Con el corazón, con el alma y con la mente.

Cuando comenzamos a profundizar en los evangelios vamos cada vez más acercándonos al Padre. Pues, al conocer la obra del Hijo comprendemos la belleza del carácter del Padre. Y es también a través de Jesucristo que llegamos a tener verdadero acceso al Padre. Jesús lo dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Solamente por mí se puede llegar al Padre”. El es el único camino que nos conduce a Dios.

Una vez un grupo de religiosos judíos trataban de encontrar alguna falta en Jesús, entonces uno de ellos le preguntó: _Maestro, ¿cuál es el mandamiento más importante en la ley de Moisés? (Mateo 22:46).

A lo que Jesús le respondió: “Debes amar a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el primero y el más grande mandamiento de todos los mandamientos”.

Con todo el CORAZÓN: El corazón se refiere a la vida misma. Amar a Dios con la vida que El nos ha concedido sobre esta Tierra. La palabra corazón proviene del latín “cor” y se refiere al centro del ser humano, al lugar de donde mana la vida: “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida“ (Prov. 4:23) Porque allí se encuentra el órgano vital que bombea la sangre, la cual contiene la vida y la impulsa para que circule por todos los tejidos del cuerpo. El corazón es la fuente de la vida misma y lo que allí guardamos impregna lo que hablamos, lo que sentimos y lo que hacemos. Cuando hablamos desde el corazón, hablamos la verdad, desnudando nuestros sentimientos. Cuando nos ponemos la mano en el corazón expresamos compromiso; a través de este gesto estamos dándole significado de entrega y fidelidad a la persona o asunto que estamos tratando.

El corazón conoce sus razones que muchas veces son contrarias a las razones de la mente. Porque en el corazón están anidadas las intenciones que mueven al ser humano. La mente justifica las acciones, el corazón conoce su verdadera procedencia, el motivo central de su intención. El salmista, conociendo esta verdad eleva a Dios esta oración: “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón. Pruébame y conoce mis pensamientos.Y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno”. (Salmo 139:23-24).

Con toda tu ALMA: En el lenguaje original del evangelio el alma se refiere a las emociones y a los sentimientos del ser humano. El alma es el asiento de nuestras emociones, el lugar donde se llevan a cabo las batallas de esas emociones contrapuestas que constantemente influyen nuestros pensamientos y secuestran nuestras acciones para convertirlas en reacciones. El alma encuentra sosiego de las demandas de la vida en Dios. No en vano leemos una y otra vez expresiones del alma en busca del auxilio del Altísimo: “Oh Dios, tú eres mi Dios; yo te busco intensamente. Mi almatiene sed de ti; todo mi ser te anhela, cual tierra seca, extenuada y sedienta”. Salmo 63:1. De nuevo: “Solo en Dios halla descanso mi alma; de él viene mi salvación”. Salmo 62:1. Y otra vez: “¿Por qué te abates, oh alma mía, Y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios; porque aún he de alabarle, Salvación mía y Dios mío.” Salmo 42:11.

En el alma sentimos la ansiedad y en el alma Dios nos provee el sosiego. En el alma nos llenamos de angustia y allí la paz de Dios puede inundarnos. El miedo aprieta nuestra alma y el amor de Dios la abraza con seguridad. El profeta Isaías describe  hermosamente todo lo que Jesús vino a hacer en el alma de cada ser humano así: “El Espíritu del SEÑOR está sobre mí, porque me ungió el SEÑOR ; me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos, y a los presos apertura de la cárcel; a proclamar el año de la buena voluntad del SEÑOR, y el día de venganza del Dios nuestro; a consolar a todos los enlutados; a ordenar que a los afligidos de Sion se les dé belleza en lugar de ceniza, óleo de gozo en lugar de luto, manto de alegría en lugar del espíritu angustiado; y serán llamados árboles de justicia, plantío del SEÑOR para gloria suya.” (Isaías 61:1-3).

Con toda la MENTE: Dios no quiere que vivamos una vida guiada por las emociones, desvinculada de nuestro intelecto. Sin embargo, es imposible para el ser humano entregarse a Dios desde la mente adaptada al pensamiento del mundo. El apóstol Pablo nos insta a renovar nuestra mente: “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta”. (Romanos 12:2). Cuando renovamos nuestra mente por medio de la comunión con Dios, entonces somos capaces de comprobar Su voluntad y someter la fuerza de nuestra voluntad a Él.

Nuestra mente no renovada se encuentra abarrotada de pensamientos que se suceden uno tras otro y no nos permiten avanzar hacia la luz del Señor, como el caos de un embotellamiento donde cada vehículo se encuentra atrapado por el que le precede y el que le sigue, sin salida. Cuando perseveramos en Dios en nuestro pensamiento, cuando enfocamos nuestra mente en su Palabra podemos experimentar la paz de Cristo que trasciende todo nuestro entendimiento: “No se inquieten por nada; más bien, en toda ocasión, con oración y ruego, presenten sus peticiones a Dios y denle gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, cuidará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús”. (Filipenses 4:6-7).

El corazón se refiere al centro del ser humano; el alma se refiere al asiento de nuestras emociones y sentimientos y la mente a nuestro intelecto, nuestra determinación y la fuerza de nuestra voluntad que nos mueve. De tal manera que nuestro amor por Dios debe ser con nuestra vida entera, con el sentimiento más profundo de nuestra alma y la fuerza de nuestra voluntad.

“Escucha, Israel (tu): El Señor nuestro Dios es el único Señor. Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas.” Deuteronomio 6:4-5.

Rosalía Moros de Borregales.

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