Iluminar para preservar.

Las tinieblas no se expanden por naturaleza propia, ellas recorren el camino donde la luz se ha apagado. Pues, la luz resplandece en las tinieblas y éstas sencillamente no pueden prevalecer contra ella. En otras palabras, la maldad persiste donde la bondad ha dejado de actuar; los hombres soberbios se enseñorean de aquellos que han perdido su valía, que no saben más quiénes son ni para qué están aquí. 

Cada vez que con actitud de indiferencia, con silencio o con pasividad aceptamos una injusticia, estamos apagando la luz, estamos permitiendo que la oscuridad avance. En el reconocido Sermón del Monte, Jesucristo le dijo a la multitud allí congregada: «Ustedes son la luz del mundo. Una ciudad situada sobre un monte no se puede ocultar; ni se enciende una lámpara y se pone debajo de la cama, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en la casa. Así brille la luz de ustedes delante de los hombres, para que vean sus buenas acciones y glorifiquen a su Padre que está en los cielos». Mateo 5:14-16. Esta no fue una declaración dirigida solamente a todos los presentes, sino también a todos los que habrían de venir después de ellos.

De la misma manera, les expresó: «Ustedes son la sal de la tierra, pero si la sal pierde su sabor, ¿cómo volverá a ser salada? Ya no servirá para nada, sino para ser arrojada a la calle y pisoteada por la gente». Mateo 5:13. Lamentablemente, muchos cristianos han interpretado su rol en la historia de la humanidad, como un papel de gente sumisa que solo pone la otra mejilla. Sin embargo, en estas palabras de Jesús se revela claramente que aquellos que pretenden ser llamados sus seguidores deberían ser personas con las cualidades de la sal, gente capaz de hacer del mundo que les rodea un mejor lugar, limpiando lo sucio y preservando lo que es bueno. 

La sal común o Cloruro de Sodio fue un bien muy apreciado desde tiempos antiguos. Su demanda fue aumentando por todo el mundo a medida que se fueron descubriendo sus propiedades de purificación y preservación. Su uso se extendió desde la cocina pasando por la limpieza o desinfección, la cura de heridas, hasta su uso más importante que fue la preservación de alimentos. Su importancia fue tan relevante que movió economías completas, determinó rutas y provocó guerras. Durante el Imperio Romano el pago por el trabajo se denominaba salarium argentum debido a la cantidad de sal que le era otorgada como parte de pago a los legionarios romanos para ser usada en la preservación de sus alimentos; de allí, el origen en Castellano de la palabra salario, del latín salarium.

A través de toda la historia de la humanidad han habido pueblos enteros sometidos a pocas voluntades que se han impuesto por medio de diferentes mecanismos de coacción. En nuestra sociedad actual, la mentira ha sido el lenguaje de minorías, las cuales maquilladas bajo el estandarte de los derechos humanos, pretenden imponer su agenda a toda costa. Son almas envenenadas por la soberbia, amadores de sí mismos, crueles, llenos de vanidad, entregados a sus depravaciones. Su presencia ha entenebrecido naciones enteras; sus practicas han generado enfermedad y muerte, dolor y confusión. 

Ellos han persistido en el mal, su comunión es con las mismas tinieblas, de ellas se alimentan y a ellas rinden culto. Nosotros nos hemos alejado de Dios, hemos cuestionado su poder, hemos olvidado que Dios actúa en el hombre y por medio de él. No podemos alumbrar a otros si hemos permitido que nuestra luz se apague, habiéndonos alejado de la fuente inagotable de luz eterna. Jesús les habló otra vez, diciendo: «yo soy la Luz del mundo; el que Me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la Luz de la vida.» Juan 8:12.

La gente de Dios tiene la ineludible misión de ser luz del mundo y sal de esta Tierra; gente cuyas palabras no sean las propias sino basadas en la Palabra de Dios que es la luz, gente cuyas palabras se conviertan en acciones concretas para preservar el bien. Cada vez más el mundo carece de seres humanos capaces de levantarse para expresar y mantener una posición frente a lo equivocado, entonces las tinieblas avanzan en su recorrido donde la luz ha dejado de brillar. 

Pareciera que la palabra No, estuviera borrándose del vocabulario de muchos; pues prefieren dar el Sí, para ser aceptados por una sociedad complaciente. Prefieren vivir en una mal llamada sociedad de tolerancia, cediendo espacios, sacrificando los valores más sagrados de la familia y perdiendo libertades, antes que levantar sus voces para exponer la verdad, para preservar el bien para nuestra generación y las venideras.

El peligro de esta terrible actitud fue advertido por Jesús, cuando la sal pierde sus propiedades, pierde la capacidad de ejercer sus funciones: “solo sirve para ser arrojada a la calle y pisoteada por la gente”. Como estamos hoy en día, viendo los valores más preciosos, el fundamento mismo de nuestra sociedad, absolutamente distorsionado por pequeños grupos que pretenden, literalmente, pisotear la vida y la verdad de la familia. Debemos cambiar de actitud, no podemos persistir en ser «buena gente”; pues, así como la sal produce dolor al ser usada en la sanidad de una herida, muchas veces el comportamiento cristiano no será interpretado como el comportamiento de gente buena, amable o simpática, aunque actuemos en amor. Siempre debemos ser humildes, pero nunca sumisos.


Es necesario comprender que los cambios en una sociedad se producen desde los círculos más pequeños hacia los más grandes. Cualquier lugar donde te encuentres es el lugar para que asumas la actitud de ser sal de la Tierra y luz del mundo. No podemos resguardarnos con una actitud pasiva mientras se empeñan en ponernos el mundo patas arriba. Tenemos que asumir posiciones. Después de todo, los que callan su voz, los que no asumen posiciones de valor, ineludiblemente terminan sufriendo las consecuencias del errado proceder de otros.

«Y ésta es la condenación: que la luz vino al mundo, pero los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no se acerca a la luz, para que sus obras no sean reprendidas. Pero el que practica la verdad viene a la luz, para que sea evidente que sus obras son hechas en Dios». Juan 3:19-21. 

 

Rosalía Moros de Borregales.

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