Las huellas de la amistad.

En el curso de nuestras vidas podemos llegar a hacer contacto con cientos de personas, en el camino podemos ver pasar a miles a nuestro alrededor. Nuestras decisiones afectan directa e indirectamente a muchos más de lo que podemos imaginar. A su vez, somos influenciados de diversas maneras por el proceder de otros. En fin, el mundo es un interactuar constante de seres humanos que se teje increíblemente como una red sin límites; sin embargo, en todos esos azarosos encuentros solo unos pocos dejan huellas de bien en nuestras almas.

Al indagar en el origen de las palabras «amigo» y «amistad» encontramos diversos puntos de vista. Por una parte, hay quienes afirman que la palabra «amigo» proviene del latín amicus y que ésta a su vez proviene de la palabra amore. Entonces, podríamos deducir que Amicus es aquel que ejecuta la acción de amar. Los vocablos latinos amore y amar provienen de la raíz indoeuropea amma, la cual es la voz infantil para llamar a la madre. Por otra parte, hay otros que afirman que la etimología de la palabra amigo proviene de un vocablo griego compuesto por “a” que significa «sin» y ego que significa «yo», es decir, «sin yo». También, hay una otra opinión, un poco menos aceptada, pero muy interesante que expresa que proviene de animi, el vocablo latino para llamar al «alma» y “custos” de donde proviene la palabra «custodia». Según esta opinión, un amigo sería el «custodio de tu alma».

Más allá de cual sea el origen verdadero de esta palabra, todas estás posibilidades nos expresan la esencia de su significado. El primer amigo que tenemos al llegar al mundo es nuestra madre, ella es la primera en amarnos sin el “ego”. Aun desde antes de nacer, la madre se convierte en la guardiana del alma, de la vida, de aquel nuevo ser. También un padre amante se convierte en el amigo que ilumina el camino, en el refugio para hallar sosiego ante el miedo de vivir.

Dentro de nuestro núcleo familiar cultivamos una de las amistades con los lazos más profundos de nuestra existencia; los hermanos pueden llegar a ser los amigos para toda la vida. Muchas veces los primos también se convierten en esos seres que cautivan nuestras almas a través de su amor, que nos conquistan para siempre a través de todas las experiencias de convivencia. Sin embargo, muchas veces, los verdaderos y grandes amigos los encontramos caminando por la vida. Nuestras almas se enlazan en un vínculo que puede llegar a ser indestructible e inolvidable.

Saber que podemos contar con alguien en todo tiempo, que tenemos un refugio a donde acudir en momentos de angustia, alguien con quien compartir nuestras alegrías es algo sencillamente maravilloso. No obstante, en el mundo actual nos caracterizamos por conocer a mucha gente, no por  tener muchos amigos. La prisa con la que vivimos no nos permite profundizar en las relaciones interpersonales; nos imponemos infinidad de actividades en las que el trato entre las personas se mantiene a nivel de la superficie; en consecuencia, reconocemos rostros pero muy pocas veces llegamos a conocer corazones. Juzgamos por las apariencias, raras veces llegamos al alma detrás de nuestro juicio.

Muchos, a lo largo de la historia han exaltado la amistad. Resalto a algunos que me han sorprendido con sus expresiones ricas en sentimientos nobles, expresiones llenas de virtud: El español Ortega y Gasset dijo: “Una amistad delicadamente cincelada, cuidada como se cuida una obra de arte, es la cima del universo”. San Ambrosio expresó, en su tratado sobre los diáconos: “Ciertamente consuela mucho en esta vida tener un amigo a quien abrir el corazón, desvelar la propia intimidad y manifestar las penas del alma; alivia mucho tener un amigo fiel que se alegre contigo en la prosperidad, comparta tu dolor en la adversidad y te sostenga en los momentos difíciles”. En lo que respecta a San Agustín, fue preciso y claro: «Todo es odioso para el hombre si no tiene amigos”. Por otra parte, Cicerón lo expresó de esta manera: ¿De qué serviría la prosperidad, si uno no la comparte con los amigos?

La amistad se encuentra entre los valores más apreciados por Jesús. A través de su amistad con los hombres que escogió para cumplir su ministerio en la Tierra, nos demuestra su naturaleza profundamente humana. En los evangelios se evidencia claramente que Jesús tuvo una amistad más profunda con algunos de ellos. Sin embargo, cuando se le acercaba la hora de su muerte, tratando de instruirlos en lo que vendría después, les expresó claramente que ellos eran sus amigos, porque todo lo que había recibido de su Padre, se los había dado a conocer. “Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre os las he dado a conocer”. Juan 15:15.

Este pasaje nos revela la amistad como el compartir de lo más preciado, del amor que nos otorga el ser amado, el Padre. Jesús no calló los deseos del corazón de su Padre; él le dio a conocer a sus amigos cada una de las enseñanzas que el Padre le había revelado. Como expresa San Agustín en uno de sus tratados, precisamente, sobre el evangelio de San Juan:»Nuestro amor mutuo ha de ser tal, que procuremos por los medios a nuestro alcance atraernos mutuamente por la solicitud del amor, para tener a Dios con nosotros. Este amor nos lo da el mismo que dice: ‘Cómo yo os he amado, para que así vosotros os améis recíprocamente’. Por esto El nos amó, para que nos amásemos mutuamente, concediéndonos a nosotros, por su amor, el poder estrechar con el amor mutuo nuestro lazo de unión; y así enlazados los miembros con un vínculo tan dulce, seamos el cuerpo de tan excelsa Cabeza”.

Así como se marcan las huellas de nuestros pies al pisar la arena en la playa, de la misma manera la amistad es capaz de grabar en nuestro ser interior huellas que delinean en nosotros el amor, la confianza y la generosidad. Huellas que evocan recuerdos de experiencias que nutren la vida, que la alegran y la exaltan. Cuando hemos tenido aunque sea un verdadero amigo, nuestra alma lo reconoce, espontáneamente nos conduce a la renuncia al egoísmo, pues el compartir eleva el sentimiento de plenitud que conlleva la amistad.

Tengo guindado arriba de mi escritorio un cuadrito que me regaló el mejor amigo que me ha dado Dios en la vida, mi esposo. En él están escritos algunos pensamientos de Eleonor Roosevelt, los cuales nos dan claves para ser un verdadero amigo y reconocer a los nuestros:

«Las grandes mentes discuten ideas; las mentes comunes discuten acontecimientos; las mentes pequeñas discuten sobre la gente. Para lidiar contigo mismo usa la cabeza; para lidiar con otros usa tu corazón. Mucha gente entrará y saldrá de tu vida pero solo los verdaderos amigos dejarán huellas en tu corazón».

Rosalía Moros de Borregales.

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