Las motivaciones del corazón.

Una vez, estando Jesús con sus discípulos, se acercaron a Él un grupo de maestros de la ley y de los fariseos y, uno de ellos le dijo que querían ver una señal de su parte para comprobar su autoridad. Si leemos detenidamente los evangelios comprobaremos que para el momento de esta petición, ya Jesús había hecho un gran número de señales y milagros; pero, realmente, lo que estos hombres buscaban era encontrar una falta en Jesús para acusarle y prenderle.

La respuesta de Jesús ante esta demanda fue: “La generación mala y adúltera demanda señal; pero señal no le será dada, sino la señal del profeta Jonás. Porque como estuvo Jonás en el vientre del gran pez tres días y tres noches, así estará el Hijo del Hombre en el corazón de la tierra tres días y tres noches”. Mateo 12: 39-40. Esta respuesta de Jesús se refería a su resurrección al tercer día. Una señal de su divinidad y poder; pero, los fariseos no entendieron. Lo que ellos querían era una señal ante sus ojos, algo que ellos pudieran comprobar con su humanidad. Una realidad, no una historia de algún otro.

Cualquiera que lea este pasaje, sin tener todo el contexto, podría parecerle una respuesta dura e injusta de parte de Jesús. Después de todo, qué era un milagro más para complacer a los religiosos judíos. No obstante, ciertamente Jesús no solo escuchó la petición, sino que vio sus corazones y conoció la motivación de su petición. El apóstol Juan nos relata en su evangelio que estando Jesús en Jerusalén para la fiesta de La Pascua, muchos creyeron en su nombre, al ver las señales que hacía. Y al mismo tiempo, nos revela que Jesús no se confiaba de estos nuevos creyentes, pues conocía las motivaciones de su corazón: “Pero Jesús mismo no se fiaba de ellos, porque conocía a todos, y no tenía necesidad de que nadie le diese testimonio de la naturaleza humana, pues él sabía lo que había en el corazón de cada hombre”. Juan 2:24-25.

Es maravilloso ver a través de las Sagradas escrituras la manera en la que Dios lidia con cada ser humano, dependiendo de lo que encuentre en su corazón. En el Antiguo testamento encontramos la historia de la selección de David como rey sobre Israel. Dios le había encomendado al profeta Samuel que fuera a la casa de Isaí, padre de David, ya que de la descendencia de este hombre levantaría a un rey para Israel. Isaí estaba con 7 de sus hijos, cuando Samuel los invitó a orar con él. Pero, David no estaba presente, se  encontraba en el campo, pastoreando las ovejas. 

Cuando Samuel vio a Eliab se quedó impresionado por su apariencia y pensó dentro de sí: _Sin duda este es el ungido del Señor. Ante este pensamiento, Dios le habló a Samuel y le dijo: “—No te dejes impresionar por su apariencia ni por su estatura, pues yo lo he rechazado. La gente se fija en las apariencias, pero yo me fijo en el corazón”. Samuel 16:6. Entonces, Samuel le pregunto Isaí si esos eran todos sus hijos, a lo que Isaí le respondió que el más pequeño de todos estaba en el campo. Mandaron a buscarlo y cuando Samuel lo vio, Dios le habló y le dijo que David era el rey. Entonces, Samuel lo ungió. Una historia que vale la pena leer en toda su extensión.

Lamentablemente, nos esforzamos por presentarnos hermosos ante los demás; sin embargo, hemos descuidado lo que almacenamos en el corazón. El libro de la Proverbios nos lo explica de esta manera: “Por sobre todas las cosas cuida tu corazón, porque de él mana la vida”. Jesús lo explicó así: “Ningún árbol bueno da fruto malo; tampoco da buen fruto el árbol malo. A cada árbol se le reconoce por su propio fruto. No se recogen higos de los espinos ni se cosechan uvas de las zarzas. El que es bueno, de la bondad que atesora en el corazón produce el bien; pero el que es malo, de su maldad produce el mal, porque de lo que abunda en el corazón habla la boca”. Lucas 6:43-45.

La humanidad entera está en la búsqueda del alma. Nos encontramos ante la imposibilidad de conseguir la paz y el sosiego para todas las angustias que producen las demandas de una sociedad que va tras los espejismos creados por las comunicaciones inmediatas de nuestro tiempo.  Fuimos creados para tener comunión con el Creador, con un propósito sublime, muy superior a los estándares del mundo actual. A consecuencia de esto, cuando de alguna manera, el sufrimiento inevitablemente llega a nuestra vida, es entonces, solo entonces, que pensamos en un Dios allá arriba en los Cielos, o recurrimos a cualquier tipo de superstición para buscar la ayuda sobrenatural.

Precisamente, la ayuda sobrenatural, porque reconocemos que necesitamos más allá de nosotros mismos, de nuestra naturaleza humana. Entonces, nos encontramos con una inmensa muralla, pareciera que nuestra oración no es capaz de elevarse más allá del techo que nos cubre; pareciera que Dios no nos escucha, allá arriba tan lejos. Sencillamente, porque muchas veces tenemos la misma actitud de los fariseos. Queremos nuestra propia señal, una respuesta acomodaticia a los planes propios; pero, antes de darnos lo que pedimos, Dios quiere nuestro corazón. Un corazón sincero, capaz de mostrar arrepentimiento por nuestras segundas intenciones, por las motivaciones erradas que se albergan en nuestro ser interior. Por pretender que El sea una llave mágica que actúe a nuestro favor, o un amuleto de la suerte.

Hablando a través del profeta Jeremías Dios, el Señor, les dijo a los israelitas en aquel tiempo y nos dice hoy a cada uno que quiera escuchar su voz: “Porque yo conozco los planes que tengo para ustedes —afirma el Señor—, planes de bienestar y no de calamidad, a fin de darles un futuro y una esperanza. Entonces ustedes me invocarán, vendrán a suplicarme y yo los escucharé. 

«Me buscarán y me encontrarán cuando me busquen de todo corazón». 

Jeremías 29:11-13.

Rosalía Moros de Borregales.

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