La inmensidad.

He tenido la oportunidad de encontrarme con nuestros hijos en un lugar hermoso desde donde puedo contemplar la grandeza del océano que se despliega ante mis ojos con toda su majestad. Pienso que este paisaje, el cual nos deja sin palabras, es la mejor manera de representar la plenitud de mi alma ante este encuentro con nuestra familia, desde tres continentes diferentes.

La emigración forzada a la que nos ha obligado nuestro país, añadido a los múltiples caminos que  transita cada ser individualmente ha hecho que estemos separados por miles de kilómetros, como tantos otros venezolanos en este mundo de contradicciones políticas y, ahora de pandemia. Volar fuera del nido significa transitar nuevos caminos, buscar otros horizontes, construir un nido propio. 

La fuerza de los vínculos que se tejen en el hogar puede constituir la potencia necesaria para extender con autonomía las alas propias en nuevos horizontes. Recuerdo las pláticas con papá quien solía hablarnos de su hogar paterno y del nuestro; describiendo cada uno como los tesoros más valiosos de su vida, como su mayor inspiración para vivir plenamente la vida, como su mejor motivación para agradecer a Dios por cada día.

El océano me hace pensar en los miles de ciclos de vida que se llevan a cabo en su gran inmensidad. Así como el latido de nuestro corazón junto al ritmo de cada inhalación y exhalación pareciera no solo marcarnos la vida en su esencia orgánica, sino también el ritmo de las ondas emocionales y espirituales que mueven nuestra alma como las corrientes submarinas que mueven las ondas del océano. 

Quizá es también un ritmo que nos insta a vivir a un paso no tan acelarado para producir taquicardias ( acelaración del ritmo), no tan pausado que nos produzca bradicardia (disminución del ritmo); sino a vivir en el ritmo de la vida, en su ciclo constante, donde la vida siempre es plena, desde las situaciones más simples hasta las más complejas. 

Son estos instantes en los que mi alma quisiera poseer la palabra del poeta para llegar al alma con el mensaje de la inmensidad del océano, de la plenitud de la vida. Vidas cortas, vidas largas; en fin, vidas, cada una con su propósito, cada una con su propio mensaje, cada una con su propia belleza dentro de esta gran inmensidad. 

Oh alma mía, reposa en la paz de Su grandeza, en la plenitud se Su inmensidad; no pierdas la esperanza, no dejes de ver la línea del horizonte que une ese gran océano con la plenitud del cielo; no dejes de fijar tus ojos finitos en el horizonte que te hace palpitar con el vislumbrar de la eternidad.

¡Oh alma mía! Fúndete con el horizonte, vive en Su inmensidad.

“Tuyos son, Señor, la grandeza y el poder, la gloria, la victoria y la majestad. Tuyo es todo cuanto hay en el cielo y en la tierra. Tuyo también es el reino, y tú estás por encima de todo. De ti proceden la riqueza y el honor; tú lo gobiernas todo. En tus manos están la fuerza y el poder, y eres tú quien engrandece y fortalece a todos. Por eso, Dios nuestro, te damos gracias, y a tu glorioso nombre tributamos alabanzas.”

1 Crónicas 29:11-13 NVI.

Rosalía Moros de Borregales.

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