Un corazón como un pesebre.

Dedicado a la Sra. Josefina Blanch.

En el libro de los Proverbios en el Antiguo Testamento se encuentra un verso que ha venido a formar parte de mis pensamientos. En él encuentro una verdad contundente que me impulsa a meditar una y otra vez en su significado. Además, pienso en la manera como puedo ponerlo en práctica en mi vida cotidiana. Se trata de Proverbios 4:23 “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón porque de él mana la vida”. Lo siento como un consejo que viene directo de Dios. Me dice que aquello que guardamos, lo hacemos porque tiene significado para nosotros, porque representa un valor que deseamos conservar, porque es algo que consideramos de alta estima.

Pienso en el corazón, ese lugar espiritual en el cual atesoramos lo que amamos, esos sentimientos que nos definen, que nos identifican, los recuerdos que al evocar nos llenan de ternura o nos hacen saltar de alegría. En fin, pienso en el corazón que se convierte en el cofre de nuestros tesoros. No obstante me doy cuenta que muchas veces lo contaminamos, guardando en él carbones; dolores que nos han traspasado, tristezas que han llovido en nuestros ojos, verdades que nos han decepcionado, heridas que se resisten a la cura, amargura.

Y al pensar en el corazón en esta época del año, pienso también en el pesebre. Ese lugar sencillo y humilde donde ocurrió el hecho más importante y trascendente de la historia de la humanidad: El nacimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. “Aconteció en aquellos días, que se promulgó un edicto de parte de Augusto César, que todo el mundo fuese empadronado. Este primer censo se hizo siendo Cirenio gobernador de Siria. E iban todos para ser empadronados, cada uno a su ciudad. Y José subió de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por cuanto era de la casa y familia de David; para ser empadronado con María su mujer, desposada con él, la cual estaba encinta. Y aconteció que estando ellos allí, se cumplieron los días de su alumbramiento. Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón”. Lucas 2:1-7.

Y la historia del pesebre involucra a varios personajes de quienes pocas veces se habla o tan siquiera se mencionan. Personas cuyos corazones fueron un verdadero pesebre en el cual se manifestó de diversas maneras la gloria de Dios. Entre ellos podríamos investigar un poco acerca de los padres de Juan el bautista, Zacarías y Elisabet: “Hubo en los días de Herodes, rey de Judea, un sacerdote llamado Zacarías, de la clase de Abías; su mujer era de las hijas de Aarón, y se llamaba Elisabet. Ambos eran justos delante de Dios, y andaban irreprensibles en todos los mandamientos y ordenanzas del Señor”. Lucas 1:5-6. Que honra tan grande la de esta pareja. Que reputación tan hermosa tenían delante de los ojos de Dios, que la Biblia se refiere a ellos como justos e irreprensibles en el cumplimiento de los mandamientos.

Zacarías y Elisabet habían llegado a una avanzada edad y no habían tenido hijos porque ella era estéril, pero Dios escuchó la oración de sus corazones e hizo el milagro: “Pero el ángel le dijo: Zacarías, no temas; porque tu oración ha sido oída, y tu mujer Elisabet te dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Juan. Y tendrás gozo y alegría, y muchos se regocijarán de su nacimiento; porque será grande delante de Dios. No beberá vino ni sidra, y será lleno del Espíritu Santo, aun desde el vientre de su madre”. Lucas 1: 13-15.

Cuando Elisabet estaba en el sexto mes de su embarazo, María, la madre de Jesús, quien era su pariente la visitó: “ En aquellos días, levantándose María, fue de prisa a la montaña, a una ciudad de Judá; y entró en casa de Zacarías, y saludó a Elisabet. Y aconteció que cuando oyó Elisabet la salutación de María, la criatura saltó en su vientre; y Elisabet fue llena del Espíritu Santo, y exclamó a gran voz, y dijo: Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre. ¿Por qué se me concede esto a mí, que la madre de mi Señor venga a mí? Porque tan pronto como llegó la voz de tu salutación a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Y bienaventurada la que creyó, porque se cumplirá lo que le fue dicho de parte del Señor”. Lucas 1:39-45.

