Desde el punto de vista orgánico el corazón es el órgano vital, sin su constante y rítmico latido no podríamos subsistir. La vida de nuestro cuerpo, cada célula y cada tejido, se encuentra determinada por miles de procesos que se llevan a cabo a partir de ese motor que bombea sangre nutriendo así la vida. Desde el punto de vista psicológico, el corazón representa nuestro ser interior, ese que no podemos ver; sin embargo, vemos manifestado en nuestro existir a través de nuestros pensamientos, nuestros deseos y nuestras acciones.

Hay un Proverbio del rey Salomón que expresa un consejo el cual contiene una verdad que al tomarla individualmente pareciera marcar la diferencia de la persona que podemos llegar a ser: “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; Porque de él mana la vida”. (Proverbios 4:23). Si hubo alguien que supo de cosas guardadas, atesoradas, fue este rey de Israel quien tuvo grandes riquezas y, en un punto de su camino, pudo reconocer qué es necesario atesorar para que de nuestro ser interior fluya la vida.

Estamos conmemorando el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo, según las Sagradas escrituras el Rey de Reyes y Señor de Señores. Un rey que nació en un pesebre, un lugar muy sencillo y humilde. Un nacimiento que marcó la historia de la humanidad en un antes y un después. Un evento en el cual estuvieron involucrados personas escogidas por Dios para cumplir su propósito, personas cuyo corazón atesoraba virtudes, verdades y una fe ejemplar para todos los que deseamos que ese Rey que un día nació en Belén, nazca y more en nuestro corazón.

Poco se habla de dos personas que conquistaron a Dios con un corazón íntegro. Nos relata el apóstol Lucas en su evangelio acerca de Elisabet y Zacarías, los padres, escogidos por Dios, para Juan el bautista, quien preparó el camino para que Jesús comenzara su misión: “Hubo en los días de Herodes, rey de Judea, un sacerdote llamado Zacarías, de la clase de Abías; su mujer era de las hijas de Aarón, y se llamaba Elisabet. Ambos eran justos delante de Dios, y andaban irreprensibles en todos los mandamientos y ordenanzas del Señor”. Sin lugar a dudas, una historia fascinante digna de ser leída y contada por toda la cristiandad.

La justicia, una de las virtudes cardinales del cristianismo, era lo que esta pareja atesoraba en su corazón. Avanzados en años, con el gran anhelo de ser padres, oraron a Dios y sus oraciones fueron escuchadas. Quizá este verso de los Salmos fue la inspiración para que ellos derramaran su corazón en oraciones delante de Dios: “Los ojos del Señor están sobre los justos, y atentos sus oídos al clamor de ellos”. Salmo 34:15. La afrenta que llevaban sobre sí fue cambiada por el gozo de la concepción: “Después de aquellos días concibió su mujer Elisabet, y se recluyó en casa por cinco meses, diciendo: Así ha hecho conmigo el Señor en los días en que se dignó quitar mi afrenta entre los hombres”.

Luego, podemos concentrarnos en descubrir el corazón de esa maravillosa mujer, María, sin la cual el nacimiento de Jesús nunca habría tenido lugar. Una joven virgen, con un corazón puro y rendido a Dios. Nos relata Lucas que cuando Elisabet contaba ya el sexto mes, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret. Este ángel visitó a María, quien estaba desposada con José, un hombre de quien también nos dice la Biblia que era justo delante de Dios. “Y entrando el ángel en donde ella estaba, dijo: ¡Salve, muy favorecida! El Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres. Mas ella, cuando le vio, se turbó por sus palabras, y pensaba qué salutación sería esta. Entonces el ángel le dijo: María, no temas, porque has hallado gracia delante de Dios. Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS”.

Entonces, la joven María inquirió: “¿Cómo será esto? pues no conozco varón. Respondiendo el ángel, le dijo: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios”. Además, el ángel le informó acerca del estado de su parienta Elisabet, la cual se encontraba en su sexto mes de embarazo, porque nada hay imposible para Dios. Entonces María respondió con el Si de su corazón, entregado a Dios, para dar comienzo a la historia más trascendente de toda la humanidad: “He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra”.

Otras personas cuyos corazones limpios les permitieron ver al Salvador, fueron aquel grupo de pastores que se encontraban cuidando a su rebaño y repentinamente se les apareció un ángel en medio de un gran resplandor el cual les ocasionó un gran temor, pero el ángel les dijo: “No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo, que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor”.

Además de los pastores, también tuvieron protagonismo en esta historia que celebramos hoy, tres hombres de quien nos habla el evangelista Mateo (2): “Cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes, vinieron del oriente a Jerusalén unos magos, diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle”. Estos sabios fueron guiados por una estrella y llegaron para ofrecer sus tesoros al rey de los judíos: “Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra”. ¿Quién ofrece sus tesoros sin antes ofrecer su corazón?

Otros dos personajes que captan nuestra atención debido a la condición de sus corazones son Simeón y Ana, ambos bastante olvidados en esta historia; sin embargo, los ojos del Señor miran atentamente a los que le aman. Así pues, Simeón y Ana tuvieron la bendición de conocer al Salvador tan anhelado por sus almas. Por una parte, Ana, era hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad muy avanzada, una mujer viuda que no se apartaba del templo, sirviendo de noche y de día con ayunos y oraciones. Ana daba gracias a Dios, y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención en Jerusalén.

Por otra parte, Simeón, a quien describen las Escrituras como un hombre, justo y piadoso, que esperaba la consolación de Israel; y sobre quien estaba el Espíritu Santo, que le había revelado que no vería la muerte antes que viese al Ungido del Señor. Y movido por el Espíritu, fue al templo. Y allí, en el templo se encontró con María y José que habían traído a Jesús para cumplir con la presentación. Simeón al ver al niño Jesús lo tomó entre sus brazos y bendijo a Dios con estas palabras: “Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, conforme a tu palabra; porque han visto mis ojos tu salvación, la cual has preparado en presencia de todos los pueblos; luz para revelación a los gentiles, y gloria de tu pueblo Israel”.

En esta Navidad, es mi deseo y oración que podamos seguir el ejemplo de todas estas personas que tuvieron involucradas de diversas formas en el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo. Personas escogidas por Dios debido al tesoro de su corazón, personas que guardaban dentro de sí un profundo amor a Dios, personas que se conducían según la justicia, personas que hicieron de su corazón un pesebre para Dios.

“Engrandece mi alma al Señor. Y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador”. Lucas 1:47.

Rosalía Moros de Borregales.

¿Te ha gustado? Compártelo.

Suscríbete gratis al newsletter

Tambien puedes dejar un comentario

Otros artículos que podrían interesarte