Los rostros de la fe II: La mujer del flujo de sangre
Doce años de padecimiento
Doce años habían pasado desde que comenzó a padecer de aquella aflicción que debilitaba su cuerpo y sumía su vida en el pozo de la desesperación. Doce años de sangrar en silencio. Doce años de continuo rechazo, excluida como impura en medio de su gente. Doce años de encuentros con médicos; de expectativas de sanidad convertidas en decepción. Era una mujer de fe, agotada por la enfermedad, pero no vencida por la larga espera. Siempre buscando el favor de Dios, siempre diligente, dispuesta a hacer su parte.
El es quien sana todas tus dolencias
Había escuchado hablar sobre el rabino, ese hombre sencillo que venía de Nazaret, que caminaba las calles de Galilea hablando palabras de Dios, consolando, enseñando sobre cómo vivir en el reino de Dios, sanando a los enfermos, limpiando a los leprosos, haciendo caminar a los paralíticos, libertando a los oprimidos por las fuerzas del mal. Al escuchar las historias acerca de Él su corazón palpitaba más aceleradamente, sentía que debía conocerlo, que debía presentarse delante de Él para recibir de su mano la sanidad tan anhelada. Pero, Él siempre estaba rodeado de multitudes, cómo podría expresarle su enfermedad tan íntima. Quizá no era necesario ni tan siquiera hablarle, si Él era aquel de quien hablaba el Salmo que una y otra vez repetía dentro de sí: “Bendice, alma mía, al Señor, y bendiga todo mi ser su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides ninguno de sus beneficios. Él es quien perdona todas tus iniquidades, El que sana todas tus dolencias; El que rescata del hoyo tu vida, El que te corona de favores y misericordias.” Salmo 103:1-4. Quizá con tan sólo tocarle sería suficiente…
Si tan solo tocare su manto
Decidida, no se queda en un pensamiento abstracto, le da forma a su fe y se va donde está Jesús de Nazaret. Se abre paso en medio de la multitud, no grita, no llora, no exige atención. No todas las sanidades comienzan con una oración pronunciada en voz alta. Algunas nacen en el silencio del dolor prolongado. La multitud la aprieta, la empuja, la ignora; todos están por una causa propia, no hay espacio para la bondad. Jesús camina rodeado, tocado por muchos, sus discípulos le acompañan, se dirigen a la casa de Jairo, quien ha venido a suplicarle que sane a su hija quien está al borde la muerte. Mientras tanto, ella continua caminando en pos de Él, no se detiene ante los obstáculos, no levanta la voz, solo persiste en acercarse al Maestro. Entonces, cuando está cerca toca su capa. “Porque decía: Si tocare tan solamente su manto, seré salva. Y en seguida la fuente de su sangre se secó; y sintió en el cuerpo que estaba sana de aquel azote.” Marcos 5:28-29.
¿Quién ha tocado mis vestidos?
“Luego Jesús, conociendo en sí mismo el poder que había salido de él, volviéndose a la multitud, pregunta: ¿Quién ha tocado mis vestidos?” Marco 5:30. Entre tanta gente agolpada a su lado distingue un toque diferente; no todos los contactos son encuentros. El poder emana de Él cuando se encuentra con la verdadera fe. Algo ha sido restaurado y esa clase de fe no puede quedar en el anonimato. Pregunta porque quiere mostrar a la multitud el rostro de la fe, de esa fe que no exigió, que no gritó, que calladamente se abrió paso, simplemente para tocarlo. _¿Quién me ha tocado? “Entonces la mujer, temiendo y temblando, sabiendo lo que en ella había sido hecho, vino y se postró delante de Él, y le dijo toda la verdad.” Marcos 5:33.
Cuéntale tu historia
Dios siempre ama la verdad en lo íntimo, Dios siempre, aunque sepa nuestra historia mejor que nosotros, siempre quiere que se la contemos. Y ella le cuenta todo, postrada, con un corazón humilde delante de Él. Dios ama la humildad, un corazón contrito y humillado jamás es menospreciado por Él. Ese toque de fe poderosa tenía un nombre, tenía un rostro, era una hija. “Hija, tu fe te ha hecho salva; ve en paz, y queda sana de tu azote.” Marco 5:34. Jesús no solo la sanó de su enfermedad, también le dio salvación y la afirmó en su relación con Dios; le dio la más hermosa y profunda identidad que cualquier ser humano pueda tener, la llamó Hija. Ella no solo tocó el borde de su manto, ella también tocó el corazón del Padre.
Atrévete a tocarlo
Tal vez has vivido con un dolor que te ha aquejado por años, con una herida en el alma, esperando salvación. Tal vez piensas que no sabes cómo orar. Quizá piensas que los milagros se acabaron; el rostro de la mujer del flujo de sangre nos revela fe, determinación y humildad. Ella hace desvanecer todos los argumentos de la fe elocuente, de las oraciones especiales, de los ritos solemnes. Ella tan solo se acercó a Cristo. Sigamos juntos su ejemplo, acerquémonos a Jesús. Atrévete a tocarlo. Atrévete a creer. Atrévete a no rendirte.
La fe verdadera se abre paso en medio de los obstáculos; camina en silencio hacia Dios, con la convicción de que solo hace falta tocarlo, estar en su presencia, para recibir sanidad y salvación.
“Hija, tu fe te ha salvado; ve en paz, y queda sana de tu azote.” Marcos 5:34.
Rosalía Moros de Borregales.



Leonardo
Si tan solo pudiera tocarlo, hermoso artículo que nos muestra lo sencillo que es acercarnos a Dios.
Cecilia Moros
Una belleza este relato bíblico que me hizo profundizar en la fé desde otra perspectiva!
Realmente me invita a leer más La Biblia y a buscar con lupa, tantas enseñanzas escondidas… Gracias, Rosalía por darnos tus escritos con tanto que aprender de ellos!
Maria Corina
Cómo quisiera tener ese grado de fe!!
Sería deshonesto que confesara que la tengo de esa manera! Dios existe , lo sé y me lo ha demostrado.
DIOS TE BENDIGA
Gracias