Muéstranos al padre.

Todos tenemos un padre, el origen de la vida que respiramos, una parte de la composición del ADN de cada célula de nuestro cuerpo. Todos tenemos un padre biológico, no todos un padre amoroso que los ha acompañado en el camino. Algunos nunca le conocieron, nunca le abrazaron. Otros han tenido el abrazo tierno, el techo protector, la mesa compartida, la conversación de la sobremesa con sus historias y anécdotas, la disciplina impartida, los innumerables momentos vividos; en fin, el amor incondicional de un Padre.

Refiriéndonos a la paternidad, podríamos afirmar que en nuestra sociedad podemos concebir básicamente dos grupos fundamentales: Un grupo que ha sido impactado por la presencia amorosa de un padre y otro grupo que ha sido profundamente afectado por la presencia violenta de un padre o por su ausencia. Tristemente tenemos que admitir que este último grupo se hace cada vez más grande en comparación con el primero; ya que vivimos en una sociedad cada vez con mayor tendencia a la disolución de la concepción original de la familia.

Por esta razón nos encontramos ante una realidad que afecta a un gran número de niños, adolescentes y adultos. Las consecuencias psicológicas derivadas de la ausencia del padre o de la presencia de un padre indiferente, distante y violento son devastadoras y quedan marcadas como cicatrices por el resto de la vida. La baja autoestima, la incapacidad para establecer relaciones interpersonales efectivas y duraderas, las adicciones, la ansiedad, la tristeza y la depresión generalmente tienen su origen en el sentimiento de abandono y de poco valor por sí mismo que experimentan aquellos que han sido maltratados o abandonados por su padre.

Muchos han vivido el abandono de su padre terrenal. En el Salmo 27 hay un verso que resalta entre todos porque expresa el dolor que muchos han experimentado y que se hace más palpable cada día en nuestra sociedad: “Aunque mi padre y mi madre me dejaran, con todo, el SEÑOR me recogerá”. Sin duda, una promesa contundente del amor que trasciende todos los amores de la Tierra. Una exclamación de la fe de aquel que ha vivido el abandono del padre terrenal y al mismo tiempo tiene la certeza de la paternidad de Aquel que puede ocupar el lugar vacío, Aquel todo lo llena.

En los Estados Unidos, donde se hacen estadísticas, encontramos que el 90% de las personas que viven en condición de indigencia en las calles huyeron de un hogar sin padre. El 63% de los jóvenes que se suicidan vienen de hogares donde no hubo un padre o donde la figura paterna fue abusiva. El 71% de las adolescentes con embarazo precoz proceden de un hogar sin padre. El 85% de los jóvenes en instituciones carcelarias provienen de hogares sin una figura paterna o con una figura paterna profundamente negativa. Los niños de hogares sin padre son 4 veces más propensos a vivir en la pobreza, son 10 veces más propensos a caer en la drogas, son 14 veces más propensos a cometer una violación y son 32% más propensos a huir de su hogar a temprana edad.

Desde la prehistoria la familia se consolidó en el proceso evolutivo. La figura de un padre no es una invención cultural para someter a la mujer, ni para dominar a la sociedad. La figura paterna corresponde a la creación divina, a la concepción originaria  de la naturaleza humana. Fuimos hechos para ser cuidados y protegidos por el padre y la madre. Son dos figuras absolutamente imprescindibles en la vida de cada ser humano. Ni el padre puede sustituir a la madre, ni la madre puede sustituir al padre. Y aunque en nuestra sociedad muchas mujeres valientes han tratado de ejercer ambos roles, siempre queda en el alma el hueco profundo de la ausencia del padre. El psiquiatra Sigmund Freud (1856-1939) una vez dijo: “No puedo pensar en ninguna necesidad en la infancia tan fuerte como la necesidad de la protección de un padre”.

Nos relata el apóstol Juan en su evangelio (14) que cuando Jesucristo estaba preparando a sus discípulos para la despedida, sabiendo que sus corazones estaban entristecidos les dijo estas palabras: “No se turbe su corazón; si creen en Dios, creed también en mí… Si me conocen, también a mi Padre conocen; y desde ahora le conocen, y le han visto”. Jesús estaba explicándoles acerca de su relación con el Padre celestial. Entonces, cuenta Juan que Felipe le preguntó: “Señor, muéstranos al Padre, y nos basta. A lo que Jesús le respondió: Hace tanto tiempo que estoy con ustedes, y ¿no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos al Padre? ¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí? Las palabras que yo les hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras. Creedme que yo soy en el Padre, y el Padre en mí; de otra manera, creedme por las mismas obras”.

El modelo ejercido por el padre siempre se ve reflejado en el hijo. Así que para conocer el carácter del Padre celestial solo tenemos que ver las obras de Jesús, el Hijo; pues, Jesús ejerció su misión mostrándonos, a través de sus obras, al Padre. Cuando hablamos de la parábola del hijo pródigo (Lucas 15:11-32) en realidad estamos hablando de la historia de un padre con dos hijos y su respuesta a la vida de cada uno de ellos. El hijo menor se había ido lejos, había pedido todo lo que le correspondía de su herencia, despilfarrando todo, viviendo tal como lo dice el apóstol Juan en su primera epístola (2:16-17): Viviendo en los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la vanagloria de la vida.

Y cuando había gastado hasta el último centavo, cuando se encontró en la ruina, entonces tuvo la consciencia de lo equivocado que había estado en todo su proceder; se arrepintió y decidió volver a su padre. Narra la parábola que en el momento que el padre vio al hijo a lo lejos, corrió hacia él, lo abrazó y lo besó. Una muestra del carácter del padre, un hombre perdonador, que comprende las flaquezas humanas y cuando el hijo regresa le recibe con amor. Además, el padre nos muestra lo que piensa de los que siempre están en la casa con Él. Cuando el hijo mayor se sintió ofendido por el recibimiento ofrecido al hermano menor, al reclamar a su padre, éste le respondió: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas. Mas era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este tu hermano estaba muerto, y ha revivido; se había perdido, y ha sido hallado”. (Lucas 15:32).

Otra muestra del carácter del padre que siempre nos acoge en su seno y al mismo tiempo nos insta a dejar la práctica del pecado es la historia que relata cuando trajeron a Jesús a la mujer encontrada en adulterio (Juan 8:1-11). Todos esperaban que Jesús la juzgara, cada uno tenía en su mano una piedra para arrojarla a la mujer. Mientras tanto, cuenta la historia que Jesús inclinado hacia el suelo escribía en tierra con el dedo. Y como insistían en preguntarle, se enderezó y les dijo: “El que de ustedes esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella”. Pareciera que lo que escribió con el dedo en la tierra fue el pecado capital de cada uno allí presente; pues, se fueron uno a uno sin lanzar la piedra. Luego le dijo a la mujer: “¿Ninguno te condenó? Ella le respondió: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más”.

Ese padre que Jesús nos mostró en su camino por esta Tierra se nos muestra individualmente, tal como se le mostró al ciego Bartimeo al preguntarle directamente: “¿Qué quieres que te haga?” (Marcos 10:51) Y tal como hizo con Bartimeo al devolverle la vista, quiere hacer con todos los que se acercan a Él. Porque Él es:

“Él es quien perdona todas tus ofensas,

El que sana todas tus dolencias.

El que rescata del hoyo tu vida,

El que te corona de favores y misericordias”.

Salmo 103: 3-4.

Rosalía Moros de Borregales.

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