Principios de la integridad cristiana VII _Cuando el corazón se inclina hacia lo ajeno
Serie
Principios de la integridad cristiana
Episodio VII
Cuando el corazón se inclina hacia lo ajeno
“Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.” I Juan 2:16-17.
Recordando el lenguaje como expresión del alma
En nuestro episodio anterior acerca de esta serie de artículos sobre los fundamentos de la integridad, de acuerdo al cristianismo, hablamos acerca del lenguaje como expresión del alma; confirmando que nuestra boca es una fuente que da salida a lo que anidamos en el corazón. Estudiamos dos mandamientos que están íntimamente ligados con la manera en la que usamos la palabra: En primer lugar, lo que significa en nuestra vida diaria “No tomar el nombre de Dios en vano” y, en segundo lugar, la trascendencia que le da el Señor a la manera cómo hablamos de los otros, instándonos a “No levantar falso testimonio”; a no convertir la mentira en nuestro lenguaje.
Tres mandamientos para honrar al prójimo
Hoy quisiera que profundizáramos en los mandamientos:
_ No cometerás adulterio. Exodo 20:14.
_ No hurtarás. Exodo 20:15.
_ No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo. Exodo 20:17.
Este grupo de mandamientos constituyen pilares fundamentales de la integridad del ser humano. Son normas universales de convivencia, que de ser cumplidas viviríamos en un mundo sin conflictos, en abundancia de paz. El incumplimiento de estos tres mandamientos revela una misma raíz espiritual: la codicia. Desear lo ajeno, mirar al otro como objeto de posesión, comparación o conquista. La codicia nace en lo invisible, en la intimidad del corazón consigo mismo. Primero es un deseo, luego, es una maquinación, una arquitectura mental diseñada con estrategias particulares para tomar acción y poseer lo que no nos pertenece. Por último, se manifiesta en actos concretos que dañan la comunión, derrumban la justicia, destruyen matrimonios, empobrecen a muchos, crean caos y destruyen la paz.
Dios produce en nosotros tanto el querer como el hacer
En la epístola del apóstol Pablo a la iglesia de los filipenses hay un verso que siempre ha estado muy presente en mi pensamiento: “Porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad.” Filipenses 2:13. Me gusta orar pidiéndole a Dios que ponga en mi ser tanto el querer hacer su voluntad como el llevar ese querer (deseo) al ejecútese. A lo largo de la vida ha sido hermoso comprobar que muchas veces nace un deseo en el corazón que persiste hasta que se concreta en una realidad. Desde gestos sencillos y simples como llamar a una persona, enviar un mensaje, hasta acciones más relevantes que se traducen en bendiciones para otros y, por supuesto para quien los lleva a cabo. Cuando vivimos en comunión con Dios, Él trabaja en nuestro interior produciendo en nosotros esos deseos para cumplir su voluntad.
El deseo por Dios
En Hebreo la palabra usada para el mandamiento en Exodo 20 es “hamad” la cual significa desear intensamente, ansiar poseer algo. Sin embargo, este término no siempre tiene una connotación negativa, dependiendo del contexto puede significar admirar algo por su belleza, encontrar placer en algo y deleitarse. De tal manera que comprendemos que el deseo per se no es el problema, el problema es el lugar en el que ponemos el deseo. En el libro de los Salmos hay muchas expresiones del deseo del alma por estar cerca de Dios, por habitar en su casa y sentir su presencia. En particular me gusta mucho el Salmo 27:4, en el cual el rey David expresa su deseo de estar cerca de Dios y su compromiso con honrar ese deseo con el acto de su voluntad: “Una cosa he demandado al Señor, esta buscaré; que esté yo en la casa del Señor todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura del Señor y para inquirir en su templo.” Y el Salmo 72:25 resume la redención del deseo carnal: “¿A quién tengo yo en los cielos sino a Ti? Y fuera de Ti nada deseo en la Tierra:”
Etimología de la palabra codicia
En las traducciones del Nuevo testamento desde el griego encontramos que la palabra para codicia es “pleonexía” la cual se compone de los términos pléon que significa más y la palabra ekho que significa tener. En pocas palabras “querer tener más”. No obstante, no se trata solo de querer más en cuanto a cantidad sino a la ambición desordenada, a la insaciabilidad, al deseo de apropiación por lo ajeno, al hambre del alma que nunca se sacia. Añadido a esto, encontramos la palabra griega “epithymía” que significa deseo carnal intenso, concupiscencia; esta es la palabra usada por Jesús cuando dijo que el que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón Mateo 5:27-28. Esta palabra devela que detrás de cada acto de codicia primero hay un deseo desordenado. El deseo concebido en el corazón se traduce en un hecho concreto. Por otra parte la palabra codicia en Español proviene del latín “cupiditia” que significa apasionadamente inclinado hacia algo, en relación con el dios Cupido, el dios del deseo y la pasión. Finalmente, la palabra codicia en Español termina consolidándose como “deseo vehemente de poseer algo ajeno o excesivo”. En conclusión, el deseo es el pulso en el ser que nos mueve a hacer, es el querer que convertimos en realidad cuando ejecutamos acciones para llevarlo a cabo. La codicia es el deseo desordenado, es la ambición por lo que no es nuestro, es ser poseídos por la obsesión de tener lo que no nos pertenece a costa de lo que sea.
