En la vida de todos hay días en los que el entusiasmo nos levanta de la cama, nos sentimos contentos, llenos de energía, dispuestos a hacer nuestro trabajo, ilusionados ante nuevos retos; en fin, con el corazón rebosante de los más nobles sentimientos. Hay otros días en los que al llegar la mañana nos sentimos asombrados de lo rápida que fue la noche, como si hace tan solo un rato nos hubiéramos acostado. Esos días en los que parece que hubiéramos recorrido largas distancias a pie; nos sentimos pesados, cansados, como si nuestras fuerzas hubieran menguado; pero, sobre todo nos sentimos desalentados, a punto de desmayar.

Los lingüistas estudiosos de la lengua castellana aseveran que la palabra desmayar viene del francés antiguo “esmaiier” que significa desfallecer. Al mismo tiempo, esta palabra francesa proviene del latín vulgar “exmagare” que significa literalmente, privar de fuerzas. Son muchos los factores que hoy en día nos privan de fuerza. Los hechos de injusticia que ocurren ante los ojos de nuestra nación, ante la venia del mundo entero. Hechos que simplemente pasan desapercibidos o son negados, distorsionados para recibir impunidad.

El largo camino recorrido por la esperanza, mientras aun el túnel permanece oscuro, con apenas algunos destellos de luz que son tragados por la voracidad de las tinieblas. El irrespeto al honor de nuestro gentilicio, tratado como un objeto al que pone precio el mejor postor. Los cientos de rostros inocentes atados a las cadenas subyugantes de la pobreza, al lado de la riqueza absurda que no se compadece de los sufrimientos ajenos. Las riquezas de una nación entera que se convirtieron en el botín de unos cuantos, cuya única conquista ha sido la miseria.

Son muchos los factores que, por momentos, se sienten como sendas rocas colocadas sobre nuestros hombros; pero, no queremos fijar nuestra mirada en los hechos perversos que transcurren en la vida nacional, en la mentira que pareciera el único lenguaje que les es conocido. Por el contrario, queremos levantar nuestra mirada al horizonte y exclamar como el salmista: “Alzaré mis ojos a los montes. ¿De dónde vendrá mi socorro? Mi socorro viene del SEÑOR, que hizo los cielos y la tierra. No permitirá que tu pie resbale, ni se adormecerá el que te guarda”. Salmo 121:1-3.

Porque nuestras fuerzas están desgastadas, nuestro ánimo desfallece, nuestras almas se hacen cautivas del desaliento, pero no por mucho tiempo; pues, hemos conocido la benevolencia del Supremo; hemos corroborado su amor que nos espera, su fuerza que se potencia en aquellos que lo buscan en una oración cuando el corazón desmaya: “Escucha, oh Dios, mi clamor; atiende a mi oración. Desde el extremo de la tierra clamaré a ti cuando mi corazón desmaye. Llévame a la roca que es más alta que yoporque tú me has sido refugio y torre fortificada delante del enemigo”. Salmo 61:1-3.

En el camino de nuestra humanidad hay siempre un refugio, un lugar al cual podemos volver. Y digo volver, porque de allí partimos un día. La palabra refugio, del latín “refugium”, es el lugar de protección al que vamos, volviendo atrás. Del verbo “refugere” que significa huir en retroceso y el sufijo “ium” que expresa efecto o resultado. De lo cual deducimos, que solo necesitamos la fuerza para tomar la decisión de volver a los brazos de Dios, el refugio de nuestra existencia, el lugar seguro para nuestras almas. El lugar donde podemos sentarnos a la mesa para comer y beber del pan y del agua de vida. Un refugio hermosamente expresado en el Cantar de los cantares 2:3-5 “Bajo la sombra del deseado me senté, y su fruto fue dulce a mi paladar. Me llevó a la casa del banquete, y su bandera sobre mí fue amor”.

La bandera de Dios sobre nuestras vidas es Amor, es su Amor magnificado en la cruz. Nuestra humanidad nos hace concentrarnos en lo que está frente a nuestros ojos. Nuestra mente persevera en lo que constantemente escuchamos. Toda la maldad a nuestro alrededor pareciera convertirse en un peso colocado en el tobillo, el cual nos ancla a la desesperanza. Sin embargo, esa misma humanidad, vivida por Cristo, nos garantiza su comprensión, nos garantiza nuestra restitución. Esa humanidad que sufrió lo indecible, está allí para ser nuestro refugio. Por lo que el autor del libro de los Hebreos (12:3) nos insta: “Considerad a aquel que sufrió tal hostilidad de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar”.

Muchas veces vemos lo momentáneo como si fuera lo definitivo. Le damos carácter de permanencia a las cosas más efímeras de la vida. Pensamos que mejor es la vida del corrupto que la del que se gana el pan con el sudor de su frente, olvidando que: “El Señor está en su santo templo, el trono del Señor está en los cielos; sus ojos contemplan, sus párpados examinan a los hijos de los hombres. El Señor prueba al justo y al impío, y su alma aborrece al que ama la violencia”. Salmo 11:4-5. Porque Dios ha sido muy claro, su verdad está expresada, la humanidad entera ha tenido acceso a sus pensamientos. Es el libro traducido a más lenguas y el más publicado.

En este libro también encontramos la receta de nuestro Señor Jesucristo contra el desánimo, el desaliento y el desmayo. Nos relata el apóstol Lucas, el médico amado, que Jesús les contó la parábola de la viuda y del juez malo, para hacerles ver la necesidad de orar en todo tiempo para no desmayar. Dice la parábola que en una ciudad había un juez malo que ni temía a Dios, ni respetaba al hombre (como muchos hoy en día). También había en aquella ciudad una viuda que constantemente venía delante del juez y le pedía que le hiciera justicia de su adversario. El juez malo se rehusaba a hacer lo que le correspondía, pero después de darse cuenta de la persistencia de la viuda, decidió hacerle justicia a fin de que no lo molestara más. Entonces, Jesús les dijo a los presentes: “Si el juez injusto hizo esto. ¿No hará Dios justicia a sus escogidos que claman a él de día y de noche? ¿Les hará esperar? Les digo que los defenderá pronto. Sin embargo, cuando venga el Hijo del Hombre ¿hallará fe en la tierra?”. Lucas 18:6-8.

La oración ferviente y constante nos acerca a Dios. Cuando oramos nuestra fe se acrecienta. Cuando convertimos a Dios en nuestro refugio, cuando volvemos a las manos de nuestro Creador, entonces nuestras almas encuentran en Él la fuerza para no desfallecer. He aquí sus palabras hoy para todos los que se sienten desmayar:

“No temas, porque yo estoy contigo;
no te desalientes, porque yo soy tu Dios.
Te fortaleceré, ciertamente te ayudaré,
sí, te sostendré con la diestra de mi justicia. 

He aquí, todos los que se enojan contra ti serán avergonzados y humillados;
los que contienden contigo serán como nada y perecerán.

Buscarás a los que riñen contigo, pero no los hallarás;
serán como nada, como si no existieran, los que te hacen guerra.

Porque yo soy el Señor tu Dios, que sostiene tu diestra,
que te dice: “No temas, yo te ayudaré”.

Isaías 41:10-13.

Rosalia Moros de Borregales.

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