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Los Salmos: anatomía del alma – El refugio inamovible

Los Salmos: anatomía del alma 

Episodio IV –

El refugio inamovible

“Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones.” Salmo 46:1.

Estamos viviendo tiempos duros, dolorosos e inconcebibles. Jamás los venezolanos, sometidos por tantos años a tantos sufrimientos, hubiéramos tan siquiera imaginado, que pudiéramos pasar por la destrucción de un doblete sísmico. Eventos como estos echan por tierra toda la organización y planificación que pudiéramos haber tenido para nuestra vida. Sencillamente, fuimos sorprendidos por lo inesperado, asaltados por el horror, estremecidos por instantes que se transformaron en devastación y muerte. 

Cada quien tiene su propia historia, y para cada uno, a pesar de las diferentes proporciones, su historia es importante y, más aun, es vital que sea narrada. Hay un misterio que sucede en el alma al contar la historia; las palabras nos dan alas para salir de la opresión del alma, de ese sentimiento de haber sido abandonados. Por esa razón, es necesario sentarse con aquel para quien eres importante, con esa persona que te ama, con alguien que quiera escucharte y abrir tu corazón para expresar todo ese dolor, que en el silencio, va oprimiendo tu ser interior. Sin embargo, muchas veces nos encontramos solos con nuestro dolor. Y es allí, cuando se eleva la mirada al Cielo y nuestros sentimientos se convierten en oración.

Para comprender la verdadera escala del Salmo 46, es preciso contemplar la firma que encabeza el texto: “A los hijos de Coré”. Lejos de ser una simple indicación técnica para los cantores del Templo, esta autoría encierra dos historias entrelazadas donde el dolor humano, la memoria y la intervención divina se funden. La primera es la sombra del origen, el apellido Coré cargaba en el imaginario de Israel un estigma trágico. Siglos antes de la composición de este poema (salmo), durante la travesía en el desierto, un levita llamado Coré encabezó una amarga rebelión contra la autoridad de Moisés y Aarón (la historia se encuentra en Números 16). Aquel episodio concluyó con un juicio estremecedor: la tierra misma abrió sus fauces y devoró a los rebeldes junto con sus casas. Sin embargo, en el registro bíblico subsiste una breve y conmovedora nota al pie: «Mas los hijos de Coré no murieron.” Números 26:11. Aquella joven generación presenció el colapso del suelo bajo los pies de su familia; sin embargo, ellos eligieron un camino distinto. 

Con las generaciones, la descendencia de Coré no fue erradicada; fue restaurada. Se convirtieron en salmistas, porteros y poetas del Templo. Por esa razón, cuando el versículo 2 nos dice: «No temeremos, aunque la tierra sea removida y se traspasen los montes al corazón del mar», entendemos que no se trata del uso de una abstracción lírica. Realmente, sus antepasados habían experimentado el temblor de la tierra; sus herederos, en cambio, habían descubierto que por encima de cualquier estremecimiento terrenal existía una roca inamovible.

La segunda es el marco histórico inmediato en el que se sitúa la entonación de este poema, la cual se traslada al año 701 a.C. bajo el mando del rey Senaquerib de Asiria, quien iba devorando cada ciudad a su paso. Tras reducir a cenizas el Reino del Norte y las fortificaciones de Judá, una maquinaria militar implacable de más de 180.000 soldados acampó a las puertas de Jerusalén (II Reyes 18-19; Isaías 36-37). Desde el interior de la muralla, la amenaza era total. El portavoz asirio gritaba afrentas contra el pueblo, incitándolos a la desesperación y recordando que ningún dios había logrado frenar el avance del imperio de Senaquerib. En ese escenario de claustrofobia y terror inminente, la capacidad táctica de la ciudad era nula. Jerusalén solo contaba con la promesa de la oración.

Así que los israelitas elevaron sus almas al Todopoderoso en plegarias y cánticos. Y entonaron este salmo de los hijos de Coré. La respuesta no llegó por la oposición contra la fuerza del combate de los asirios, sino mediante una liberación repentina en medio de la noche. Cuando despuntó el día, el ejército invasor había sido replegado por la intervención divina, dejando a una ciudad atónita frente al milagro de su propia supervivencia. Así pues, el Salmo 46 no fue redactado desde un lugar de tranquilidad, sino en medio de la opresión, por hombres que sabían lo que significaba ver el abismo desde dos ángulos: el juicio del pasado que destruyó a su linaje y el asedio del presente que amenazaba con hacer desaparecer a su pueblo para siempre. Cuando estos poetas cantaron: «Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones», no estaban ofreciendo un consuelo teórico. Estaban dando testimonio de una verdad probada en medio del fuego.

Es precisamente frente a este abismo histórico —con el eco de la tierra abierta en el pasado y las trompetas asirias retumbando tras la muralla— donde el poema alcanza su ápice más paradójico. Cualquiera esperaría que un pueblo al borde de la aniquilación recibiera un mandato militar: ármense, resistan o luchen por vuestra supervivencia. Sin embargo, en el punto culmen de la crisis, la voz que domina la tormenta no exige una acción desesperada, sino una rendición confiada: “Estad quietos, y conoced que yo soy Dios” (v. 10) En el hebreo original, la expresión traducida como “Estad quietos” es (Raphah) que significa, literalmente, soltar las manos, dejar caer las armas o cesar la contienda. 

