Bajaba de Jerusalén a Jericó, su corazón lleno de esperanza, contento con el fruto de su trabajo, en su mente muchos pensamientos se sucedían uno tras otro, mientras pensaba en el futuro, en su familia, en la vida que respiraba con profundo agradecimiento. De repente, unos hombres desconocidos se acercaron, al ver sus rostros, su corazón comenzó a latir aceleradamente. Sus ojos se encontraron con la mirada de uno de ellos, e inmediatamente supo que sus intenciones eran perversas. La alegría fue sustituida por el miedo, en un pestañeo yace herido, indefenso, desprovisto de sus posesiones. Entonces, con una mirada recorre el lugar, no hay nadie a quien llamar, el dolor lacera su cuerpo y la esperanza de hace unos momentos se va desvaneciendo junto con su consciencia.

Un rato después, aparece en escena un hombre que transitaba por aquel camino, un sacerdote, absorto en sus pensamientos, en todas las obligaciones que le quedan por cumplir. Sus pies van solos por un camino que ha recorrido cientos de veces. Hoy es una oportunidad más, el camino luce tranquilo, nada ha cambiado. De repente, a lo lejos sus ojos ven algo diferente, un hombre que yace en el suelo. ¿Dormido? ¿Enfermo? ¿Muerto? A medida que se aproxima a él, su corazón le habla, su mente se debate entre el deber hacer y el hacer lo que ya está planificado. Mientras más se acerca, sus pensamientos se van tornando más firmes. Es mejor seguir el camino, cumplir con el deber trazado y que otro haga lo debido. Como para acallar a su corazón que le reprende, sus ojos prefieren mirar al lado opuesto, sus pies siguen a sus ojos, al otro lado del camino.

Cuando su figura se pierde en el horizonte, otro hombre cuyos pies son conocidos por el camino se aproxima. El camino trata de advertirlo, algo diferente hoy se ha cruzado frente a él. Es un levita, sus pensamientos divagan en el universo de su mente, no tienen una forma definida, no tienen un propósito, tan solo se suceden uno tras otro como caballos salvajes que galopan en una llanura.

Sorpresivamente, sus pies se tropiezan con un obstáculo atravesado en el camino, y es solo en ese momento que sus ojos se dirigen al suelo. Ve al hombre moribundo; entonces, piensa en la escena que sus ojos ven, y se da cuenta que hacerse cargo podría traerle consecuencias muy desagradables. Rápidamente, antes de que su consciencia gane la batalla, cruza al otro lado del camino y sigue de largo, sin mirar atrás, sin volver el corazón.

Al hombre que yace herido le llora el alma. Dos hombres han pasado de largo mientras su cuerpo se desangra. En la distancia, escucha los pasos firmes y rápidos de otro caminante, pero en su corazón ya no hay esperanza. El tercer caminante es también un hombre lleno de obligaciones y deberes, en su mente también se desbordan los pensamientos, miles que se suscitan una tras otro. Por momentos, piensa en las cosas que van bien y se alegra; pero sin saber como, se encuentra pensando en todo lo que le preocupa. Es un hombre igual que los dos anteriores, con una vida, un trabajo, una familia y los afanes del día.

Solo una cosa es diferente en este tercer caminante, al encontrarse al hombre que yace herido se le acerca, mientras le habla apaciblemente para calmar su ansiedad. Entonces comienza a curar sus heridas. No tiene mucho de que echar mano, les pone vino y aceite, y con sus ropas las venda, luego lo monta en su caballo, lo lleva al hostal y cuida de él. Al otro día, tiene que partir, no sin antes sacar de su bolsillo el dinero necesario para cubrir los gastos del hombre herido. Se lo encarga encarecidamente al dueño del hostal, prometiéndole que a su regreso cubrirá cualquier otro gasto que sea necesario.

Dos días mas tarde, el hombre asaltado despierta sintiéndose restablecido, la esperanza ha llenado de nuevo su corazón, sus heridas están casi totalmente sanadas y en su alma hay de nuevo fe en el ser humano. Le pregunta al hostelero quién es su benefactor. El hostelero le mira fijamente a los ojos y le responde: —No puedo decirle su nombre, pero sin duda, usted le ha conocido como un hombre de bondad.

Jesús contó esta historia al experto de la ley que le preguntó quién era su prójimo. Y al terminar de contarle la historia fue Jesús quien le preguntó a él: ¿Cuál de estos tres piensas que demostró ser el prójimo del que cayó en manos de los ladrones? El experto en la ley contestó: El que se compadeció de él.

Entonces Jesús le dijo: —Anda entonces y haz tú lo mismo.

Lucas 10:24-37.

Rosalía Moros de Borregales.

 

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  • Maria Corina

    La Misericordia, amor en acción!! Ayudar sin pedir nada a cambio , sólo por la gracia de Dios para con nosotros.
    Hagamos lo mismo con toda persona que necesite ayuda tanto en lo material, emocional y sobretodo espiritual! Gracias por este relato Rosalía!! Dios te bendiga.

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