Disfruto contemplar la hermosa montaña que se levanta como un guardián en nuestra ciudad. Su imagen me expresa fortaleza, seguridad, permanencia. Con mi mirada absorta en su grandeza, muchos pensamientos inquietos cabalgan en mi mente, como caballos impetuosos que recorren la sabana que van haciendo gala de su libertad. Esa libertad que en muchos ámbitos de nuestras vidas hemos visto coaccionada, pero que en nuestro ser interior está intacta, que nos impulsa como un caudaloso río que busca su cauce y despliega toda su potencia en una gran cascada.

Entonces, recuerdo la historia que me fue contada acerca de una mujer de 40 años que fue sometida a una cirugía de revascularización cardíaca. La joven mujer tenía una obstrucción de sus arterias coronarias. El cirujano experto había reparado minuciosamente los vasos sanguíneos para que la sangre fluyera  libremente. Todo un equipo especializado en el órgano vital, manos con la experticia y la pericia de la dedicación de toda una vida profesional. Una vez terminada la cirugía se esperaba que al restablecerse el flujo sanguíneo el corazón de aquella mujer comenzara a latir de nuevo, pero no sucedió así.

El siguiente paso en la estrategia de esta cirugía era administrar ciertos medicamentos que harían que el corazón comenzara a latir de nuevo, pero esta vez tampoco hubo latido. Al ver que todos los recursos médicos se habían agotado, como dándole un lugar a la esperanza, el cirujano se le acercó al oído de la paciente susurrándole: _Dile a tu corazón que lata de nuevo. Como por un milagro, mientras el experto en el corazón se incorporaba, escuchó, como música a sus oídos, el maravilloso latido del pecho de aquella mujer: bum, bum, bum.

Al escuchar esta historia no solo quedé maravillada debido al hecho de que aquel corazón volviera a latir, sino por el acto tan valiente de esperanza que demostró aquel cirujano, quien habiendo agotado todos los recursos de la ciencia apeló al ser intangible, al corazón del alma. Pienso que cuando se posee la virtud de la esperanza, el corazón encuentra paz en medio de la adversidad. La fe alimenta el pensamiento para vencer los obstáculos, para esperar siempre un final bendito, aunque no se parezca al que fabricamos en nuestra mente. Porque el concepto de esperanza no se asemeja a esa pintura abstracta cuyo mensaje se nos hace imposible descifrar.

Por el contrario, las esperanza nos delinea la certeza en nuestro ser interior, nos produce esa sensación serena de confianza, de seguridad que nos revela un futuro siempre prometedor. El apóstol Pablo la describió como “la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento”. Filpenses 4:7. En el mundo somos prisioneros de las preocupaciones, de la duda, del miedo, de la mentira y de la incertidumbre, los cuales se traducen en angustia. La angustia es un intruso real que va ganando terreno en nuestro ser lentamente, esclavizándonos a una vida de tristeza, de frustraciones convertidas en amarguras que se extienden cual raíces en nuestra mente y nublan nuestro horizonte.

Sin embargo, cuando nos apoyamos en la esperanza, cuando elevamos nuestro corazón a Dios, el verbo esperar adquiere otra dimensión: Nos insta a perseverar en la visión que tenemos del futuro, nos permite conocer nuestras posibilidades y trabajar en ellas. La esperanza nos capacita para mirar más allá de nuestras limitaciones, para no hacer de nuestra imposibilidad una muralla sinuosa puerta abierta para convertir la incertidumbre en una expectativa que hace latir nuestro corazón.

Nos da la oportunidad de ver el poder sobrenatural obrando donde nuestra humanidad no alcanza. La esperanza del hombre cuya vida se fundamenta en los principios cristianos, le permite saber que la imposibilidad del hombre es la oportunidad de Dios para hacer Sus milagros. Sabiendo que el primero y más importante de todos los milagros es el que se lleva a cabo en nuestro corazón, el que nos permite ver la luz en medio de la oscuridad; saber que el juicio y el perdón vienen del Altísimo, de cuya mano nadie podrá escapar.

Cada día se nos presenta como un desafío ante el cual es necesario desplegar todas las fuerzas de nuestro corazón. Aunque los fundamentos de nuestra sociedad parecieran desvanecerse, es imperativo que sigamos en la construcción de nuestras vidas. Aunque, en algunas ocasiones, el corazón pareciera rehusarse a continuar latiendo, es menester que con la valentía del que abriga la esperanza, seas capaz de susurrarle con paz pero con firmeza: “Late de nuevo”.

Cada día se nos presenta como un nuevo reto para impulsar al corazón a continuar con el latido imprescindible para la vida. Cada día es una oportunidad más para escuchar esa voz que le susurra al oído: _ Dile a tu corazón que lata de nuevo. Es nuestra decisión perseverar en cumplir el propósito para el cual se nos ha brindado la vida. Cuando tomamos esta decisión el flujo del torrente sanguíneo lleva hasta los lugares más recónditos del alma entristecida el oxígeno de la vida; entonces, somos capaces de comprender en nuestra humanidad el Amor de Dios, en quien todo es posible.

El no ha olvidado ninguno de tus sueños, cada una de tus oraciones han subido hasta El como un grato perfume; las lágrimas que has derramado han sido guardadas en el cofre de sus joyas. Sólo Él transforma el dolor en un diamante. Tu corazón ha sido provisto con talentos invalorables, no permitas que la obstrucción te paralice. Dile a tu corazón que lata de nuevo, que aún hay mucho más por hacer, mucho más tiempo para experimentar el latir imprescindible de la vida.

¡No le sueltes la mano a la esperanza, tomate de la mano de Dios!

“Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de ustedes, dice el Señor, pensamientos de paz, y no de mal, para darles el fin que esperan”.

Jeremías 29:11.

Rosalía Moros de Borregales.

 

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