El Príncipe de paz.

Hoy celebramos la Navidad, el nacimiento de aquel niño cuya historia ha conmovido a la humanidad desde su origen, aquella noche iluminada por la gran estrella que guió a los sabios: “Cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes, vinieron del oriente a Jerusalén unos magos, diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle. Aquella noche fue iluminada también por la visita del ángel que anunció a los pastores el nacimiento: “Había pastores en la misma región, que velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre su rebaño. Y he aquí, se les presentó un ángel del Señor, y la gloria del Señor los rodeó de resplandor; y tuvieron gran temor. Pero el ángel les dijo: No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor”. Lucas 2:8-11.

Por una parte un escenario lleno de luz, de buenas nuevas y de grandes expectativas tanto para los magos como para los pastores; sin embargo, un escenario nada confortable para María y José y mucho menos para el nacimiento de un bebé. Una tierra gobernada por un tirano rey, que había mandado a ejecutar a su esposa y a tres de sus hijos porque pensaba que querían destronarlo. Un rey paranoico que cuando los sabios venidos del oriente le preguntaron acerca del niño que había nacido para ser rey de los judíos, se turbó profundamente e inmediatamente convocó a los principales sacerdotes judíos para preguntarles dónde habría de nacer el Cristo que ellos esperaban, a lo que respondieron con la profecía escrita por Miqueas 5:2: “Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel”.

Un escenario marcado por el afán de tener que cumplir con la ley de empadronarse, alejados de casa, sin ayuda de la familia y, para colmo, una ciudad repleta de gente, sin alojamiento: “Y José subió de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por cuanto era de la casa y familia de David; para ser empadronado con María su mujer, desposada con él, la cual estaba encinta. Y aconteció que estando ellos allí, se cumplieron los días de su alumbramiento. Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón”. Lucas 2:4-7.

Además, tan pronto el niño nació, su padre José tuvo un sueño en el cual se le revelaba que debía salir de Belén e ir a Egipto. Revelación cuyo asunto José cumplió con obediencia: “Después que partieron ellos (los sabios), he aquí un ángel del Señor apareció en sueños a José y dijo: Levántate y toma al niño y a su madre, y huye a Egipto, y permanece allá hasta que yo te diga; porque acontecerá que Herodes buscará al niño para matarlo. Y él, despertando, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto. Mateo 2:13-14. Enterándose luego de la terrible noticia que Herodes había mandado a matar a todos los niños menores de 2 años en Belén y sus alrededores: “Herodes entonces, cuando se vio burlado por los magos (porque no regresaron a él para notificarle del nacimiento de Jesús), se enojó mucho, y mandó matar a todos los niños menores de dos años que había en Belén y en todos sus alrededores”. Mateo 2:16.

Un escenario de gran tensión para darle la bienvenida a su primer hijo. Un lugar donde reinaba el caos, la tristeza y el dolor ocasionado por un hombre sin moral, sin amor, sin vergüenza; en fin, sin temor de Dios en su corazón. Nada atractivo como para pensar que en medio de este escenario nacería el Mesías, el Salvador llamado Príncipe de paz, como lo explica el profeta Isaías 9:6 “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz”.

Y el mundo no ha cambiado mucho en cuanto a aquel escenario de injusticia, de violencia y de destrucción en el cual nació Jesús. Ni tampoco el corazón del ser humano ha cambiado notablemente. Seguimos viviendo alejados del amor de Dios, hablamos de paz y deseamos la paz, pero no la procuramos, ni siquiera en los escenarios más íntimos de nuestra vida. Queremos paz en el mundo, pero vivimos guerra en los hogares; pretendemos que la paz venga a nosotros desde afuera, pero nuestros corazones están en conflicto aún con nosotros mismos.

Ese niño creció en estatura, en sabiduría, en gracia y en amor delante de los ojos de Dios y de su prójimo, a quien se entregó en sanidades, liberaciones, milagros y prodigios para traer a ellos paz en medio de las tormentas de sus vidas. Y un día mientras les hablaba de su partida de este mundo y del Consolador que les habría de enviar, el Espíritu Santo; en pocas palabras, mientras les hablaba del que sería el compañero del camino de sus vidas, de nuestras vidas, alzó su voz para decirles a los discípulos en aquel día, para decirnos a nosotros hoy y para continuar diciéndole a todo aquel que crea en El: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo”. Juan 14:27.

Sin duda, una de las declaraciones de Jesús más trascendentales en la vida del ser humano. Una promesa que podemos alcanzar si la buscamos en su propia fuente, porque El nos dice que nos da su paz, no como el mundo la da: una paz efímera, que se evapora tan pronto pasa el efecto calmante de la pastilla, o cuando se despiertan de nuevo todos los sentidos sometidos a la relajación superficial y pasajera de las múltiples adicciones que se disfrazan con el vestido de la paz. El Príncipe de paz nos dice: “No se turbe tu corazón, no tengas miedo”. El miedo que nos paraliza ante la incertidumbre del mañana, el miedo que transforma nuestra mente en la productora de las más espeluznantes películas de terror, el miedo que se instala como una amenaza constante, que late dentro de nosotros acelerando hasta el extremo nuestro corazón.

Muchas veces en mi vida he sentido ansiedad, otras la angustia ha embargado mi corazón. Otras tantas veces he sentido el miedo como un frío helado atravesando mi alma. He anhelado la paz, he buscado la paz aquí y allá, pero solo he encontrado un gran vacío, más dolor y más angustia… Entonces, he caído de rodillas ante Él, le he llamado: ¡Príncipe de paz! Necesito tu paz, dame tu paz, la paz que disipa todo miedo, la paz que el mundo no puede darme, la paz que puede guardarme. Y luego de desahogar mi alma, al elevar una oración, he experimentado como Dios le ha dado a mi enlutado corazón, gloria en lugar de las cenizas, óleo de gozo en lugar de la tristeza y como me ha abrigado con un manto de alegría quitando el espíritu angustiado de mi ser. Isaías 61.

Hoy es Navidad, hoy celebramos el nacimiento de Cristo, nuestro rey y Señor. El nacimiento de aquel niño que se convirtió en el “Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz”. Y mi deseo, convertido en oración, por ti y para ti, es que la paz de nuestro Señor Jesucristo reine en tu corazón y en tu hogar.

¡Feliz Navidad!

¡Feliz paz!

Rosalía Moros de Borregales.

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  • Gabriela Moros

    Todo me gustó, pero hoy me quedo con el indicador de ir a los brazos del príncipe de paz y que me abrace u quite todo temor, me rindo, y espero seguir leyendo estas bellezas que dan vida alma

  • Rosselyn Ramirez

    Hermoso!!!
    Feliz Navidad!!!
    ❤❤❤❤❤❤

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