Nuestra vista se recrea con la contemplación de aguas tranquilas, aguas cuyo silencio pareciera guardar profundos misterios. La luz intensa del sol en su esplendor nos cubre, posicionado como rey en la bóveda celeste del día. Los frondosos árboles con su verde brillante nos invitan a sentarnos a su sombra a descansar. Una brisa tenue acaricia nuestro rostro, junto al deleite del trinar de pequeños pajaritos que parecieran hablarse, como cómplices de nuestro asombro, ante la belleza y la profundidad del paisaje. Entonces, la palabra mansedumbre aparece en nuestro pensamiento como un cometa que corre con el viento y pareciera exhibirse como un mensaje del Cielo.

Mansedumbre proviene del latín mansetudine proveniente de mansus, significa quietud para controlar las emociones. Se refiere a la persona con autodominio, aquel que no se deja llevar por el cambio constante de las emociones, ni tampoco responde a la violencia con agresividad, no como expresión de debilidad; por el contrario, como expresión de equilibrio, de fuerza interior y autocontrol. Realmente, esta palabra se encuentra prácticamente en desuso en nuestro vocabulario.

Sin embargo, nos es conocida a través de la vida del Maestro, de su carácter y de sus enseñanzas. Cuando el cansancio nos vence, cuando la fatiga se hace crónica, cuando perdemos la paz ante las demandas de la vida y las cargas se hacen tan pesadas que doblegan nuestro ser, entonces las palabras de Jesús parecieran resonar en nuestro interior: “Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga”. Mateo 11: 29 RVR.

En general, tendemos a pensar que con suficiente conocimiento y habilidades seremos capaces de manejar la avalancha de situaciones que se nos presentan en nuestro quehacer cotidiano. Una vez tenemos éxito, dos veces logramos que todo se sujete a nuestro deseo, muchas veces somos capaces de salir ilesos o al menos con no grandes heridas de las batallas que inexorablemente enfrentamos por el simple hecho de estar vivos. Entonces, nuestro orgullo nos afirma en el pensamiento de estar en control de nuestras vidas. Pero, solo hasta que somos sorprendidos por lo inesperado; por eso que se escapa al mando de nuestro soberbio timón y nos impele a reconocer que necesitamos mucho más que conocimiento, habilidades y dinero.

Eso que nos revela que no hay suficiencia en nosotros para enfrentar la vida.  Eso que nos hace buscar la fortaleza, el poder que yace en las virtudes cristianas. Desde el punto de vista bíblico, la mansedumbre se encuentra comprendida entre los frutos que produce el vivir una vida de comunión y relación con Dios. Nace y se desarrolla en el encuentro cada día con el Creador. En las relaciones interpersonales significa dominio propio ante la ira, actuar sin agresividad, pero con justicia. Cambiar la reacción por la acción sosegada e inspirada.

En la relación con el Altísimo, la mansedumbre significa tener docilidad de espíritu para rendirse a su voluntad, para dejarse conducir por su mano. Como todas las virtudes, su desarrollo es el resultado del aprendizaje a través del ejercicio constante a lo largo del camino. Para poder alcanzar la mansedumbre así como cualquier otra virtud es necesario aprender a escuchar el mensaje de Dios. Dios nos habla constantemente, solo que nuestro corazón se ha endurecido con tanto ruido ensordecedor.

El secreto de escuchar, de comprender el mensaje de Dios en cada circunstancia de la vida se encuentra enraizado en tener la voluntad, la consciencia activa, de someter nuestro orgullo para actuar, no en concordancia con nuestros arrebatos, sino en concordancia con ese espíritu afable y apacible que da cabida, que hace silencio para escuchar la voz de Dios. Como lo ilustran claramente las Sagradas Escrituras en las narrativas de la vida de diferentes líderes del pueblo de Israel y de los apóstoles. Un ejemplo claro del aprendizaje de la mansedumbre lo constituye la vida de Moisés, de quién la Biblia dice: “Y aquel varón Moisés era muy manso, más que todos los hombres que había sobre la tierra”. Números 12:3 RVR. Pero, Moisés no se hizo manso de la noche a la mañana. Moisés caminó con Dios, se relacionó con El.

Jesucristo dio gracias al Padre porque los secretos espirituales más importantes fueron revelados a los más sencillos, no a las autoridades políticas y religiosas de la época, junto a los más altos intelectuales, quienes no entendieron su mensaje. En esa ocasión, Jesús hizo la siguiente oración: “Oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, gracias por esconder estas cosas de los que se creen sabios e inteligentes, y por revelárselas a los que son como niños. Sí, Padre, ¡te agradó hacerlo de esa manera!” Mateo 11:25 NTV. No hay mejor actitud para aprender que la actitud del niño que está ávido de conocimientos, deseoso de explorar y aprender.

La inhabilidad de aprender la mansedumbre al igual que otras virtudes, la imposibilidad de hacer de ellas valores de nuestra sociedad radica en que el orgullo y la soberbia no hacen la tierra apta para que la semilla crezca. Las verdades divinas son simples, la complicación está en el corazón, en la sed de poder y control sobre otros. Por esa razón, aquellos que queremos vivir una vida de continuo aprendizaje espiritual, la cual nos permita experimentar la dimensión de la paz, necesitamos entender que las medidas de la sociedad están, en gran parte, ajustadas a mentalidades narcisistas, egoístas y violentas, para quienes la mansedumbre es catalogada como debilidad, pero en realidad es una virtud que radica en una gran fuerza interior.

Así pues, la mansedumbre, lejos de hacernos víctimas de los que se creen poderosos, nos convierte en los recipientes de Dios para manifestar su amor y establecer sus propósitos. Cuando decidimos seguir las pisadas de Jesús, cuando tenemos la valentía suficiente para quitar de nuestros nuestros hombros las muchas cargas que nos impone la sociedad, atreviéndonos a actuar en concordancia con nuestra fe; cuando renunciamos a los yugos que nos esclavizan y decidimos enlazarnos con un propósito superior, el que Dios nos ha encomendado, entonces podemos hallar el descanso para nuestras almas. Podemos experimentar el poder liberador que hay en la entrega mansa a Dios.

Rosalía Moros de Borregales.

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