Bienaventurados los pacificadores…


La séptima bienaventuranza nos ofrece como recompensa uno de los regalos más grandes que cualquier humano podría recibir: Ser llamados hijos de Dios. Desde la perspectiva de hijos nos acogemos a los brazos amorosos de nuestro Padre Celestial con la confianza del hijo que es amado, del que se siente amado. Ahora bien, los hijos de Dios en esta Tierra tienen una misión ineludible de ser pacificadores; es decir, aquellos que construyen la paz mediante las diferentes virtudes cristianas, con las cuales nos capacita Dios según la multiforme gracia de Cristo para con nosotros: “Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios. Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios; si alguno ministra, ministre conforme al poder que Dios da, para que en todo sea Dios glorificado por Jesucristo, a quien pertenecen la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén”. I Pedro 4:10-11.

He aquí la primera clave para ser capaces de construir la paz, cada uno dándole a sus más próximos lo que Dios le ha dado, sabiendo que todo lo que hacemos debemos hacerlo para Dios, en el nombre de Dios y con los recursos que Dios nos ha provisto, tanto desde el punto de vista espiritual como material. Ahora bien, es imposible crear o mantener la paz en todos los ámbitos de nuestra vida. Pues, aunque tengamos toda la intención de lograrlo, es absolutamente imposible tener control sobre circunstancias externas; ya sean de índole política, social o natural. Al mismo tiempo, lograr la paz alejados de Dios es sencillamente imposible.Por esa razón para ser pacificadores, en primer lugar debemos estar en paz con nuestro creador.

Paz con Dios.

Cuando hablamos de Paz con Dios nos referimos a la paz más importante y, sin la cual, no puede haber ninguna otra clase de paz. Estar en paz con Dios significa que estamos a cuenta con nuestro creador; significa que hemos venido delante de Él exponiendo nuestro corazón. El primer paso para estar en paz con Dios está hermosamente descrito en el Salmo 51. David le dice a Dios: versos del 1-3.

“Por tu amor, oh Dios, ten compasión de mí;

por tu gran ternura, borra mis culpas.

¡Lávame de mi maldad!

¡Límpiame de mi pecado!

Reconozco que he sido rebelde;

mi pecado no se borra de mi mente”.

Este Salmo es la expresión sincera de un corazón arrepentido, un corazón que reconoce delante de Dios su falta, apelando a su gran amor, a su misericordia.

Más adelante, continúa el Salmista diciéndole a Dios: versos del 15-17.

Pues tú no quieres ofrendas ni holocaustos;

yo te los daría, pero no es lo que te agrada.

Las ofrendas a Dios son un espíritu dolido (quebrantado);

¡tú no desprecias, oh Dios, un corazón hecho pedazos! (contrito y humillado).

Una vez que hemos dado este primer paso de venir delante de Dios con nuestro corazón arrepentido, podemos tener la certeza que Dios ha escuchado nuestra oración y perdonado nuestras faltas. Es hermoso cuando esto sucede, pues literalmente sentimos que se ha caído una muralla, una pared intermedia de separación entre Dios y nosotros. De la misma manera que sucedió entre judíos y gentiles (no judíos) a través del sacrificio de nuestro Señor Jesucristo en la Cruz. Como lo expresa el apóstol Pablo en Efesios 2:14

“Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación”. Jesús, les ofreció paz a sus discípulos y ese ofrecimiento sigue estando vigente hasta el día de hoy:

“La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo”. Juan 14:27.

“Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo”. Juan 16:33

La Paz con Dios nos libra de la culpa. La Paz con Dios nos libra del miedo. La Paz con Dios nos libra de la angustia que produce la impotencia ante la aflicción. De tal manera que podemos experimentar paz con Dios aun en medio de la aflicción, porque el sabernos en sus manos, nos hace estar confiados y la confianza produce paz.

Paz con nosotros mismos.

Al estar en paz con Dios nuestro espíritu esta liberado, todas las cadenas de opresión son rotas y los yugos de esclavitud son desatados. No hay una dicha más grande que la dicha del perdón. Algunos pecan de soberbia y nunca vienen a pedir perdón delante de Dios. Otros piden perdón a Dios pero no les parece suficiente. Entonces, pasan sus vidas martirizándose por sus hechos pasados. El problema con esta actitud es que la culpa nunca ha sacado a nadie del hueco del pecado; muy por el contrario, la culpa te hunde cada vez más profundo en una vida alejada de la virtud.