“Porque: No adulterarás, no matarás, no hurtarás, no dirás falso testimonio, no codiciarás, y cualquier otro mandamiento, en esta sentencia se resume: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. El amor no hace mal al prójimo; así que el cumplimiento de la ley es el amor.” Romanos 13:9-10.
Rosalía Moros de Borregales



Leonardo
Todos y cada uno de estos tres mandamientos centran a la codicia como la raíz que alimenta el deseo por robar, adulterar o anhelar lo ajeno, eso se siembra, germina y produce en nuestro corazón el pecado. Te felicito !!!
Maria Corina
Es cierto, como lo describes en tu artículo :
“Cuando vivimos en comunión con Dios, Él trabaja en nuestro interior produciendo en nosotros esos deseos para cumplir su voluntad. “
Estar dispuestos a examinarnos constantemente para rectificar y pedirle a Dios su perdón (arrepentirse) al momento de nuestras faltas.
Nadie es perfecto , SOLO DIOS.
Al tener el firme propósito de estar consciente de obrar como nos enseña en su palabra… este mundo sería tan diferente….!!!
Gracias por este y todos tus artículos!!
DIOS TE BENDIGA
Diácono Permanente Oscar Vélez
Hace algunos años leí un libro que se llama “como ganar amigos e influir en las personas” de Dele Carnegie. Y en el primer capítulo esta una regla de oro. Que dice. “No critique, no condenes ni te quejes” y creo que si nosotros en la gran mayoría cumpliéramos al cien por ciento el primer mandamiento de la Ley de Dios. AMARÁS A DIOS SOBRE TODAS LAS COSAS.
En Deuteronomio 6, 4-9 nos dice
»Oye, Israel: El Señor nuestro Dios es el único Señor.
»Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas.
»Grábate en la mente todas las cosas que hoy te he dicho, y enséñaselas continuamente a tus hijos; háblales de ellas, tanto en tu casa como en el camino, y cuando te acuestes y cuando te levantes. Lleva estos mandamientos atados en tu mano y en tu frente como señales, y escríbelos también en los postes y en las puertas de tu casa.
Jesús nos dice Mateo 22, 36-40
Maestro, ¿cuál es el mandamiento más importante de la ley?
Jesús le dijo:
—“Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.” Éste es el más importante y el primero de los mandamientos. Pero hay un segundo, parecido a éste; dice: “Ama a tu prójimo como a ti mismo.” En estos dos mandamientos se basan toda la ley y los profetas.
Si esto lo cumpliéramos no criticaríamos, no condenaríamos ni nos quejaríamos. Tampoco desearíamos lo del prójimo, no cometeríamos adulterio, y no solo de hecho, porque tal vez no lo hacemos en persona, pero de pensamiento, ¿Qué podríamos decir? Jesús lo dice en Mateo 5,27-28 refiriéndose a los pensamientos. No robarás, y muchos diremos (yo no robo) pero cuando le quitas la alegría a una persona por un comentario inoportuno, cuando le quitas la inspiración a un joven, quizás a tus hijos, ¿no estas robándole su alegría, su meta? Y mucho más, por no vivir ese mandamiento. Por eso tenemos que dar testimonio, y como leí en el comentario de María Corina (nadie es perfecto solo Dios) así es, pero estamos llamados a ser perfectos y esa es nuestra meta, ser santos como nuestro Padre es santo. Solo a través del amor podemos conseguirlo. Dios te bendiga. Un abrazote.