Siempre he admirado el libro de los Proverbios en las Sagradas Escrituras, lleno de sabiduría que nos guía en todos los aspectos de la vida. Pensando en la volatilidad de las emociones y en sus consecuencias cuando no cultivamos una actitud desde el corazón sino que nos dejamos llevar por la temporalidad, me encontré con este verso: “Todos los días del afligido son difíciles; mas el de corazón contento tiene un banquete continuo”. (Prov. 15:15). Una verdad contundente, el estado de ánimo del corazón es como un cristal que nos hace ver el mundo de acuerdo a lo que sentimos en nuestro interior. Así pues, podemos ver la vida gris y opaca o podemos verla de colores y brillante.

Sin embargo, la vida es más complicada, por lo que no es justo reducirla solo a los extremos que ocupan dos emociones opuestas. Pero, qué es realmente la alegría. La palabra alegría en nuestra lengua castellana se deriva del término latino alacer que significa, rápido, vivaz, animado. Nos conduce en primer lugar, a la idea de la rapidez, quizá, precisamente, porque las expresiones de la alegría como la risa, el baile, el aplauso, entre otras, suelen ser rápidas, fugaces. En segundo lugar, expresa vida, movimiento, deseo de seguir adelante, con la fuerza moral para hacer, para ejecutar los pensamientos transformándolos en acciones.

Son muchos los factores externos que inciden en la emoción de la alegría. Por ejemplo, los latinos tendemos a ser más alegres que los nórdicos, sencillamente porque tenemos muchos días con un cielo intensamente azul y los rayos del sol calentando nuestros huesos. El sol nos invita a visitar los diferentes paisajes de la naturaleza con sus verdes y azules vibrantes, nos impulsa a ser más expresivos exteriorizando lo que llevamos en el corazón; sencillamente, podríamos decir que el sol nos hace ser más comunicativos que aquellos que lidian en su cotidianidad con días grises.

A pesar de esto, en el libro La ciencia de la felicidad, de la Dra. Lyubomirsky, investigadora en el campo de la felicidad, expresa que la genética interviene en un 50% en nuestra capacidad para manifestar emociones relacionadas con la felicidad, como la alegría. Solo un 10% corresponde a factores externos y el 40% restante es el resultado de la intencionalidad del individuo; es decir, de todo aquello que las personas hacen conscientemente y con la finalidad de agregar bienestar a su vida. Solo que los niveles de alegría, o la sensación de sentirnos felices es siempre muy transitoria ya que, según la Dra. Lyubomirsky la psicología humana tiende a la adaptación hedonista, que hace que nos acostumbremos rápidamente a las cosas positivas, perdiendo éstas su poder de hacernos felices.

Lo que la psicología llama la adaptación hedonista explica claramente la incesante búsqueda por la felicidad; nos revela ese hueco espiritual que yace vacío en el corazón del ser humano y que pareciera imposible de llenar. Cómo hacer de la felicidad un estado permanente si su carácter es tan efímero. Cómo es posible vivir más allá de las emociones transitorias y convertir la alegría en un estado interior que nos haga ver el mundo y nuestra vida a través de un cristal colorido.

Quizá la respuesta se encuentra en la intencionalidad de cultivar valores que trasciendan la volatilidad de las emociones, capacitándonos para comprender que todas las experiencias vívidas pueden convertirse en propulsoras de un carácter sólido, estable, seguro y gozoso. Como lo expresa el apóstol Pablo cuando le escribe a la iglesia de los Filipenses (4): “Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: ¡Regocijaos!” RVR. La versión Dios habla Hoy dice: “Alégrense siempre en el Señor. Repito: ¡Alégrense!” A continuación pareciera darnos una receta, la cual ha sido descubierta por pocos, para que ese imperativo de estar siempre gozosos o alegres tenga lugar en nuestra vida.

Primero, el apóstol Pablo expresa que debemos desarrollar la gentileza como parte de nuestro carácter. Sin duda, un ejercicio de la urbanidad que produce en quien lo practica una sensación constante de bienestar. El que es amable y bondadoso con sus semejantes, generalmente cosecha muchas sonrisas, gratitud, la cual produce un estado de bienestar.

Segundo, el verso 6: “Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias”. RVR. O como lo dice la versión Dios habla hoy: “No se aflijan por nada”. En otras palabras, no estén ansiosos por nada y no se entristezcan. Dos caras de una recomendación que pareciera imposible de llevar a cabo. No obstante, a medida que se practica con intencionalidad se va haciendo cada vez más sólida en nuestro carácter, a la vez que nos conduce a profundizar nuestra relación con Dios.

Es maravilloso darnos cuenta que algo de lo que se habla tanto hoy en día en el campo de la investigación psicológica, como la gratitud, ya era parte del pensamiento práctico del apóstol Pablo. Además, Pablo nos explica cómo esa acción trae como consecuencia que podamos experimentar la paz de Dios, la cual es literalmente, imposible de comprender: “Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús”.

Tercero, el apóstol nos invita a la práctica de un ejercicio mental: “Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad”. Sin lugar a dudas, los mejores profesionales de la salud mental del siglo XXI estarán de acuerdo con este hombre de Dios. Y recordemos que esto es parte de sus consejos para estar alegres.

La alegría está enlazada intrínsecamente con la actitud del corazón; va más allá de la algarabía externa que puede ocasionar un evento trascendente de la vida. Todas las celebraciones, por más prolongadas que sean, terminan siendo breves. Aunque la sumatoria de todos esos momentos de celebraciones pueden traernos memorias de alegrías que nos hacen sentir felices; la fiesta no es la alegría, la alegría es la consecuencia de la actitud de gratitud y entrega ante Dios.

La alegría nos da alas para volar en el cielo de la vida, tanto si tenemos un día soleado como si es un día lluvioso.

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ungió el Señor; me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos…a ordenar que a los afligidos se les dé belleza en lugar de ceniza, óleo de gozo en lugar de luto, manto de alegría en lugar del espíritu angustiado”… Isaías 61:1-3.

Rosalía Moros de Borregales.

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