El Salmo 32 es una canción, una alabanza sobre la felicidad que representa el perdón de Dios para la persona perdonada. Por esa razón, al haber sido perdonados por Dios, el siguiente paso es aprender a estar en paz con nosotros mismos; a aceptar que si Dios nos ha perdonado, debemos también nosotros perdonarnos. Y de la manera que Dios nos da la oportunidad de la restauración, darnos nosotros esa oportunidad.

Dichoso aquel

a quien se le perdonan sus transgresiones,

a quien se le borran sus pecados.

Dichoso aquel

a quien el Señor no toma en cuenta su maldad

y en cuyo espíritu no hay engaño.

Mientras guardé silencio,

mis huesos se fueron consumiendo

por mi gemir de todo el día.

Mi fuerza se fue debilitando

como al calor del verano,

porque día y noche

tu mano pesaba sobre mí.

Pero te confesé mi pecado,

y no te oculté mi maldad.

Me dije: “Voy a confesar mis transgresiones al Señor”,

y tú perdonaste mi maldad y mi pecado. Por eso los fieles te invocan

en momentos de angustia.

Este Salmo nos muestra como el acto de confesión de nuestros pecados representa una dicha para el ser humano. Mientras callamos, el enemigo nos hunde en la culpa, mientras callamos no hay esperanza, solo nos vamos consumiendo, se van debilitando nuestras fuerzas. Pero cuando confesamos, el Señor nos saca a anchura. Nos sentimos liberados. El acto de pedir perdón a Dios debe ser continuo; es decir, cada vez que sea necesario.

Luego, debemos aprender a limpiar nuestra mente y perseverar en nuestro pensamiento en Dios. Una de las claves para mantener la paz con nosotros mismos es perseverar en la Palabra de Dios. Estudiarla, meditarla, escudriñarla. Cuando la Palabra de Dios forma parte de nuestro ser interior, la paz de Dios nos guarda. La ansiedad y las preocupaciones de la vida se van cayendo, como cargas que tuviéramos sobre nuestros hombros.

“Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado”. Isaías 26:3. El perseverar en una amistad con Dios, en la que expongamos a Él todas nuestras angustias es de vital importancia para vivir en paz. Filipenses 4:6-7 dice así: “Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús”.

Es una promesa de Dios para nosotros. Al presentar la causa de nuestra angustia delante de Dios en oración, ruego y con acción de gracias, la paz de Dios nos llenará. Otra clave para mantener la paz con nosotros mismos es vivir una vida de disciplina espiritual. Una vida en la cual nos ocupemos más de las cosas pertenecientes a la vida espiritual que a la vida de la carne. En Hebreos 12:11 dice: “Ciertamente, ninguna disciplina, en el momento de recibirla, parece agradable, sino más bien penosa; sin embargo, después produce una cosecha de justicia y paz para quienes han sido entrenados por ella”.

Paz con nuestro prójimo (próximo).

Para poder vivir en paz en nuestro hogar y luego con los que están en nuestro entorno de trabajo o de comunidad es primordial que estemos conscientes que la paz es un vínculo que se establece mediante la voluntad activa. Es necesario hacer la paz, con una actitud adecuada de nuestra parte que manifieste nuestro deseo y nuestra absoluta voluntad de hacer y mantener la paz. La gentileza es una práctica que cada día va desapareciéndose más y más en nuestra sociedad. Parece mentira, pero muchos grandes conflictos vienen a causa de la amargura expresada por personas a quienes sencillamente no les importa la paz de nadie porque ellos no conocen la paz.

Una actitud de gentileza con todas las personas que de una u otra forma se encuentran en nuestro camino es primordial. El expresar gratitud es de igual importancia; pues todos los seres humanos tenemos la necesidad de reconocimiento. El apóstol Pablo le dice a los Efesios 4:23 “Solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz”. Que estén solícitos, dispuestos a guardar la unidad del Espíritu, algo muy profundo en la vida de los creyentes. Interpreto que solo puede mantenerse la unidad en una pareja, en una familia, entre amigos, en una comunidad, en una nación, si hay un vínculo de paz establecido entre sus integrantes. Si todos los que conviven juntos, de una u otra manera, están dispuestos a hacer todo lo posible para estar en paz unos con otros.“Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres”. Romanos 12:18.

Así pues, este es el camino para ser constructores de paz: Paz con Dios y paz contigo mismo para establecer la paz con tu prójimo.

“Apártate del mal, y haz el bien; Busca la paz, y síguela”.Salmo 34:14.

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  • Nathalie Ayala

    Llamados a ser… hacedores de paz. Hermosa reflexión, gracias Rosalia.

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