Estamos en vísperas de la Navidad, el nacimiento del Salvador, del mesías prometido al pueblo de Israel. El profeta Isaías fue uno de los hombres de Dios, de quien nos da testimonio el Antiguo Testamento, que escribió acerca de ese redentor a quien hoy toda la cristiandad de alguna manera, consciente o inconscientemente proclama en esta época del año.

Isaías nos dice en el capítulo 9:6 “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz”. Quizá este último nombre dado al Salvador es uno de los que más ha impactado nuestra vida. Sencillamente, porque despierta en nuestra alma una inmensa seguridad el saber que Él se levanta para traer paz, para crear la paz, para quitar de nuestro ser la angustia que conlleva la vida.

Ese niño, nacido de María, la virgen, aquella jovencita que le respondió a Dios con un Si contundente, es el niño que al crecer se entregó en la cruz del Calvario, para consumar en su cuerpo el más trascendental tratado de paz de toda la historia de la humanidad. El apóstol Pablo le dice a la iglesia en Efeso que Jesús se convirtió en la paz que derribó la muralla de separación entre los judíos y los gentiles: “Él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación”. Efesios 2:14. Más aun, Él es nuestra paz, quien abolió, por medio de su sacrificio, la enemistad entre nosotros y el Padre. El es el reconciliador, el puente, el mediador entre Dios y los hombres, el hacedor de paz.

Nos cuenta el apóstol Juan, que un día, mientras Jesús cumplía su misión de traer las buenas nuevas de salvación a la Tierra, ya cercano a su muerte, hablaba con sus discípulos acerca del gran Consolador, el Espíritu Santo, quien vendría después de su partida para acompañarles y guiarlos a toda verdad. Entonces, en medio de la platica les dijo: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo”. Juan 14:27. Sin duda, unas de las palabras de mayor impacto y trascendencia en la vida de los discípulos y en la de aquellos que hoy seguimos sus pisadas.

Sentir miedo, estar turbado, cualquiera que sea la causa, produce en el alma un sentimiento desolador de orfandad. La sensación de inseguridad, de peligro inminente, de incapacidad de nuestras propias fuerzas, nos hace sentir indefensos ante las fuerzas brutales que se erigen como dueñas de este mundo. Pero, es allí, en el temor del alma, en el corazón conmovido ante nuestra propia imposibilidad, que Jesús se levanta y nos promete la paz que el mundo no puede ofrecernos. La paz que asegura nuestro corazón en la certeza que El ha vencido al mundo: “Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo”.

Aunque muchos aun piensan en Jesucristo como el hombre crucificado, vejado, humillado, vencido en la cruz; realmente, Él ha vencido al mundo, porque no se quedó clavado en la cruz, sino que trascendió la muerte con su resurrección y a través de ella le quitó el imperio de la muerte al enemigo de nuestras almas. Por esa razón, los cristianos tenemos una esperanza viva, una esperanza que nos afirma en una vida de paz en un mundo lleno de hostilidad y, una vida eterna cuando partimos de este mundo.

En el conocido sermón del monte, Jesús exalta a los pacificadores o hacedores de paz: “Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.” Mateo 5:9. Los hijos de Dios, indudablemente, hacen las obras de Dios. La paz constituye el primer regalo que transforma nuestra humanidad, que nos traslada de una experiencia ilimitada de angustias en la vida, a ese sentido de seguridad que nos proporciona el sabernos cuidados y protegidos por nuestro amoroso Padre celestial. Así, cuando actuamos haciendo la paz, construyendo la paz en nuestro caminar diario, somos bienaventurados, hacemos de nuestra vida un vínculo entre nuestros semejantes y Dios, el vínculo de la paz. Podemos ser llamados hijos de Dios; capaces de ser uno con El y de conservar la unidad por medio de su Espíritu: “Solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz”.

Ese niño colocado en cada pesebre, vino a este mundo para hacer cesar la guerra de nuestro corazón. El nació en un sitio humilde y sencillo, siendo el creador del Universo, y hoy quiere nacer en el pesebre de tu corazón para traer Su paz a tu vida, la paz que sobrepasa todo entendimiento, la que no podemos comprender, pero si experimentar; la que nos desata de las ligaduras del miedo.

Abre hoy la puerta de tu corazón y dale la bienvenida al Príncipe de paz.

“Que el Señor de paz, (el Príncipe de paz), les conceda su paz siempre y en todas las circunstancias el Señor sea con todos ustedes”.
II Tesalonicenses 3:16.

Rosalía Moros de Borregales.

 

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