En el Sermón del monte Jesús expuso ideas absolutamente profundas y retadoras para su audiencia de la época, y también para cada uno de nosotros, los que hemos creído por la palabra esparcida por sus discípulos. En su interés por enseñarnos a mantener un corazón guardado del mal, trató los temas más cotidianos, simples y al mismo tiempo trascendentes de la existencia humana. Cada vez que expresaba una nueva sentencia les recordaba que lo que habían escuchado, hasta ese momento, no era suficiente; haciendo énfasis al afirmar: _ Pero, Yo os digo. Y en esta nueva expresión siempre derribaba los argumentos religiosos a los que la gente había adecuado su diario proceder.

Al final del capítulo quinto, el evangelista Mateo, nos narra que Jesús les dijo: “Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra; y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa; y a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos. Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses. Mateo 5: 38-42.

Ojo por ojo y diente por diente es la expresión conocida como la Ley del Talión. Atribuida al sexto rey de Babilonia, en el siglo XVIII a.C, autor de 282 leyes que formaron el Código de Hammurabi, por medio del cual se aplicaba justicia practicando al delincuente el mismo daño o mal que éste había ocasionado. Aunque nos suene terrible, se considera que la ley del Talión fue el primer intento realizado para establecer un equilibrio entre el delito cometido y la corrección o el castigo impuesto. Es decir, una relación proporcionada entre el daño recibido en un crimen y el daño producido en el castigo, constituyendo de esta manera el primer límite a la venganza.

El pueblo de Israel también había sido instruido en este aspecto de acuerdo a esta práctica babilónica: “Y el que causare lesión en su prójimo, según hizo, así le sea hecho: rotura por rotura, ojo por ojo, diente por diente; según la lesión que haya hecho a otro, tal se hará a él”. Levítico 24:19-20. Sin embargo, antes de haber sido instruidos de esta manera, en el capítulo 19 del mismo libro de Levítico encontramos lo siguiente: “No harás injusticia en el juicio, ni favoreciendo al pobre ni complaciendo al grande; con justicia juzgarás a tu prójimo. No andarás chismeando entre tu pueblo. No atentarás contra la vida de tu prójimo. Yo el Señor. No aborrecerás a tu hermano en tu corazón; razonarás con tu prójimo, para que no participes de su pecado. No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Levítico 19:15-18.

De tal manera que podemos comprender que desde el principio Dios les mandó a amar al prójimo y, esta ley constituía un freno a la exageración de la acción en la venganza. No obstante, ellos habían adecuado su conducta al ojo por ojo y diente por diente, haciendo caso omiso del resto de la instrucción; por lo cual Jesús los retó espiritualmente a actuar de una manera totalmente opuesta a ley del Talión arraigada en sus corazones. Aún más, pareciera que Jesús los desarma completamente, dejándolos indefensos ante el mal. O quizá, retándolos a no resistir al mal con su propia fuerza sino a través de Dios; llevando la causa al único que juzga justamente. Actuando de tal forma que la retribución venga directo del cielo y no de nuestra propia acción.

Pero, como si fuera poco poner la otra mejilla o caminar la segunda milla, Mateo nos cuenta que el Maestro añadió a esto: “Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos? Y si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen también así los gentiles?” Mateo 5: 42- 47. 

¿Cómo podríamos amar a un enemigo? ¿Cómo podríamos sentir amor por alguien que nos ha hecho daño, que nos ha causado una herida? Pienso que la llave o la respuesta a estas interrogantes está al final de esa maravillosa intervención del Señor, cuando enfatiza: “Para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos”. Creo que allí radica el amor de Dios, el amor que Jesús nos insta a practicar. El amor que ofrece el bien tanto a los buenos como a los malos. Sencillamente, el amor de la Cruz.

No se trata de un sentimiento, no es lo que sentimos emocionalmente; se trata de actuar conforme a la acción de la Cruz; el amor que da la misma oportunidad a los justos e injustos. En última instancia, el amor inmerecido, del que nadie es digno. Porque Jesucristo no vino a este mundo para condenarlo sino para que el mundo fuese salvo por medio de él. Y tiene paciencia para con todos, para que en todo lugar, todos procedan al arrepentimiento.   

 Tampoco se trata de tener una actitud de tontos o idiotas, de las marionetas controladas por los poderosos, o de los que callan ante las injusticias; pues, esta no fue la actitud de Jesús ante los fariseos cuando atribuyeron sus milagros al mismo satanás. Jesús fue muy claro y una y otra vez los desenmascaró revelando el mal que habitaba en sus corazones a través de los calificativos que usó para describirlos, como podemos observar en el capítulo 23 de Mateo. Entre otros, les dijo que eran ciegos, guías de ciegos, que colaban el mosquito y dejaban pasar el camello. También les llamó sepulcros blanqueados y serpientes, generación de víboras.

No quiere decir que vamos a ir por el mundo haciendo esto. Jesús lo hizo porque tenía la autoridad espiritual para hacerlo; porque su vida dio testimonio de su entrega al Padre, de su obediencia y su santidad. Sin embargo, pienso que Él nos ha llamado a ser lámparas que no se guardan debajo de la mesa sino que se colocan en un lugar alto donde alumbran a todos. Entonces, al llegar el momento en que tengamos que actuar denunciando el mal, el Espíritu Santo nos dará las palabras precisas.

Cuando Jesus nos reta a amar a nuestros enemigos, nos está llamando a no dejarnos vencer por el mal sino a vencer el mal con el bien. No resistir al que es malo y poner la otra mejilla constituye la enseñanza de la no venganza. Es la oportunidad de mostrar que nuestras armas no son las armas de la guerra para la muerte, sino el amor de la Cruz que da salvación y vida a todo aquel que cree.

“En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y envió a su Hijo para que fuera ofrecido como sacrificio por el perdón de nuestros pecados”. I Juan 4:10.

Rosalía Moros de Borregales.

 

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