Zacarías y Elisabet no solo fueron escuchados por Dios en su petición de ser padres, sino que además Dios les concedió la gracia de ser testigos del nacimiento del Mesías. Fueron los padres de alguien tan importante en la vida de Jesús como lo fue Juan el bautista. Aquel que mientras bautizaba y llamaba al arrepentimiento vio a Jesús y exclamó: “He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Juan 1:29. En esa familia se cumplió aquella promesa de Proverbios: “Nunca se aparten de ti la misericordia y la verdad; átalas a tu cuello, escríbelas en la tabla de tu corazón; y hallarás gracia y buena opinión ante los ojos de Dios y de los hombres”. Sin duda, Zacarías y Elisabet hallaron la gracia de Dios porque sus corazones fueron guardados para Dios. Ellos supieron hacer su corazón como un pesebre.

En estos días visitamos a la abuelita de mi nuera, una señora que ha alcanzado los 103 años. Cuando pasamos a su habitación, en frente de su cama, su nieto le hizo un pesebre hermoso en su toalet o cómoda. Ella lleva más de 70 años haciendo el pesebre, cada año más hermoso, con muchos detalles significativos y representativos de la historia de la cristiandad. Cuando le alabamos éste, que aunque es una versión muy reducida del que ella ha hecho toda su vida es igualmente hermoso, nos dijo: _ Mi nieto me ha ayudado por muchos años a hacerlo, ahora yo lo ayudo a él… Tengo que hablar con mi nieta para que enseñe a su hijita a hacer el pesebre y así continúe nuestra familia aprendiendo la historia de la Navidad.

Exaltemos este tiempo en medio de nuestras familias. Vayamos a la fuente que nos relata la más hermosa y significativa historia para nuestras vidas. No dejemos que el afán, la superficialidad de las fiestas y el materialismo exacerbado de estos días nos distancien del verdadero significado de la Navidad. Hagamos nuestro corazón como un pesebre donde Jesús pueda nacer y brillar para el mundo. Hagamos como esta abuelita quien ha sido el pilar de una bella y numerosa familia, congregándolos alrededor de su pesebre año tras año, mostrándoles al Salvador, a Cristo el Señor.

¡Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra para aquellos de buena voluntad, en quienes Dios se complace! Lucas 2:14.

Rosalía Moros de Borregales.

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  • Que significativo el hecho de que el pesebre pueda ser como nuestro corazón. Cuidado y guardado o porque algo extremadamente precioso está allí dentro. Es Jesús, Yeshua, nuestra Salvación. Que alegria celebrar el hecho de que Dios nos amó tanto que entregó lo más preciado, su Hijo Único, para perdonar nuestros pecados y darnos acceso a Su Presencia y a su corazón. Es tan significativo que el Padre Celestial lo celebró con un coro magestuoso de angeles…. Gloria a Dios en las alturas…
    Gracias Rosalia por regalarnos esta excelente y hermosa meditación.

  • Otro artículo fabuloso de Rosalía que nos lleva a comprender la grandeza de Dios, y el infinito amor que nos mostró al enviar a su primogénito hijo Jesús para perdonar nuestro pecados.
    Te felicito amor mío !!!

  • Rosilda Fischer

    Que preciosidad de escrito! Como en tan sencilla y simple manera este artículo nos enseña que debemos tener un corazón dispuesto a ser tocado y limpio por nuestro Dios!

  • Que hermoso escrito! Como en esta preciosa y sencilla manera de escribir nos enseña tener un corazón dispuesto a ser tocado y limpiado por Dios!

  • Gabriela Moros de Ramírez

    Un artículo realmente hermoso, reviví las lecturas tan especiales de Juan el Bautista; de Elizabeth y la visita que llenó del Espíritu Santo a Juan, el pesebre que no deja de enseñarnos hasta el día de hoy la humildad; y la bella abuela de más de 100 años que parece tener muy claro que la tradición del nacimiento del Salvador, no puede ser olvidada, gracias, excelente

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