La Semana Santa es un tiempo para rememorar, para reflexionar en lo más profundo de nuestro ser acerca del inmensurable amor de Dios mostrado a nosotros a través de la entrega total de Jesucristo en la cruz; acerca de los fundamentos de nuestra fe. Una fe que para muchos solo permanece como una religión de tiempos pasados, como una herencia incómoda de los abuelos, como un pensamiento obsoleto, sin sentido, sin eficacia en la vida real. Para otros una práctica necesaria ligada a muchas otras prácticas espirituales, como el que tira flechas hacia todos los puntos cardinales para cubrir todos los flancos; por aquello que dicen popularmente: _De que vuelan, vuelan.

Sin duda, todo lo que recordamos en esta Semana Santa y muy especialmente el domingo representa el fundamento de nuestra fe. Como lo dijo el apóstol Pablo a la iglesia en Corinto: «Y si Cristo no resucitó vana es entonces nuestra predicación, vana es también nuestra fe”. I Cor.15:14. Así, el domingo de resurrección es un día tan importante y trascendente para la cristiandad como lo es la Navidad, el nacimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

Pero la resurrección sólo ocurre cuando primero la muerte ha sido consumada. La muerte de cruz constituía el peor castigo para los peores criminales y malhechores. Una muerte lenta, muy lenta y dolorosa a través de la cual se pretendía exponer públicamente el sufrimiento a fin de que sirviera de lección a todos. En la cruz el cuerpo experimenta asfixia, deshidratación, pérdida de sangre y falla multiorgánica. Un sufrimiento que comenzó para Jesús en el Getsemaní, cuando sudó sangre ante la expectación del camino que claramente sabía que tendría que transitar.

Me impacta leer las últimas horas de Jesús a través del evangelio de San Juan, el discípulo amado.  En el capítulo 17 podemos leer la oración más hermosa, junto al Padre nuestro, que jamás haya escuchado. Jesús se dirige al Padre celestial diciéndole: “Padre, la hora ha llegado, glorifica a tu Hijo para que también tu Hijo te glorifique a Ti… Padre santo a los que me has dado, guárdalos en tu nombre, para que sean uno así como nosotros… No ruego que los quites del mundo sino que los guardes del mal… Una oración que cada cristiano debería conocer pues nos traslada a la dimensión del amor de Dios que trasciende a este mundo. Jesús oró tiernamente por los suyos antes de ser sometido a la cruz. 

Aunque sus más cercanos quisieron protegerlo no lograron nada. Así como nada logramos ante la maldad establecida en el mundo y en nuestra nación. “Entonces Simón Pedro, que tenía una espada, la desenvainó e hirió al siervo del sumo sacerdote, y le cortó la oreja derecha. Y el siervo se llamaba Malco. Jesús entonces, dijo a Pedro: Mete tu espada en la vaina; “la copa que el Padre me ha dado, ¿no la he de beber? Juan 18:10.

Porque las armas del cristiano no son carnales sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levante contra el conocimiento de Dios”… II Cor. 10:4-5. De tal manera que nada lograremos luchando “en la carne”; los discípulos sólo lograron vencer el mal mediante el poder del Espíritu Santo con el cual fueron envestidos el día de Pentecostés.

Jesús tuvo que sufrir el mal en su cuerpo para que nosotros pudiéramos tener acceso al Padre, para reconciliarnos con Dios, para hacernos aceptos en el amado. Ni Caifás, ni Anás, ni Pilates, las autoridades religiosas y políticas del momento, encontraron ningún mal en Él, pero la determinación de hacer el mal persiste en aquellos cuyo poder humano, alejados de Dios, les hace engrandecerse sobre el débil, sobre aquel que les revela la propia verdad de sus pobres almas, sin esperanzas, sin oportunidad de redención, “porque amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas”. Juan 3:19-20.

La crucifixión de Jesús se llevó a cabo sin ellos saberlo, de acuerdo a las profecías. Todas y cada una se cumplieron tal como lo expresa el profeta Isaías en el capítulo 53:“Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebrantos, y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado y no lo estimamos”… Aunque el mal parecía haber vencido, en la oscuridad de la muerte descendió a los lugares más profundos de la Tierra y allí le quitó el imperio a aquel que poseía las llaves de la muerte. Hebreos 12:14.

Y de la manera que él venció la muerte, los que hemos creído en Él tenemos vida eterna juntamente con él. Así pues, no lo busquemos entre los muertos. Recordemos a las mujeres que lo fueron a buscar en su tumba y no lo hallaron… “ Aconteció que estando ellas perplejas por esto, he aquí se pararon junto a ellas dos varones con vestiduras resplandecientes, y como tuvieron temor y bajaron el rostro a tierra les dijeron: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí sino que ha resucitado.

Muchos andamos lamentándonos como los discípulos que iban camino a Emáus. Como no conocemos las Escrituras nuestros ojos han estado vendados ante la verdad, ante la realidad espiritual que trasciende a este mundo mortal. Sin embargo, de la misma manera que los ojos de estos discípulos fueron abiertos cuando Jesús partió el pan ante ellos, asimismo Él nos ofrece el pan hoy, para que miremos al que traspasaron en la cruz, y su amor traspase nuestra humanidad en la resurrección que nos espera.

Entonces los judíos, por cuanto era la preparación de la pascua, a fin de que los cuerpos no quedasen en la cruz en el día de reposo(pues aquel día de reposo era de gran solemnidad), rogaron a Pilatos que se les quebrasen las piernas, y fuesen quitados de allí. Vinieron, pues, los soldados, y quebraron las piernas al primero, y asimismo al otro que había sido crucificado con él. Mas cuando llegaron a Jesús, como le vieron ya muerto, no le quebraron las piernas. Pero uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua. Y el que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero; y él sabe que dice verdad, para que vosotros también creáis. Porque estas cosas sucedieron para que se cumpliese la Escritura: No será quebrado hueso suyo.Ex. 12.46; Nm. 9.12; Sal. 34.20. 37 Y también otra Escritura dice: Mirarán al que traspasaron”. Juan 18: 31-37.

Rosalía Moros de Borregales.

Pintura: El rostro de Cristo por Raúl Berzosa.

El pintor la acompaña con esta leyenda:

«Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro». Salmo 26:8-9.

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  • Que grande es para el creyente el hecho que Jesús resucitó. Tenemos la esperanza de gloria. Que promesa tan alentadora. Amados, redimidos, perdonados y vivos con El por la eternidad. Aleluya.

  • Maria Corina

    Dios vive!! Aleluya ,
    Gloria a Dios

  • Muy hermoso artículo!!
    Dios vive!
    Dejemos que Él entre en nuestros corazones!

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