Dedicado a mis hijos Leonardo e Isabel.

Un hijo es la obra que trasciende a cualquier otra que podamos lograr en esta Tierra. Dos hijos son el éxtasis de nuestra capacidad creadora, todos los hijos con los que la Providencia ha llenado cada nido constituyen la misión más excelsa y sublime que se nos ha encomendado como seres humanos. Todos los eventos que toman lugar en la vida y en el cuerpo para la procreación y el nacimiento de un bebé constituyen unos de los misterios más fascinantes de la existencia.

Dios ha provisto al ser humano su espíritu creador, ha puesto en el hombre y en la mujer las semillas de la vida. El amor entre ellos tiene la capacidad de entretejer un nuevo ser desde sus propias entrañas. Son millones los diferentes procesos que se llevarán a cabo más tarde en el cuerpo de la mujer para darle forma, color y espíritu a ese nuevo ser. Cada abrazo, cada beso, cada vez que el bebé es capaz de escuchar las voces de sus progenitores, se van añadiendo a su tejido espiritual rasgos de lo que será el alma de ese pequeño cuerpo, la personalidad con todos sus atributos.

Desde el primer momento en que nos enteramos de la noticia de la concepción comenzamos a amar a nuestro hijo y, de la misma manera, que su desarrollo en el vientre de mamá es un genial e intrincado proceso, así el amor por nuestro bebé se va haciendo cada vez más profundo, más complejo, más real; sin embargo, es solo hasta que la mujer da a luz que podemos palpar y conocer el verdadero rostro del amor. La mujer da a luz a su hijo. Hasta ese día el bebé ha estado guardado en el vientre cálido y oscuro de mamá; pero, ella con su potencia lo saca del refugio tibio de su vientre para traerlo a la vida, donde lo guardará para siempre en el refugio tibio de su corazón.

Como lo expresara con una belleza muy singular Tomás Polanco Alcántara refiriéndose a la belleza de nuestra lengua castellana para expresar ciertos aspectos fundamentales de la existencia humana: “La mujer dio a luz. No hay locución similar en otros idiomas. El verbo «dar», con significado de entrega. La preposición «a», como indicación de destino. El nombre «luz», sinónimo de vida, de existir. La madre «dio a luz», es decir, entregó lo que ella había creado en sus entrañas a la existencia, a la vida que simboliza la luz».

Una expresión que trasciende el momento preciso del parto extendiéndose a la historia de vida de cada ser humano. La madre da a luz al hijo y cada hijo se convierte en la luz de los ojos de los padres; de ambos, porque el hombre que ama da a luz con su esposa. Él lleva en su corazón la inmensa carga por la vida de ella y la de su bebé. Ella ejecuta la fuerza para sacar al bebé a la luz de la vida y el padre se convierte en el atalaya de su camino, en el dador de toda clase de bien.

La mujer dio a luz, una nueva vida comienza en esta Tierra. En el principio todo estaba oscuro y Dios dijo: Hágase la luz y la luz fue hecha; la luz fue el comienzo, el origen de la creación; así como el dar a luz es un nuevo comienzo, es el origen de la vida gestada en el refugio del vientre materno para extenderse con las alas de la vida fuera de él. La luz de la aurora disipa las tinieblas de la noche y da origen a un nuevo día. La madre da a luz, el rostro de su bebé desvanece la fuerza del sufrimiento del parto para convertirse en la fuerza que impulsará su propia vida, cada día.

La mujer da a luz, con este acto se hace protagonista de la felicidad, cuando el niño abandona el vientre la encuentra plena entre risas y lágrimas, entre el dolor y la alegría. Ella no puede expresar con palabras el gozo que le expande el corazón, que le aprieta el pecho. Es una experiencia que marca su vida, que origina un cambio para siempre. Ha dado a luz, la luz que ahora alumbra sus pensamientos mostrándole lo realmente importante y trascendente de la vida.

Cuando medito en el acto de dar a luz pienso que la mujer trae a su hijo a la luz de la vida y al mismo tiempo su hijo es luz para la humanidad.  Entonces, me convenzo que no podría haber otra forma de manifestación más grande del amor de Dios para con el mundo, que el haber dado a su unigénito hijo por cada uno de nosotros, porque Jesús es la luz del mundo. Cuando medito en el acto de dar a luz recuerdo al apóstol Juan cuando nos dice: “En él (en Jesucristo) estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella”.

Cuando gestas y das a luz un hijo Dios te ha invitado a participar con Él en su obra creadora. El, en su infinito amor te lo ha dado como un libro con páginas en blanco, para que tu mano de poeta escritor lo impregne con la tinta de la vida. El, en su gran bondad te ha dado un lienzo en blanco para que con tu pincel de artista creador lo ilumines con los colores del arco iris de los cielos. Cuando Dios te da un hijo te da el mapa del camino de tu vida. Cuando Dios te da un hijo tu corazón se expande como el universo. Cuando Dios te da un hijo enciende nuevas luces en tu cerebro. Cuando Dios te da un hijo levanta la bandera de su amor sobre tu cabeza. Cuando Dios te concede un hijo, ha alumbrado con la luz de su rostro tu vida.

“Los hijos son una herencia del Señor, el fruto del vientre es una recompensa del Altísimo. Como flechas en las manos del guerrero, así son los hijos tenidos en la juventud”. Salmo 127:3-4.

Rosalía Moros de Borregales.


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