Con motivo de la celebración del día del Padre, me sentí inspirada a hacer una introspección sobre mi relación con Dios-Padre, cómo lo veo y cómo lo siento en mi interior. Me di cuenta que la relación con nuestro padre-terrenal determina en gran manera cómo nos sentimos con Dios. Una vez leí de un hombre dedicado a la vida espiritual que el papá es quien despierta en el niño el amor o el rechazo hacia Dios. En mi caso, pienso que tuve la gran bendición del tener un papá que inculcó en mí esa relación natural, bonita y sencilla con nuestro Padre celestial. Sin embargo, me di cuenta también que de la misma manera que he pensado acerca de lo exigente y estricto que fue papá, de esa manera también, en ocasiones me he sentido con mi Padre celestial.

Entonces, recordé el pasaje que relata el evangelio de Juan en el que Felipe le pide a Jesús que les muestre al Padre (Juan 14:8-10). Y Jesús le responde que quien lo ha visto a él ha visto al Padre. Además, en el versículo 10 Jesús le dice a Felipe: “¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí? Las palabras que yo les hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras”. Al releer este pasaje pensé que así como un hijo puede trasmitir en su vida todo lo que aprende de sus padres, de la misma manera Jesús era la imagen del Padre trasmitiendo todo lo que recibía de El.

Por esta razón, cada vez que leemos las historias de las obras de Jesús, sus respuestas, sus gestos, su manera de conducirse en los diferentes escenarios en los que llevó a cabo sus obras, estamos viendo el carácter mismo del Padre nuestro, de ese a quien dirigió su oración una vez que los discípulos le pidieron que los enseñara a orar; de ese a quien se dirigió en cada una de sus oraciones para sanar, para liberar, para resucitar a Lázaro, para multiplicar los panes y los peces. También de ese que una y otra vez dio lecciones de vida a través de sus parábolas. Al recibir a Jesús estamos abriéndole el corazón al Padre. Al conocer cada vez más profundamente a Jesús estamos conociendo cada vez más quién es el Padre. Todo su amor y bondad para con su obra maestra, el ser humano.

El famoso verso del evangelio de Juan, capítulo 3, verso 16 nos recuerda la manera en la que Dios amó y ama al mundo: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo Unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, sino que tenga vida eterna”. También nos recuerda a través del apóstol Pablo en Romanos que el don de Cristo no es como la transgresión; porque si por la transgresión de uno murieron muchos, abundó mucho más, para muchos, la gracia y el don de Dios por la gracia de un hombre, Jesucristo (Rom.5:15). Así también el profeta Isaías (55:7) nos recuerde el llamado perenne y constante de Dios Padre al ser humano: “Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase al Señor, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar”.

Una de las características que más me enternecen de Cristo y por lo tanto del Padre es el amor a los niños. Aquella vez cuando algunas personas trajeron niños ante él para “pusiese las manos sobre ellos y orase” (Mateo19:13). Entonces los discípulos tuvieron la  actitud de quienes cuidan a altas personalidades tratando de alejar a esta gente para que no le causasen molestia; pero él les dijo: “Dejen que los niños vengan a mí, no se lo impidan, porque de los que son como ellos es el reino de los cielos”. Unas pocas palabras acompañadas de una actitud que nos transmitió una de las enseñanzas más profundas y hermosas de la vida. El cuidado de los niños, la prioridad que ellos deben tener en nuestra vida; la inmensa responsabilidad de parecernos a ellos, en su inocencia, en su pureza y en su bondad, porque el reino de los cielos es de aquellos cuyo corazón es genuino como el de un niño.

Una historia que me impacta enormemente, que muestra el poder de Dios, su grandeza y su magnificencia es la historia de la mujer del flujo de sangre. No fue necesaria una oración en ese momento, quizá por todas las oraciones que calladamente había hecho aquella mujer afligida por ese padecimiento crónico. Ella sabía que tan solo era necesario tocar el borde de su manto, se acercó a Jesús y poder emanó de él. Si nos acercamos a la fuente de poder, si reconocemos en primer lugar quien es El, estando cerca, buscando su presencia en oración, en el servicio a otros, en el compartir las buenas nuevas, entonces el poder de su amor emanará sobre nuestras vidas para sanarnos, para liberarnos, para limpiarnos, para guiarnos, para amarnos. Esto me recuerda las últimas palabras de mi hermana antes de morir: Mi padre me ama. Que maravilloso tener la capacidad de creer que El nos ama siempre.

Otra historia que siempre me ha impactado es la historia del centurión romano que desea la sanidad para uno de sus sirvientes. Este romano también reconoció la autoridad de Jesús; además, le expresa su fe, su absoluta certeza de que tan solo eran necesarias las palabras de su boca para que su siervo recibiera la sanidad. Y Jesús se maravilló de su fe y el siervo de aquel centurión romano recibió la sanidad. Este romano no era judío, tampoco era uno de sus seguidores, era un hombre que había reconocido la autoridad de Jesús y apeló a ella. Por cientos de años los hombres han creído que Dios está con unos de determinada religión y no con otros de otra religión.

Esta historia es otra prueba del amor del Padre sobre todos, para El no hay acepción de personas. Todos, absolutamente todos los que le buscan recibirán la luz de Su rostro sobre sus vidas. En la cruz del Calvario fue enarbolada la bandera de Su amor para siempre y seguirá ondeando sobre aquellos que le aman y honran su nombre.

“Pidan, y Dios les dará; busquen, y encontrarán; llamen a la puerta, y se les abrirá. Porque el que pide, recibe; y el que busca, encuentra; y al que llama a la puerta, se le abre. »¿Acaso alguno de ustedes sería capaz de darle a su hijo una piedra cuando le pide pan? ¿O de darle una culebra cuando le pide un pescado? Pues si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más su Padre que está en el cielo dará cosas buenas a quienes se las pidan!”  Mateo 7:7-11.

Rosalía Moros de Borregales.

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  • A
    Diana Moros.

    Excelente descripción de nuestro Amado Padre Celestial. Cuan cierto es que el carácter del Hijo representa el mismo
    carácter del padre, y es que es tan cierto que quisiéramos que muchos padres se dieran cuenta de su influencia sobre sus hijos, porque sus acciones tienen un sonido, una frecuencia más fuerte que sus palabras. El ejemplo. Que el Señor abra el entendimiento de miles de padres a través de este significativo escrito para la Gloria de Su Santo Nombre, Jesucristo.

    Diana Moros.

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