En memoria de mi madre Rosilda Martín de Moros-Ghersi.

1927-2023.

De una manera misteriosa los seres humanos somos copartícipes en el proceso de creación. Dios le dio al hombre y a la mujer la capacidad de reproducirse creando desde sus propias entrañas un nuevo ser. La mujer es el nido escogido por el Creador para albergar y alimentar al hijo durante las diferentes etapas de la embriología de Dios. Este proceso creativo trasciende lo corporal para convertirse también en un proceso del alma; así como se van entretejiendo las células para formar órganos y sistemas, de la misma manera los sentimientos se van enlazando con ese pequeño ser tan desconocido hasta ese momento, pero al mismo tiempo, tan amado.

 Y es desde allí, desde que el hijo forma parte de su corporalidad, que la madre comienza a custodiar su vida con la suya propia. Al salir del refugio tibio del vientre, sus pechos abrigan a ese ser que por más o menos nueve meses ha formado parte de su cuerpo y de su ser entero; el miedo al ambiente desconocido se desvanece cuando sus pequeños oídos reconocen la primera música que lo deleitó y acompañó en el recorrido de esos nueve meses. ¡El latido del corazón de la madre lo calma! Más tarde, ese corazón de madre seguirá latiendo por su hijo a cada paso de su desarrollo como ser humano. Sin importar las distancias, en el querer o en el desapego, el corazón de la madre siempre alcanzará al hijo con una plegaria de su alma.

 Si recorremos los caminos más hermosos y coronamos nuestras vidas de estrellas; o si nos hundimos en los abismos y comemos los frutos amargos de la tierra, en cada situación el corazón de nuestra madre siempre estará con nosotros. Si hablamos con ella conocerá nuestras angustias, pero si callamos, en lo más profundo de su ser, su alma inquieta también lo sabrá. En nuestra presencia sus ojos leen el mensaje de nuestra mirada; se goza con nuestra alegría y sufre con nuestro dolor. Si estamos lejos nos percibe en su interior; nos llora calladamente, o una sonrisa ilumina su rostro recordando nuestro amor.

 Ella siempre sabrá guardarnos bajo la protección del Creador. Una y otra vez velará por nuestra vida, como lo hacía en las noches cuando la fiebre quemaba nuestra piel. Al amanecer, cuando ocupados en los quehaceres del día, nuestros pensamientos lejos de ella estén, su mirada se elevará al Cielo para encomendarnos al Creador. Y en el ocaso, antes de que su cuerpo cansado consiga el merecido descanso, de nuevo su voz, como un susurro, llegará a los oídos del Señor para cuidarte la vida; porque ella fue la primera en abrazarte al llegar a esta vida y aunque algún día su luz en este mundo se apague, ella siempre será la estrella que brillará en tus noches.

«Madre mía, tus alas se extienden para albergarnos a todos en tu pecho.
En tu corazón cabe un hijo, caben dos, cabemos todos los hijos
a los que la Providencia amamantó de tu seno.
Tu luz ha iluminado nuestros caminos,
has sido lámpara en nuestra oscuridad.
El agua de tu manantial ha saciado nuestra sed.
¡En el desierto de la vida tú has sido el oasis del amor!”

Mami, siempre estarás en mi corazón.

Rosalía Moros de Borregales.

 

 

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