Para los hijos de Coré, este imperativo encerraba un significado de vida o muerte. Significaba renunciar a ejercer una acción para tomar el control. Significaba entender que si Jerusalén sobrevivía no sería por la astucia de sus estrategas ni por la solidez de sus muros, sino porque la batalla siempre había sido del SEÑOR. Al igual que en la noche del asedio asirio, donde la salvación ocurrió en la penumbra mientras la ciudad guardaba un silencio lleno de expectación, el versículo 10 nos revela una verdad espiritual muy profunda: existen victorias que no se conquistan peleando, sino aprendiendo a detenerse, estando quietos y reconociendo que la imposibilidad del ser humano es la posibilidad de Dios para mostrarnos su acción. 

Siglos después del asedio a Jerusalén y con el eco de la tierra que tembló bajo los pies de los antepasados de Coré y recientemente tembló bajo nuestros pies, el Salmo 46 no ha perdido ni un solo ápice de su vigencia. Las amenazas de nuestro siglo ya no suelen vestir armaduras ni portar lanzas de bronce, como las del ejército asirio; pero, para nosotros, los venezolanos, siguen manifestándose con la misma ferocidad. Y aunque nuestro impulso natural sea accionar, el primer llamado, como cristianos, es a cesar el afán de control. Pues, cesar el afán no es resignación sino un acto supremo de la fe. El mandato de “estar quietos” (v. 10) no es, por lo tanto, una reliquia histórica ni una simple invitación a la desconexión pasiva. Es por el contrario, un ejercicio de resistencia consciente en un mundo que premia la hiperactividad y el control absoluto. Cuando hablo de soltar las manos, me refiero a apagar el ruido de las voces que demandan respuestas ante hechos que solo están en el conocimiento del Altísimo. 

Cuando aprendemos a guardar silencio en medio de la tormenta, cuando hacemos de la oración nuestra única voz, entonces descubrimos que el refugio que cantaban los hijos de Coré no es un lugar geográfico, sino un estado del alma fundamentado en una certeza inquebrantable: ¡Dios es nuestro refugio inamovible! Al cerrar el salmo, el poema nos devuelve al punto de partida, pero con un corazón transformado: «El Señor de los ejércitos está con nosotros; nuestro refugio es el Dios de Jacob» (v. 11).

Rosalía Moros de Borregales.

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  • Extraordinario artículo Rosy, analizar a los hijos de Coré nos abre de repente un panorama distinto cuando leemos el salmo, nos coloca en la realidad que vivimos y la mejor posición que el cristiano debe tener.
    Te amo ❤️

  • Hermelinda rincón Villamizar

    Muy buenos días mi amada en el Señor….que don tan hermoso mi Dios te ha dado.para inspirarse escribiendo desde lo más profundo de su corazón ❤️ como usted lo dices …Dios te bendiga siempre y te siga usando para la gloria de Dios.

  • tonia martinez

    La conclusión la pusiste ahí mi amada prima “ la imposibilidad del hombre es la Posibilidad de Dios” por eso tenemos nuestras manos juntas en oración para que sea El quien actúe ante nuestras plegarias

    • Maria Corina

      Quedarse quieto, invocar al único EL GRAN YO SOY.
      La impotencia ante cualquier situación que tengamos, recurrir a El, no sólo por las circunstancias malas que nos pasan y darle gracias por las buenas igualmente. El Señor es mi Pastor nada me faltará .
      Mi auxilio mi fortaleza .
      Gracias amiga bella por escribir y compartir con tanto amor tus enseñanzas que nos llegan al corazón.
      Dios te bendiga

  • Migdalia Herrera

    Demasiado hermoso tu poema a mi me transmitió mucha paz. La oración es nuestra arma ante las tribulaciones. Me encanta como trasmites tu devoción a Dios nuestro Padre . Bendiciones para ti y toda tu familia.

  • Laura Weffer

    Excelente,para leerlo y releerlo
    Y saber que El siempre está ahí
    Antes ,ahora y siempre

  • Gracias Rosalía, una vez más nos haces reflexionar sobre la palabra de Dios, que nos enseña que aquel que se revela en contra de su voluntad, será destruido. Más aquel que permanece en él, y cumple su ley será prosperado.
    Por ello, hoy día, ante tanta adversidad y la tribulación pasajera del mundo, debemos estar quietos y confiar que el Señor hará lo mejor para cada uno de nosotros.
    Amén.

  • Diana Moros

    Excelente escrito, amada Rosalía, segura inspiración y guia del Espíritu Santo. De gran provecho y enseñanza, Este es el Dios que tenemos, el Dios que todo lo puede y que nos invita a estar tranquilos y confiados en medio de cualquier situación, Su Presencia nos hace más fuerte que la fuerza con que suceden las cosas y las consecuencias que dejan.

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