirse en la sinfonía mas sublime para nuestros oídos después de un largo día.

Todo se trata de alguien que nos bendiga la vida con su presencia. Alguien que nos regale un gesto, una sonrisa, un abrazo, un beso, una palabra de admiración. Se trata de estar al lado de quienes amamos, de quienes son nuestra responsabilidad. También, de quienes nos necesiten en ese amor universal que Dios nos da. Se trata de nuestra presencia activa en la vida de otros, de la presencia activa de ellos en nuestra vida. El dolor es inevitable, tarde o temprano, todos somos abatidos mediante el dolor en sus diferentes naturalezas. Se trata de estar al lado, de hacer el camino juntos, de saber que estás allí. De sentir que mi silencio puede hablarte tanto como la más profunda de nuestras conversaciones. 

Jesucristo nos mostró el tipo de consuelo que Dios quiere que nosotros demos. Imagínense la amistad tan hermosa y profunda que existía entre los humanos Marta, María y Lazaro con Jesús. Cuando Jesús fue llamado por Marta y María para que supiera de la muerte de Lázaro; ellas, le mandaron a decir: “El que amas ha muerto”. Imagínense la amistad tan profunda que había entre ellos. Lo llamaron porque anhelaban su presencia, porque querían que El estuviera allí en medio de ellas. Y cuando Jesús llegó pidió que lo llevaran a la tumba, y aun sabiendo que El lo resucitaría, Jesús lloró. 

Me imagino que estaba conmovido no solo por la muerte de Lazaro, sino porque El sintió empatía por todos los que estaban allí llorando la muerte de Lazaro. Primero dice que Jesús al ver a María llorando junto a todos los que habían ido a consolarla “se estremeció en espíritu”. Y luego, cuando llega al sepulcro dice que Jesús “estaba profundamente conmovido”. Entonces, Jesús lloró. Y dirigiéndose a Marta le dijo: “No te he dicho que si creyeres verás la gloria de Dios”. Esa es la clase de consuelo que Dios nos da, y la clase de consuelo que el Señor quiere que demos. 

Es necesario que miremos el corazón de los que amamos para poder consolarlos. Es necesario que miremos dentro de aquellos que sufren. Es necesario, que a través de sus ojos, seamos capaces de mirar sus almas. Cuando tenemos la capacidad de estremecernos en espíritu, cuando nos sentimos profundamente conmovidos por el dolor de otros, ya los estamos consolando. Porque esos sentimientos nos llevan a tomar acciones, a elevar una oración, a dar una palabra de aliento, a pasar una mano por la cabeza, a dar un fuerte abrazo, a mirar el corazón y darle nuestro cariño, nuestro afecto, nuestra ayuda; en fin, nuestro amor.

Se trata de saber, de estar conscientes que mi mirada puede ser el abrigo de tu alma; que tu alma puede ser el refugio de la mía. 

Se trata de mirarnos para conocer el color de nuestros ojos. 

El Señor está cerca de los que tienen el corazón quebrantado; libra a los de espíritu abatido. Salmo 34:18.

Rosalía Moros de Borregales.

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